Nunca antes el papel higiénico fue tan útil

Hace una semana, en este mismo espacio de opinión, celebrábamos el despertar ciudadano y la aparente maduración de nuestro sistema de justicia que, a su vez, por fin parece decidido a castigar a los corruptos que se aprovechan del pueblo que los eligió.

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El encarcelamiento del exfiscal general del Estado Javier Díaz Verón y las renuncias forzadas del diputado José María Ibáñez y del senador Óscar González Daher se produjeron, fundamentalmente, gracias a la presión de la propia ciudadanía hastiada y a la campaña de saneamiento emprendida por casi todos los medios de comunicación independientes. Jorge Oviedo Matto anunció que también renunciaría esta semana.

La gran victoria del pueblo en el caso González Daher, con 23 días consecutivos de escraches que derivaron en la dimisión del eterno parlamentario, tiene que servir como ejemplo de que el verdadero poder ciudadano está en las calles, manifestándose, reclamando, exigiendo, y no simplemente puteando a través del Facebook, Twitter o WhastApp.

Si las redes sociales no hubieran vuelto tan perezosa a nuestra ciudadanía, estoy seguro de que hace rato ya hubiesen caído más corruptos.

Hay que entender de una vez por todas que darle “me gusta” o retuitear un plageo nunca van a tener el mismo efecto que arrojar papel higiénico contra la casa de un corrupto o hacerle sentir incómodo y rechazado cuando este se mezcle con los ciudadanos “comunes”.

Aunque parezca gracioso, en el caso de González Daher, literalmente, se puede decir que el papel higiénico jugó un papel fundamental en su salida del Congreso, a juzgar por el estado en que quedó la residencia escrachada.

Y pensar que hubo y que hay gente que lo reivindica, como el exministro de Hacienda y posterior candidato a la presidencia de la República, Santiago Peña, quien en su momento afirmó sobre González Daher que solo al árbol que da frutos se le tiran piedras.

Lamentablemente, para Peña y para los miembros de la rosca perversa de González Daher, ese árbol que supuestamente daba frutos ya cayó. Pero no cayó a pedradas, sino con papel higiénico, carteles de repudio, canciones de protesta y una corajuda firmeza de la gente.

Ahora tenemos que asegurarnos también de cortar las raíces de ese árbol caído, para que no se le ocurra querer brotar de nuevo.

¿Y cómo se hace eso? Aplicando un castigo ejemplar, el que se merece por haber amasado a costa del pueblo una fortuna total que supuestamente orilla los ocho billones de guaraníes.

Aceptar la renuncia de Ibáñez, González Daher u Oviedo Matto no tiene que ser el fin de este despertar ciudadano. Tenemos que exigir castigo. El primero admitió haber usado plata de la gente para pagar a los caseros de su quinta, el segundo fue grabado en audio traficando descaradamente con influencias, poniendo de rodillas a fiscales y jueces, y el último también fue grabado cocinando casos judiciales y muchas otras cosas más. ¿Qué más pruebas se necesitan, entonces?

ileguizamon@abc.com.py