“A por una sonrisa más”

El 29 de julio de 2007, una niña de apenas 10 años sufrió quemaduras en un 47% de su cuerpo luego de que su padrastro la bañara con thinner para luego prenderle fuego. Hoy, a casi nueve años, esta niña, ya convertida en mujer, nos da una lección de vida.

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Jenifer tenía apenas 10 años. No era capaz de imaginarse que su padrastro, Antonio Maidana, a cargo de ella y de sus tres hermanos en ese entonces, pudiera hacerle daño luego de haber vivido tantos años armoniosos, aunque en ese momento soportaban la ausencia de su madre, quien había viajado a España a buscar mejores condiciones de vida para su familia. Y fue precisamente eso lo que desató una furia que la niña era incapaz de dimensionar aquel domingo 27 de julio de 2007, cuando se encontraba mirando televisión en una habitación de su casa en Zeballos Cue, barrio San Pedro de Asunción. El hombre entró a la habitación y cerró la puerta. Jenifer no entendía lo que pasaba ya que inmediatamente le echó un líquido con un olor fuerte encima (más tarde se comprobaría que se trataba de thinner). Su padrastro derramó la misma sustancia en su cuerpo y en toda la habitación y tomó a la niña, prendiéndole fuego en el rostro. Cuando se quedó sin fuerzas de tanto luchar, vio a su hermana abrir la puerta para salvarla entre las llamas, donde quedó su agresor. Una noticia publicada en ABC Color apenas cinco días después del suceso, refleja el estado de gravedad en el que se encontraba.

"Cuando va acercándose la fecha, tengo una especie de flash back en la que recuerdo todo y siempre la paso muy mal, algo que no puedo controlar. Al comienzo, eso era más frecuente. Es como revivirlo todo pero desde afuera, como si fuera una película", nos relata desde España, donde vive con su madre luego de haber vivido el peor de sus días.

Pese al suceso que marcó su vida para siempre, empezó desde cero y nos escribe ante la necesidad de dar su testimonio: "Me encantaría que me ayudaras llegar a aquellas personas que se encuentran en mi misma situación. Gracias a Dios yo he podido hacer una vida normal pero sé que muchos niños y niñas no, me gustaría ser escuchada y darles esperanzas tanto a ellos como a sus padres", fueron sus palabras en un mail enviado a nuestro medio.

En un blog creado por ella misma denominado "A por una sonrisa más", Jeni relata sus peores recuerdos, convirtiéndolos en un mensaje esperanzador:

Tengo el 47% de mi cuerpo con cicatrices y esas cicatrices me recuerdan cada día que hoy soy como soy por lo que en su día viví, y, aprendí que si yo me veo bien las personas que me rodean también me verán así.

Era el periodo de acostumbrarme a mi rostro, mis manos, a mí misma. Cuando vi mi rostro por primera vez , lo hice en una figura de cristal de la virgen de Caacupé que me habían regalado cuando estaba en el Hospital del Quemado de Asunción. No dejaba de mirarme, al principio no creía que ese reflejo fuera mío. El tiempo pasó y yo evitaba verme, hasta que me di cuenta de que si yo no me aceptaba y no me quería, nadie lo haría".

Todo lo sucedido me hizo crecer de golpe. Me arruinaron mi infancia, todo lo que recuerdo de ella está asociado a una imagen: me veo en el hospital, sin poder moverme, sin ser capaz de respirar por mí misma, conectada a numerosas máquinas.

Ya en diálogo con nuestro medio, recuerda que al llegar a España fue todo muy duro. "Cuando llegué a España estuve como un mes en el Hospital La Paz de Madrid. Cuando salí del hospital me apuntaron a una escuela y al principio la pasaba muy mal porque era rara, me hacían bullying. Mi madre notaba que estaba como muy apagada, por lo que me llevó a un psicólogo".

Reconoce que esa decisión de su madre fue fundamental para que ella iniciara el proceso de adaptación a su nueva imagen. "Me costó muchísimo tomar la decisión y decir: 'Deja de hacerme esto porque soy persona, tengo sentimientos'; me trataban como a un bicho raro porque era diferente a todos. Ahora es totalmente diferente, voy a una escuela normal en secundaria", señala la joven, quien también revela sus intenciones de estudiar Medicina.

Nos cuenta que la vida que lleva en la Madre Patria es bastante satisfactoria, ya que recibe una ayuda estatal por las secuelas de las quemaduras de tercer grado que sufrió. Vive con su madre, quien trabaja de camarera y con su hermano menor de diez años. Alejandra, la hermana que la salvó aquel día vive en nuestro país, al igual que otro hermano mayor.

Al culminar la entrevista, la joven vuelve a lanzar un mensaje esperanzador: "Aunque creas que el mundo se te acaba, la vida sigue y tienes que aprender a llevarla, aprender a quererte a tí misma y hacer que la gente te quiera también" y hace una mención especial a "toda la gente que me ayudó en su momento, si no fuera por ellos no sé qué habría sido de mí", culmina.

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