Una vida de lucha

Durante más de dos décadas se vieron obligados a vivir a un costado de la ruta Transchaco. Hace siete meses, decidieron reocupar las tierras que les deben ser devueltas. Su situación sigue siendo preocupante y esperan justicia.

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Dieciocho años. Esa es la edad de Vicente Marecos. El joven acaba de terminar la Educación Media y ahora sueña con estudiar Escribanía en alguna universidad de Asunción.

Con una lectura rápida, la vida de este muchacho no aparenta ser extraordinaria ni demasiado diferente a los otros miles de paraguayos de su edad que sueñan con la posibilidad de convertirse en estudiantes universitarios.

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Pero la vida de Vicente ha sido diferente. En un nivel casi extremo. No solo porque es el hijo de una comunidad indígena, sino porque de esos 18 años ha pasado casi todos viviendo en una precaria casa a un costado de la Ruta Transchaco.

Vicente es uno de los miembros de la Comunidad Sawhoyamaxa, perteneciente al pueblo Enxet, que lleva más de dos décadas reclamando algo que ellos consideran justo: que el Estado paraguayo les devuelva sus tierras.

O por lo menos, una pequeña porción de todo el vasto territorio que alguna vez les perteneció.

No fue fácil convencer a Vicente a que concediera una entrevista que duró apenas algunos minutos. A sus amigos y a él les vencía la timidez por lo que tuvieron que deliberar en varias ocasiones ante de decidir enviarlo para que conversara durante una visita a su comunidad.

Simple y directo, así se mostró el joven cuando se le consultó cómo habían sido los años en los que se vieron obligados a vivir a un costado de la ruta. “No éramos libres”, explica sin dar rodeo alguno.

Recuerda que en ese tiempo, su comunidad no podía cultivar sus alimentos, criar animales o siquiera jugar sin poner sus vidas en peligro. Con cierta preocupación relata que sus hermanitos se exponían a grandes riesgos por simplemente querer hacer lo que todo niño hace.

“Muchas veces se tuvieron accidentes”, indica Vicente.

Se toma unos segundos, piensa, mira alrededor como buscando encontrar las imágenes que se amontonan en su cabeza y cuenta que recuerda muy bien la muerte de cuatro miembros de la comunidad.

Todos ellos eran sus amigos, todos jóvenes de su edad que terminaron perdiendo la vida como consecuencia de accidentes de tránsito. Dos murieron prácticamente al instante, otros dos atravesaron un largo suplicio.

Casi como un recordatorio de eso, durante la conversación, varias camionetas pasaron a alta velocidad por la zona. Nada importaba si había alguien cerca.

Pero esos días han quedado atrás. O por lo menos en parte desde que en marzo pasado decidieron reocupar las tierras que en 2006 la Corte Interamericana de Derechos Humanos sentenció a Paraguay a devolvérselas.

Ahora algunas familias ya pueden tener sus animales y vivir con cierta seguridad, aunque la amenaza de algún que otro empleado de la estancia del latifundista alemán a cuyo nombre figuran las tierras suelen ser motivos de preocupación.

Además, el acceso a los servicios básicos sigue siendo uno de los mayores problemas para esta comunidad.

Llegar hasta el destino tomó unas cinco horas en colectivo particular. La comitiva, formada en su mayor parte por activistas de Amnistía Internacional y Tierra, además de algunos periodistas; había partió desde Asunción poco después de las 05:00.

Tras horas de viaje en las que se vivió en carne propia el suplicio de tener que transitar por la maltrecha Transchaco, se llegó hasta el kilómetro 371.

Al descender del bus, el fuerte calor choca con fuerza en la cara. Para los asuncenos acostumbrados a la vida bajo el resguardo de algún acondicionador de aire, el día podría ser un suplicio.

Aunque la radiante jornada no alcanzaba los niveles de extremo calor que se podría esperar partiendo de los relatos de terceros que alguna vez pisaron las áridas tierras de la Región Occidental.

Mientras la treintena de personas bajaba del transporte, desde el otro lado de la ruta, un grupo de habitantes de la zona comenzó a acercarse. Con una sonrisa en la cara y un fuerte apretón de manos, las mujeres que se habían acercado saludaron con un sonoro “Mba’eichapa” (¿Cómo estás?).

Enseguida pidieron a los jóvenes de la comunidad que se acercaran para ayudar a llevar las cargas.

Además de algunas casas dispersas por el campo, el único signo de presencia humana en la zona era una despensa a la vera del camino. Un edificio construido con madera y desde el que se escuchaba llegar el sonido de alguna cumbia de moda.

A medida que se ingresaba en las tierras de la comunidad Sawhoyamaxa, sus miembros se iban acercando para conocer a los visitantes que habían llegado desde la capital. Como si aparecieran de la nada, de pronto familias enteras surgían de entre la vegetación para llegar hasta el pequeño galpón que cumple las veces de escuela de la comunidad.

Son unas 90 familias, casi 400 personas, las que forman parte de la comunidad que lleva más de dos décadas luchando por la reposición de las tierras que algunas fueron suyas. Tierras que de un día para otro se enteraron que pertenecían a latifundistas extranjeros y que ahora ellos –que llevaban miles de años viviendo en la zona- eran invasores.

Durante mucho tiempo, sus hermanos y antepasados sirvieron de mano de obra a los terratenientes de la zona sin ganar un solo guaraní, en una condición cercana a la esclavitud.

Desde 1991 comenzaron una lucha que en principio era solo para ser reconocidos como comunidad, pero que dio pie a otra: la de recuperar esas tierras que originalmente les pertenecían.

En 2006, la CIDH sentenció al Estado paraguayo a devolverle a la comunidad unas 14.404 hectáreas de una propiedad que figura a nombre de un ciudadano de origen alemán. Pero las autoridades no han realizado nada en concreto aún para cumplir con esa sentencia.

Es por eso, explica Carlos Marecos a ABC Color, que en marzo pasado la comunidad decidió ingresar y reocupar las tierras que les deberían haber sido devueltas.

“Mientras esperamos que haya alguna respuesta por parte del gobierno, la comunidad resolvió reocupar sus tierras, las tierras que reclaman”, puntualiza.

Su único reclamo es que las autoridades escuchen su pedido y que el proyecto de expropiación que actualmente duerme en el Congreso sea tratado cuanto antes.

“Ya no había otra alternativa, esta es la única forma en la que se nos va a escuchar”, señala Marecos aunque luego dice que ya han pasado siete meses y se sigue sin grandes novedades.

Hablar de 14.000 hectáreas de tierra podría parecer mucho, pero luego hay que pensar que son casi 400 personas que deben habitar el lugar, tener sitios para cultivar, cazar y seguir con sus tradiciones.

“El territorio original era de unas 600.000 hectáreas”, relata Marecos cuando se le consulta si considera que las tierras serán suficientes para su comunidad. “Pero con este pedazo de tierra vamos a tener por lo menos donde cultivar y un lugar para que los chicos vayan a la escuela”, agrega.

El líder sawhoyamaxa recuerda que durante el tiempo que se vieron obligados a vivir pasaron muchos malos momentos. No podían estar tranquilos y además de las muertes por accidentes, se sumaron las enfermedades que les costaron la vida principalmente a niños inocentes y ancianos.

La situación de la comunidad ha mejorado un poco, sus componentes pueden vivir más tranquilos, asegura Marecos.

Aunque la deforestación sigue por parte dentro de sus tierras. “Esa es una preocupación para nosotros. Ciertamente que tenemos más espacio para nosotros pero no se cumple con la medida de no innovar en las tierras”, asegura.

En estos siete meses han tenido que aguantar varias situaciones. Por ejemplo, que una persona que decía ser juez llegara hasta la comunidad para constatar una supuesta invasión a la propiedad privada y dos órdenes de desalojo que finalmente no se cumplieron.

“Para nosotros es importante que se recuperen nuestras tierras, hacemos un pedido formal para que el señor presidente Horacio Cartes nos ayude a solucionar esto ya que está en su manos”, sentencia don Carlos.

La conversación se da por finalizada porque llegó el momento del almuerzo comunitario, luego del cual se dieron las despedidas con la firme promesa de volver otro día para compartir más con la comunidad que espera justicia.

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