No puede ser que no hagan nada por salvar San Joaquín

La iglesia jesuítica de San Joaquín fue construida en 1746. Soportó hasta ahora el paso del tiempo, pero puede no resistir la desidia e irresponsabilidad de funcionarios a quienes poco importan los bienes de la nación. La histórica reliquia de nuestro país se vendrá abajo en cualquier momento. Basta un empujoncito para que la perdamos.

No tiene explicación y menos aún justificativo el abandono de un bien cultural de la nación. No se mueve un dedo para salvarlo.
No tiene explicación y menos aún justificativo el abandono de un bien cultural de la nación. No se mueve un dedo para salvarlo.

Ciudadanos de la ciudad de San Joaquín se movilizaron en la mañana del viernes para exigir intervención de las autoridades nacionales en torno al templo jesuita, construido en 1746.

La iglesia, única parroquia jesuita activa en todo el mundo, se viene abajo en cualquier momento, resultado de la desidia, irresponsabilidad y falta de patriotismo de las autoridades nacionales.

Se denunció en repetidas oportunidades la extrema fragilidad en que se encuentra la estructura edilicia y la urgente necesidad de evitar su destrucción total.

Pero ninguno de los lamentos sirve para impedir la destrucción inminente de una reliquia que pertenece a la nación.

Esta situación es resultado de la inacción de tres funcionarios públicos: Rubén Capdevila Yampey, titular de la Secretaría Nacional de Cultura; Arnoldo Wiens, ministro de Obras Públicas; y Óscar Llamosas Díaz, ministro de Hacienda.

Por espacio de ocho meses, en el año 2020, Rubén Capdevila Yampey no cumplió su responsabilidad de elaborar el protocolo de intervención para salvar el templo. El resultado fue la pérdida del rubro presupuestario para iniciar los trabajos.

El ministro de Obras Públicas, Arnoldo Wiens, recibió en febrero último el protocolo para comenzar la tarea en San Joaquín; estamos finalizando mayo y todavía no se movió un dedo.

Y tenemos al ministro Óscar Llamosas Díaz, responsable de facilitar el dinero para iniciar de inmediato los trabajos. Sin los recursos necesarios, es muy posible que en una próxima tormenta tengamos que lamentar la destrucción del templo jesuita.

Un trabajo de la envergadura de restaurar un templo levantado hace 275 años no puede ser encarado, por su costo y su complejidad, por una comunidad pequeña como es San Joaquín.

Se requiere del concurso de expertos y equipo especializado. Sin apoyo del Estado, esta labor resulta imposible.

Soportó hasta ahora el paso del tiempo, pero puede no resistir la desidia e irresponsabilidad de funcionarios a quienes poco les importan los bienes de la nación.

En este momento, basta un pequeño empujoncito para que la iglesia se venga abajo definitivamente. Y cada lluvia acorta la distancia para que llegue el momento de que se convierta definitivamente en escombros. ¿Vamos a esperar esto...?

roque@abc.com.py