Excombatiente pide no ser olvidado

LUQUE. Canuto González tiene 103 años y combatió en varias batallas durante la Guerra del Chaco. A 84 años de la firma del Protocolo de Paz pide a las autoridades y a la población en general "no ser olvidado".

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"El abue Canuto", como lo llaman, es oriundo de San José de los Arroyos. Vive desde hace muchos años en la ciudad de Luque, junto a su hija Mary Estela, su yerno y nietos. Asegura que "recibe el mejor de los cuidados, además del infinito amor de todos".

Padre de siete hijos, uno de los cuales falleció semanas atrás, Don Canuto dijo que el mejor legado para sus descendientes es haberles enseñado el amor y el respeto hacía los demás.

"Bendigo todos los días a mis hijos y le digo que vayan y vuelvan con alegría. Debemos ser agradecidos con lo que tenemos. Soy feliz y vivo feliz", expresó el excombatiente.

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Apoyado en su bastón o sentado cómodo en su silla de ruedas, con una sonrisa y simpatía única, recuerda cada detalle vivido durante la guerra. Formó parte del pelotón con tan solo 15 años.

En aquel entonces, ante su negación a formar parte del grupo de soldados que serían enviados al Chaco, su padre fue preso y a cambio de su libertad, Canuto debió combatir en la guerra.

"Un día nos reclutaron y nos trajeron hasta Asunción. Llegamos a un lugar y todos estábamos en una gran pieza y comenzaron a examinarnos. Los sanos por un lado y los enfermos eran enviados otro lado. Luego de varios días, presenté algunos malestares y entonces me dieron un mes de pase, pero faltando quince días volvieron por mí. Luego de otro chequeo, volví nuevamente a casa junto a mis padres", señaló el veterano.

El excombatiente señaló que él y otros jóvenes fueron llevados hasta Asunción, para luego partir rumbo al Chaco. Explicó que antes de embarcar, un sacerdote se acercó y entregó a cada recluta una medalla de reconocimiento "por la valentía de asumir la defensa de la Patria, siendo aún unos niños".

En este sentido, Canuto, no desea que que las autoridades y la población en general "olvide a cada uno de aquellos que lucharon incluso dando la vida por defender al Paraguay".

"Llegamos al Chaco, nos dieron el uniforme verde olivo, un sombrero y una manta doblada, que la colgamos en la espalda. Recibimos una bolsa con un plato, una cuchara y un jarro, todos de lata. También un machetillo, un cinturón con 300 balas y el arma de fuego. No sabíamos usar nada, pero así fuimos. Pasamos hambre y sed", indicó el héroe. 

En una de las contiendas, cayó herido y debido a la gravedad de su lesión, tuvo que volver de la guerra a la casa de sus padres Elías González y Marcelina Britos.

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