Pemongaru peê

El Evangelio nos muestra la multiplicación de los panes, pues Jesús sintió compasión de la gente hambrienta que lo seguía y, además, curó a muchos enfermos.

Al atardecer, los discípulos querían despedir a la muchedumbre de más de cinco mil hombres, pero el Señor les dijo: “Natekotevêi oho, pemongaru peê”.

El problema del hambre azota a la humanidad desde sus inicios, sin embargo, hoy día, ya no está más asociada a la dificultad técnica de producir alimentos, sino a la voluntad política de producir y distribuir de modo justo: los mercados están llenos de comida, pero la gente no tiene plata para comprar.

Jesús enseña una dimensión esencial del Reino que Él viene inaugurar, que es el destacado interés por la realidad temporal en la cual vivimos. Su Reino no es solamente “para la otra vida”, sino que ha de manifestarse desde el presente.

“Pemongaru peê” es el mandamiento del Señor, de modo que no seamos indiferentes al drama de tantos hermanos que sufren el hambre. Naturalmente, no tenemos necesidad únicamente del pan para el estómago, también de vivienda, transporte, educación, medicinas, en fin, de los elementos básicos para una vida humana digna.

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La tentación constante es pensar como los apóstoles y querer “despedir”, mandar lejos a aquellos cuya presencia nos incomoda, pero el Maestro estimula el sentido de fraternidad y nos exhorta: “Natekotevêi oho, pemongaru peê”.

En verdad, el caso es más grave, pues estamos delante de un problema biológico –hambre del estómago– y problema espiritual –hambre del espíritu–.

No basta tener el estómago lleno para ser feliz, sino también es necesario llenar el corazón de compasión y de honestidad.

Y llegamos al centro del mensaje: Jesús es el pan vivo bajado del cielo y, cuando nos encontramos profundamente con Él, aprendemos a tener los mismos sentimientos que Él tenía y a vivir con coraje los valores que enseñó.

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Esto nos remite a la Eucaristía, a la participación consciente de la misa dominical, de modo que nos sintamos unidos a Cristo, y comprometidos con los hambrientos de comida, y de afecto.

Aunque los recursos humanos sean pocos –cinco panes y dos peces– pero, con la presencia del Señor y su poderosa bendición, se dará el milagro de saciar muchedumbres.

El desafío es vencer el egoísmo que nos enreda como pulpo y, paradójicamente, a veces, nos gusta. Gusta, pero se paga demasiado caro por esta frialdad.

Procure alimentar a los demás con buenos ejemplos de disponibilidad de tiempo, desapego de los bienes, y radiante optimismo.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com

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