El miedo como herramienta de salvación

Dicen que el ser humano no se ha extinguido como otros animales porque el humano tiene más miedo. Es este temor el que lo esconde de las grandes catástrofes y lo resguarda para salir airoso de donde otros no pueden. ¿Dónde está ese temor cuando se lo necesita?

El número de víctimas mortales por COVID19 no deja de crecer y, sin embargo, la población parece estar resignada, acostumbrada a ello. Permaneciendo aún en una fase de cuarentena en la que se supone que varias áreas están todavía en paro y hay también un buen número de trabajadores “desde casa” el tráfico en las calles de Asunción y otras ciudades, sin embargo, ya es el normal de lunes a viernes en cualquier horario y, los fines de semana esto se traslada a las “ciudades veraniegas”.

Si bien el turismo está habilitado, con reservas y bajo estricto control sanitario, no es posible que solo las ganas de comer bollo o frutillas pongan en riesgo a toda una población que se cuida, que respeta las distancias, que usa tapabocas y se lava las manos, pero que sale a trabajar de lunes a viernes y se expone a estos “valientes” turistas de fin de semana, quienes son sus clientes, sus compañeros de trabajo, sus vecinos, sus familiares.

Ya ni siquiera quienes viven con sus padres ancianos ni con niños parecen temerle a una enfermedad de la que todavía poco sabemos.

Del miedo se habla siempre mal; que paraliza, que limita, que detiene. ¿Acaso no son estas unas características ideales en estos momentos de incertidumbre? ¿Acaso no es ideal paralizar los números de contagios, limitar el contacto con la enfermedad y detener las muertes?

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Y no hablo de un miedo apocalíptico, ni del miedo que se impone desde arriba, ese que muchas veces es infundado y responde a intereses muy ajenos a los nuestros, no, no hablo del miedo como control social. Hablo de ese estado de alarma que es inherente al ser humano, esa desconfianza que pone todos los sentidos en alerta, ese recelo que hace que vayamos pausadamente, atentos, probando el terreno lodoso que estamos pisando, para no caer en desgracia.

Sequera habló de la importancia de “aprender a salir”, para quienes no pueden quedarse en casa. El caótico fin de semana pasado en Areguá y San Bernardino demostró que esta es una materia pendiente. La gente, en general, no aprobó la materia “Aprender a salir 1” ni 2 ni 3; no pretendamos cursar la parte 4 sin haber salvado las anteriores. Se hizo visible la falta de distancia entre personas, el uso de las mascarillas no fue la norma y, si hubo lavado de manos y alcohol en gel o no,lo sabremos en las próximas dos semanas. ¿Qué pasa con el sistema límbico de estas personas? ¿Por qué hay tanta indiferencia ante un estímulo que grita “peligro” día a día por donde se lo mire?

El que pueda quedarse en casa, debería seguir haciéndolo, dicen los expertos en sanidad. No es el que quiere, sino el que puede. Y muchos pueden. Entre los fanáticos del lago, ¿cuántos tienen Netflix y aire acondicionado para quedarse cómodamente en casa? Muchos.

No sabemos cuánto va a durar la pandemia ni si vamos a contar con la famosa vacuna por estos pagos; lo más sensato es responder responsablemente a lo poco que sabemos. Aprovechemos ese pequeño miedo a lo desconocido para respetar las normas de distanciamiento, para evitar a toda costa las aglomeraciones. Utilicemos esa sensación de peligro no para entrar en pánico sino para resguardar nuestra salud y la de los demás. Y sobre todo la de los demás; porque en esta ocasión no es válido aquello de “no me importa lo que haga cada uno con su vida” porque lo que hace cada uno con su vida hoy puede acabar con la vida del otro.

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Miremos con respeto a esa amenaza latente que no da tregua cierta a continente alguno, demos uso a ese mecanismo de supervivencia que nos permite responder ante las adversidades y nos mantuvo en pie tras grandes infortunios como especie; beneficiémonos de ese estado emocional que hoy, a los cobardes nos hace más valientes.

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