Esperanza en tiempos de crisis

Al acabar el año e iniciar otro, tenemos la costumbre social de desearnos mutuamente lo mejor para el año que empezamos diciéndonos “feliz Año Nuevo”. Nos alentamos exhortándonos a la esperanza, sobre todo si el año fenecido fue tan dramático y doloroso como el 2020.

A la gravísima e inusual crisis que ha provocado el coronavirus y sus innumerables tragedias directas e indirectas, los paraguayos tenemos que sumar las profundas y crecientes crisis económicas, laborales, sociales, educativas (en todos los niveles y en el sistema como tal), migratorias, institucionales, políticas y morales, que por la expansiva e incontenible corrupción en los tres Poderes del Estado, se ha convertido en contagiosa epidemia inmoral, todo lo cual ha desembocado en un “Estado fallido”, como ha denunciado con elocuente contundencia el respetado y querido Dr. Aníbal Filártiga.

¿Hay lugar para la esperanza, sumergidos en tantas y tan graves crisis? El sentimiento, la actitud y la decisión de esperar con esperanza es una necesidad vital, existencial de todo ser humano, porque somos seres limitados, incapaces de autonomía total, necesariamente interdependientes y, por tanto, en constante sentimiento más o menos consciente de estar esperando la complementariedad que cubra nuestras indigencias. ¿Se puede acaso vivir sin esperanza? Cuando el ser humano pierde todas las esperanzas, se desespera, porque no ve viabilidad ni sentido a su vida.

La desesperación aboca a dos caminos dramáticos: a la violencia física delictiva contra la sociedad para reconquistar alguna esperanza o a la depresión y hasta el suicidio. La esperanza existencial es una necesidad permanente, tanto más necesaria cuanto más adversas son las circunstancias de nuestra vida. Por tratarse de un producto esencialmente fundado en la sociabilidad y la interacción humana, la responsabilidad de que la esperanza sea posible y vigente para todos, es responsabilidad compartida por todos y naturalmente recae mayor responsabilidad de generar esperanza en aquellas personas que tienen poder recibido por sufragio (votos) y están pagados por el pueblo para que dediquen su tiempo y trabajo a atender las necesidades comunes de todos y al desarrollo del Bien Común.

Todas las crisis son apremiantes, la crisis de esperanza es, además, alarmante, porque pone en crisis el derecho a la esperanza, la paz e, incluso, la sobrevivencia de gran parte de la población.

Para que la esperanza nos dé la seguridad de que alcanzaremos lo necesario y deseado, no basta sentir necesidad de esperanza, porque el objeto de cada esperanza no viene solo, requiere nuestra contribución.

Pedro Laín Entralgo, eminente médico español, intelectual humanista, investigador y escritor, en uno de sus documentados y sugerentes libros sobre la esperanza, la define así: “La esperanza es la razonable confianza en que mediante mi esfuerzo, llegará a cumplirse aquello que yo proyecto y espero” (Laín, 1984,151).

Algo está clarísimo. Ningún problema, ninguna crisis, incluida la crisis de esperanza, se puede resolver y superar con la pasividad y la permisividad, menos aún con el silencio y la acción cómplices. Por algo el refrán popular dice que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. La esperanza de un pueblo requiere que el pueblo defina activamente su proyecto, lo que desea y espera tener. Si el pueblo se deja comprar o engañar por los corruptos y encima les sigue pagando con sus aportes para que los instalados inmoralmente en el poder sigan abusando del poder y enriqueciéndose a costa del pueblo, es evidente que en esas condiciones, la conducta real del pueblo es corresponsable de mantener las crisis y destruir la esperanza política y la existencial.

¿Dónde está el “esfuerzo” (del que habla Laín) de la ciudadanía, para que exista la esperanza? Teórica y técnicamente la ciudadanía tiene la posibilidad de definir, defender y luchar por su opción y modelo político de la nación, organizándose mediante partidos políticos que formulen el proyecto político de su esperanza. Los paraguayos tenemos nada menos que 25 partidos políticos reconocidos con personería jurídica actualizada. Salvo honrosas excepciones, que las hay, ¿qué hacen ante las crisis que ahogan la esperanza? La mayoría de la población no se siente representada ni defendida, vive la decepción y en crisis de esperanza. Con responsabilidad ciudadana eficiente y nuevas estrategias sociopolíticas, hagamos feliz el 2021.

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