Construir sobre roca

La educación formal del Estado, que dirige el gobierno actual, no sólo no se mejora ni progresa, sino que se debilita ostensiblemente. La pandemia del covid-19 está siendo un factor concurrente, especialmente porque nos ha sorprendido en pobreza de recursos económicos, técnicos, políticos y sobre todo profesionales.

La esperanza que quiso instalar el gobierno desde la segunda quincena de agosto 2017, con promesas de transformación de la educación y con la dotación extraordinaria de más de mil seiscientos millones de dólares (nunca antes fue adjudicada semejante cantidad a educación para su reforma), dicha esperanza quedó pronto frustrada al constatar la incompetencia profesional educativa de los responsables de realizar tal transformación.

Transformar la educación es difícil en tiempos de cambios constantes y acelerados en todos los ámbitos de la vida humana y requiere además de buenos profesionales del ramo, expertos en pedagogía científica y asesores de alta calidad en las principales ciencias auxiliares de la educación.

La esperanza desapareció y la frustración crece, porque los indicadores de cómo va, en cuatro años, el proceso de transformación, son decepcionantes. A nadie se le ocurre confiar la construcción de un edificio de decenas de pisos a un equipo de aficionados, aunque estos digan que serán asesorados a distancia por expertos extranjeros. Reconstruir la educación del Estado es una tarea y responsabilidad mucho más compleja y difícil, que construir un rascacielos.

Hay que reconstruir la educación sobre roca, porque actualmente el edificio de la educación del Estado está en alarmante decadencia, con escasos cimientos y levantado sobre arena. Ninguno de los cuatro pilares necesarios, según Delors y la Unesco, para construir la educación en el siglo XXI, está construido en nuestro sistema con integridad, solidez y sobre roca.

El primer pilar fundamental: “Aprender a conocer y comprender”, está reducido al aprender conocimientos; y no es lo mismo aprender conocimientos que aprender a conocer y comprender. Aprender conocimientos sin aprender a conocer y comprender es construir sobre arena movediza, porque los conocimientos son cambiantes en un mundo agitado por la fecunda productividad científica, que al mismo tiempo que crea conocimientos vertiginosamente genera la caducidad de otros muchos. Por otra parte, enseñar conocimientos no es educar, es solamente instruir. Si los educandos no aprenden a conocer y comprender por sí mismos y sólo acumulan conocimientos elaborados por otros, no aprenden a producirlos y permanecen en la dependencia de quienes los producen.

Nuestro sistema curricular se quedó en el cognitivismo de mediados del siglo pasado, ignora el constructivismo y aspira a llenar las cabezas de los estudiantes de conocimientos de demasiadas asignaturas. Aprender a conocer y comprender implica aprender a pensar y es evidente que nuestro sistema académico no enseña a pensar. ¿Dónde están en los currículos y programas las estrategias para enseñar y aprender a pensar con pensamiento científico, creativo, lateral, sistémico, paralelo, analógico, crítico, etc? (para no citar todas las formas conocidas de pensamiento).

Entre los muchos desafíos que hay que enfrentar para reconstruir la educación, además de los desafíos estrictamente pedagógicos, el más importante es el desafío ético.

Mientras nuestro sistema educativo permanezca estancado en el fango de la corrupción será imposible reconstruir la educación sobre roca. La ética es el único terreno sólido sobre el que se puede construir el edificio trascendental de la educación con cimientos sobre roca.

Desgraciadamente el gobierno de la educación no es excepción. El catálogo de atropellos a la ética en los escenarios educativos es frondoso, tanto en el ámbito de la ética política, y administrativa como en el de la ética en el ejercicio de la profesión de educadores. Corrupción y educación son contradictorias e incompatibles. ¿Quién salvará a la educación?

jmonterotirado@gmail.com

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