La soledad como asunto de Estado

Hay muchas carteras en un gobierno y abordan los aspectos prácticos que afectan a la sociedad: la economía, el transporte, la educación o la sanidad, por ejemplo. Sin embargo, rara vez los políticos piensan en asuntos más intangibles pero no por ello menos relevantes.

Bien, el estallido de la pandemia hace ya un año ha dejado en evidencia que además de las secuelas físicas que deja a su paso el coronavirus, también han cobrado importancia las consecuencias psicológicas que han derivado de los confinamientos y el aislamiento de muchas personas, sobre todo grupos muy vulnerables como los ancianos.

Alarmado por el incremento de suicidios en el país, el gobierno japonés ha puesto en marcha un Ministerio de la Soledad. Sólo en octubre de 2020 murió más gente al quitarse la vida que por el virus. Y, al menos en Japón, han sido las mujeres las más proclives al suicidio a lo largo de meses en los que muchos han tenido que compaginar el teletrabajo con el cuidado de los niños o familiares mayores en la casa. También ha influido el número de mujeres (muchas de ellas viudas) que viven solas.

Para intentar frenar una tendencia que ya existía desde antes de la pandemia, Tetsushi Sakamoto, el nuevo ministro de la soledad, desde ahora está encargado de velar por el bienestar mental de quienes no sólo han sufrido por el temor a enfermar, pero también por la tristeza que puede acompañar a la soledad prolongada, sin ese contacto tan necesario que puede consistir en una simple conversación o un abrazo fraternal.

No han sido los japoneses los primeros en impulsar un ministerio tan singular. En 2018 el Reino Unido fue el primero, al crear este ministerio después de que se diera a conocer un informe en el que más de nueve millones de personas expresaron que con frecuencia o de modo permanente se sentían solas y que el 75% de los ancianos vivía sin compañía alguna.

La burocracia y los escollos habituales que se presentan en cualquier gestión gubernamental son lo normal en la gestión de los ministerios tradicionales.

Por lo tanto, es previsible que atender algo tan etéreo como la sensación de soledad y los oscuros sentimientos que pueda provocar es tal vez el gabinete más difícil y con mayores retos. Al fin y al cabo, no es suficiente recetar pastillas a quienes se sienten solos porque en verdad lo están. Eso es solo un parche.

El ministro de la soledad y su equipo tienen que llegar hasta esa legión de corazones solitarios y sacarlos del mutismo que los hunde.

Los gobiernos cometen muchas torpezas y lanzan campañas que por muy costosas que sean pueden resultar fútiles o hasta contraproducentes. Pero el esfuerzo de poner atención sobre aquellos que viven crónicamente solos en una época en la que, paradójicamente, las interconexiones parecen no tener descanso en el universo de las redes sociales, es al menos meritorio. La soledad también puede ser un asunto de Estado.

Pensando en la tarea que tiene por delante el ministro Sakamoto a la vez que en el mundo el optimismo crece con la llegada de las vacunas, recordé la conocida obra de teatro del autor español Alejandro Casona, Prohibido suicidarse en primavera.

La trama (que se desarrolla en una comedia en tres actos) parte del deseo del doctor Ariel, quien proviene de una familia de suicidas, de crear una clínica llamada El Hogar del Suicida para ayudar a otros a desistir de la idea de quitarse la vida. En ese sanatorio de almas extraviadas suceden hechos inesperados que reverdecen la esperanza.

El Ministerio de la Soledad se propone algo parecido. Sin duda, la primavera, que está a punto de asomarse, es para vivirla. [©FIRMAS PRESS]

@ginamontaner

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