Arrasar o construir

Con el advenimiento de la tecnología digital, se anunciaba el pasaje de la sociedad del trabajo a la sociedad del conocimiento, en la cual con menos cantidad de horas de trabajo se suponía que dispondríamos de mucho más tiempo para el esparcimiento, para disfrutar de las relaciones humanas, del ocio creativo, leer buenos libros, ver buenas películas, practicar algún deporte, conocer nuevos lugares.

La situación actual difiere de aquellos pronósticos. Hoy el trabajo digno escasea, reinan la desmoralización junto con la inmoralidad, se da el auge de diversos populismos y surgen confrontaciones que ya parecían enterradas.

Por su parte, la industria de la desinformación utiliza las nuevas tecnologías en su beneficio, logrando que la verdad parezca mentira y que la mentira parezca verdad. ¿Qué pasó con la confianza y la credibilidad?

La sociedad civil está muy desvertebrada ante la crisis del estado de bienestar que nos golpea. Se prefiere arrasar antes que construir.

Nuestros políticos no aceptan que la conducta ética tiene que ver con la política, y que sin convicciones éticas no puede haber democracia, no se puede construir un país democrático, tolerante y justo, porque todo el mundo miente y nadie cree nada de nadie.

En las redes sociales se ve el repunte de una ultra derecha paleo libertaria que se embandera tras un arcaico patriotismo, la nación, la familia, la propiedad privada y el odio a la ONU, entidad a la que culpan de todos los problemas actuales y futuros. Esta derecha hace hermandad con el movimiento Q Anon, responsable de las teorías de la conspiración en Estados Unidos, que promueve una conducta tribal incendiaria. Las posturas radicales con una exagerada defensa de la identidad nacional, se vinculan con prácticas antidemocráticas, por lo que se las suele relacionar con ideologías como el fascismo e incluso el nazismo.

El panorama plantea grandes retos. Entre ellos está la necesidad de que volvamos a creer que los comportamientos honrados, responsables y transparentes son los propios de una sociedad democrática. Otra urgente necesidad es la participación ciudadana voluntaria y facilitar los cauces para esta participación. Cualquier persona debería de tener acceso a su representante en el Parlamento. Insistir en el respeto a los derechos humanos, que no se conceden graciosamente a las personas, sino que se les reconocen, no se les dan.

Una sociedad que no esté empeñada en que se protejan los derechos civiles, económicos, sociales, culturales, el derecho a la paz, el medioambiente, y el derecho al desarrollo, está bajo mínimos de moralidad, lo que es lo mismo que decir bajo mínimos de humanidad.

Habría que seguir aspirando a la felicidad. Tal vez diseñar una idea de la felicidad, que tenga como componente inapelable la justicia.

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