No con nuestros hijos

Apenas se habla de una posible reforma de la Constitución Nacional, aparecen voces en las redes sociales haciendo campaña para que la “educación de género” se incluya en la nueva Carta Magna como uno más de los derechos fundamentales del ser humano.

Este es un tema difícil y complejo porque en las discusiones se mezclan verdades, medias verdades, mentiras, prejuicios y preceptos religiosos que no son pertinentes.

Una parte de la batalla se centra en la propuesta, alentada por la Unesco, de incluir la educación de género ya en las escuelas y colegios, supuestamente, para que los niños y adolescentes sepan que hay más de dos sexos que el masculino y el femenino y hay varias formas de componer familias, más allá de papá, mamá y los hijos.

Dejando totalmente de lado cualquier prejucio o doctrina religiosa, esta intención de ideologizar la educación primaria y media contradice la propia esencia y naturaleza del ser humano. No se puede cambiar la realidad biológica de que nacemos hombres o mujeres y que, por tanto, el sexo no es una opción.

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No desconocemos que desde los tiempos más remotos siempre han existido personas que se sienten más atraídas por otras de su mismo sexo, tanto entre varones como entre las damas. La homosexualidad, el lesbianismo y la transexualidad son realidades que integran el conglomerado de habitantes de una sociedad.

Concretamente, en nuestro medio, siempre existieron paraguayos y paraguayas que prefieren mantener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. La tolerancia y la no discriminación hacen que estas personas lleven una vida común y corriente, como simples integrantes de nuestra sociedad.

El problema que se presenta ahora con el proyecto de introducir la educación de género en las escuelas y colegios es que se quiera “enseñar” a los escolares que hay más de dos sexos y varios tipos de familias. Esto no sería un problema si los miembros de la comunidad LGTBI se limitasen a educar a sus propios hijos en cuanto a sus tendencias sexuales.

Un pequeño gran detalle: los homosexuales, lesbianas y transexuales no pueden educar a sus propios hijos porque no los tienen; la naturaleza no previó la procreación entre dos personas del mismo sexo y entonces ellos no ven otra alternativa que tratar de influir sobre los hijos ajenos. Sí, sobre nuestros hijos, los que nacieron de matrimonios convencionales integrados por hombres y mujeres, a quienes a veces tachan de conservadores retrógrados y discriminadores.

Si, en general, convivimos tranquilos y sin discriminaciones, ¿por qué deberíamos permitir que los de LGTBI avasallen nuestro derecho a criar nuestros hijos según nuestros valores y convicciones? Así como ellos exigen ser respetados y no discriminados, en la misma medida los matrimonios tradicionales solicitamos que nos respeten y no nos discriminen simplemente porque queremos educar a nuestros hijos según nuestro mejor saber y entender.

ilde@abc.com.py

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