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26 de Noviembre de 2017

 

Volver a la teoría de la justicia de Rawls

Por Diego Moreno Rodríguez Alcalá

Hace 15 años, a fines de noviembre, moría en su casa de Lexington uno de los principales filósofos políticos del siglo XX, John Bordley Rawls (21 de febrero de 1921-24 de noviembre de 2002)

Para el Dr. Alberto Olmedo Sisul

Nombres como los de Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, Mill o Marx, entre otros, forman parte del «canon» tradicional de la filosofía política de Occidente. En un momento dado, parecía que el siglo XX no habría de producir ningún pensador de esa talla. En los años 60, Norberto Bobbio, con cierta resignación, apuntó que hasta entonces no había surgido nadie digno de integrar este panteón de titanes del pensamiento político. Situación que cambió en 1971 con la aparición del libro de John Rawls Teoría de la justicia, que habría de convertirse en una especie de bestseller internacional en el ámbito de la filosofía política y que contribuyó a moldear el pensamiento contemporáneo sobre el tema. Hay un antes y un después de Rawls, y hoy resulta imposible teorizar seriamente sobre la justicia prescindiendo de sus ideas y de las herramientas conceptuales y argumentales que su obra brinda, incluso para aquellas corrientes de pensamiento opuestas a la suya.

Al cumplirse quince años de su muerte, me interesa resaltar aquí algunos de los aspectos más importantes de su teoría de la justicia, con la advertencia de que el libro de Rawls es extenso y complejo y de que posteriormente afinó, revisó y modificó algunas de sus tesis originales en otras obras. De todas maneras, vale la pena ensayar este ambicioso esfuerzo, sobre todo porque su obra ha pasado mayormente desapercibida en nuestro país.

Rawls es un pensador que se inscribe en la tradición del pensamiento liberal y que al mismo tiempo puede ser considerado uno de los inspiradores del llamado «liberalismo igualitario» contemporáneo, ya que su obra da un giro al liberalismo clásico, que tradicionalmente había puesto más énfasis en la libertad que en la igualdad. De allí que Robert Nozick, su colega en Harvard y defensor a ultranza de una concepción liberal sin cortapisas, haya sido una especie de némesis intelectual de Rawls durante los años 70 e incluso después.

¿Pero qué diferencia a un «liberal igualitario» à la Rawls de un «libertario» como Nozick o los seguidores de otras corrientes del liberalismo? En primer lugar, según la concepción rawlsiana, la dignidad de las personas no se negocia y no puede ser sometida al cálculo utilitario. Para Rawls, el utilitarismo –que generalmente se define por la búsqueda «del máximo bienestar para el máximo número»– simplemente no tomaba en serio a las personas consideradas individualmente. De otra parte, la persona humana tampoco puede quedar presa de ningún tipo de concepción colectivista que tienda a diluir su valor como ser autónomo capaz de dirigir su propia vida y de tomar decisiones libremente y sin intromisiones arbitrarias del Estado. Esta era la vertiente «liberal» de la doctrina. Pero, a diferencia de buena parte del liberalismo clásico, Rawls se mostraba profundamente preocupado por la igualdad (de allí el componente «igualitario» de su concepción filosófica), y cualquier discusión contemporánea sobre ese tema también debe remitir, por fuerza, a este autor.

De estas dos preocupaciones –libertad e igualdad– nacen los dos principios que habrían de vertebrar su teoría de la justicia y que, según Rawls, toda sociedad justa o «bien ordenada» debe respetar: el principio de igualdad, según el cual las libertades públicas deben ser iguales para todos, y el principio de diferencia, según el cual «las desigualdades sociales y económicas tienen que satisfacer dos condiciones: en primer lugar, tienen que estar vinculadas a cargos y posiciones abiertos a todos en condiciones de igualdad equitativa de oportunidades; y, en segundo lugar, las desigualdades deben redundar en un mayor beneficio de los miembros menos aventajados de la sociedad» (1).

Pero acaso lo más interesante sea el mecanismo intelectual que Rawls utiliza para llegar a estos dos principios de justicia. Nos invita a imaginar una «posición originaria», en la cual nadie conoce qué situación habrá de ocupar en la sociedad, y a trazar, detrás de ese «velo de ignorancia», los principios que regirán la sociedad en la cual habremos de vivir. No sabemos si seremos empresarios exitosos, trabajadores dependientes, personas inteligentes, adineradas, atractivas, carismáticas, talentosas, o, por el contrario, personas «normales» o con limitaciones de cualquier tipo en términos de salud, belleza, inteligencia, habilidades, etc. Tampoco sabemos nuestro sexo, en qué familia nos tocará nacer, y así sucesivamente. Lo que Rawls pretende con este experimento es liberarnos de los prejuicios en los que nos vemos envueltos cuando ya ocupamos una posición concreta y que nos impiden elegir de forma imparcial los principios más justos para organizar la vida en sociedad.

En esta posición original, según Rawls, sería racional que las personas escogieran los dos grandes principios antes apuntados. Es decir, al no saber qué posición ocuparemos en la sociedad, lo más racional es que optemos por un esquema que garantice nuestra libertad personal pero que también nos asegure una subsistencia digna por si las cosas salen mal y al correrse el velo no somos Messi, Mick Jagger, Bill Gates ni Scarlett Johansson.

Y ahora aterricemos, por un instante, en Paraguay. Si usted estuviera detrás del velo de la ignorancia, ¿elegiría vivir en un país cuyas instituciones hacen estadísticamente muy probable que ocupe, si no tiene suficiente suerte, una posición social sumamente desventajosa, sin acceso a un seguro social y de salud decente, a una educación pública gratuita y de calidad, a un empleo y una vivienda dignos, etc., etc.? 

Lo más probable, si seguimos a Rawls, es que usted elija vivir en otro tipo de sociedad. Quizás en Noruega o en Australia. Pero la idea, por supuesto, no es mudarnos de país sino darnos cuenta de que la situación social que vivimos es producto de las instituciones que hemos diseñado y que producen como resultado este arreglo social en el que coexistimos, y que, si esas instituciones son injustas, pueden ser cambiadas por nosotros mismos. De allí la importancia del experimento rawlsiano.

De otra parte, quizás a un rawlsiano no le interesen únicamente el crecimiento económico a nivel país, el PIB u otras nociones colectivistas de tinte utilitario. Quizás le interese también algo similar al índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas, en cuya elaboración han influido otros grandes pensadores de la justicia, como Amartya Sen y Martha Nussbaum (inspirados, a su vez, por Rawls), y que pone énfasis en la calidad de vida de las personas al interior de cada país y en sus posibilidades reales de desarrollar una vida plena. Lo cierto es que, en materia de índice de desarrollo humano, que contempla aspectos como la salud, la educación y otros factores indispensables para una vida digna, Paraguay va muy mal, no solo a nivel mundial, sino incluso para estándares latinoamericanos. Y esto no es un «modelo» que haya que defender, o al menos eso podría pensar alguien que, como Rawls, mirase con cierta sospecha los cálculos meramente utilitarios o colectivistas que no toman en serio a las personas.

Haciendo esto a un lado, y volviendo a Rawls, ciertamente es mucho más lo que podría decirse de un autor sobre cuya obra han corrido ríos de tinta y en torno a cuya figura se ha formado una industria académica. Se esté o no de acuerdo con Rawls, a quince años de su fallecimiento no podemos dejar de recordar con él que «la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales» y que, si las leyes e instituciones de una sociedad son injustas, entonces, por incrustadas que estén en ella, deben ser reformadas o abolidas, y no necesariamente «defendidas» como si reflejaran un mundo ejemplar.

Notas 

(1) John Rawls: La justicia como equidad. Una reformulación, Barcelona, Paidós Ibérica, 2002, p. 72.

dmoreno28@yahoo.com

 
 

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