El pato de la boda

Mediante la difusión de la noticia a través de la prensa, un nuevo caso de nepotismo fue descubierto y sacado a la luz, para indignación de todos los paraguayos de bien. Gracias a este mecanismo, absolutamente válido y legal, el efímero nombramiento del joven Alexis Rivas, hermano del inefable Hernán “Justiniano” Rivas en la Entidad Binacional Yacyretá, llego a su fin gracias a la airada reacción ciudadana, informándose oficialmente que la cuestionada resolución quedaba sin efecto. Hasta aquí, todo bien.

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No es el primer caso, y seguramente estará muy lejos de ser el último: Constantemente tomamos conocimiento de nombramientos que no se compadecen de los requisitos mínimos que deberían mediar considerando el puesto y las aptitudes necesarias para ocuparlos. Y no nos olvidemos aquí de los cientos y miles de casos similares en los que, a raíz del tiempo transcurrido, la inamovilidad en el cargo ya ha atornillado a estos acomodados en los lugares que ocupan.

Todavía la desvergüenza con que se maneja la cosa pública no es tal que este tipo de denuncias queden impunes: Sin mediar demasiadas explicaciones, se informa que el nombramiento ha quedado sin efecto o anulado. No obstante, en éste como en otros casos debemos estar atentos a cómo siguen los mismos. En un país con memoria cortoplacista, no sería raro que, apenas pasado un breve plazo de tiempo, nos enteremos que los personajes en cuestión fueron rápida y eficazmente reubicados en otros sitios, tan o más apetecibles como el original.

Lo acontecido con Rivas dista mucho de ser una victoria ciudadana: para que lo fuese, tendrían que darse varios otros requisitos posteriores y conexos a la anulación del nombramiento. Mínimamente, debería existir un informe oficial que justifique de alguna forma el nombramiento original, y el proceso que se siguió para llegar a esta instancia. Ese informe, mi estimado lector, jamás llegará a redactarse.

También sería bueno saber lo que opina el joven Alexis Rivas quien, hasta el momento, emulando a su hermano mayor, se llama a silencio. Por otro lado, la autoridad responsable debería informar, caso de haber recibido instrucciones imposibles de incumplir, sobre el origen de las mismas. Estamos hablando de bienes del Estado Paraguayo, y es impensable que nadie sea responsable por lo que se hace mal. Es el resultado de años de bajar el nivel de la vara ética cada vez más, teniendo como una de sus consecuencias funestas la creación de verdaderas roscas, donde todos picotean más o menos según el viento del momento y donde todos, aún enemistados, se protegen entre sí.

No es un panorama auspicioso: La corrupción Estatal, además de estos vicios relacionados a una sobrepoblación de funcionarios que constituye el 65% de los gastos rígidos (así mismo, 65 de cada 100 guaraníes pagados por impuestos están destinados a salarios del sector público), genera además un daño mucho mayor. Esta superpoblación, paquidérmica e ineficiente, es un ancla para el progreso del país, ya que en su carencia de inercia positiva alguna dificulta -por no decir impide- que se lleven adelante los proyectos en forma y tiempo. Algo así como: no contentos con parasitar, impiden avanzar al resto.

Estamos necesitados como sociedad de percibir cambios, el desánimo y descrédito que se sienten son señales demasiado importantes y si las autoridades no tienen la valentía de tomar las medidas pertinentes, esta bola de nieve más temprano que tarde nos va a aplastar a todos. Las consecuencias de que un pueblo se sienta humillado y utilizado, y no perciba claramente que el Gobierno esté tomando, por lo menos paulatinamente, acciones para cambiar el curso de los acontecimientos, puede tener consecuencias muy graves que lamentar.

Los paraguayos quizás podamos ser, al decir de Manito Duarte “demasiado mansos”, puede que ésta sea una de nuestras características, junto a la amabilidad, don de gentes y hospitalidad. Seguramente ha generado consecuencias a lo largo de nuestra historia, positivas como también negativas. No obstante, este mismo pueblo, el señor y soberano, puede llegar a hartarse de terminar siendo siempre el pato de la fiesta, y para que esto no ocurra es imperativo que desde el gobierno central se comience a dar un golpe importante de timón.

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