El alto el fuego no abre las puertas de casa a los desplazados del sur del Líbano

Sidón (Líbano), 29 jun (EFE).- El alto el fuego firmado el pasado viernes entre Israel y el Líbano en Washington prometía el fin de los combates y del desplazamiento de centenares de familias del sur del país mediterráneo, pero nada de eso ha sucedido y muchas viven en un limbo entre casas de acogida y refugios improvisados sin poder regresar a sus hogares.

Israel ha continuado lanzando ataques selectivos sobre localidades del sur durante el fin de semana y amplias zonas permanecen siendo inseguras o directamente inaccesibles, por lo que para estas familias, la paz todavía no tiene una dirección postal.

El antiguo Palacio de Justicia de Sidón, un edificio decadente y semiabandonado en medio de la localidad, se ha convertido en el hogar temporal de centenares de familias desplazadas por la guerra en los últimos cuatro meses gracias al servicio de acogida de la ONG Amalouna.

Paradójicamente, este refugio también está desapareciendo porque la mayoría de sus inquilinos se ha marchado, pero no necesariamente a sus casas: algunos han encontrado un alquiler, otros han sido trasladados a nuevos centros, muchos simplemente siguen buscando un lugar donde esperar.

Mientras las últimas familias suben sus pequeños enseres en sus coches, los colchones permanecen apilados entre paredes desconchadas en una veintena de habitaciones donde antes dormían cerca de 400 personas.

"Ya no queda nadie aquí salvo yo y ni siquiera sé adónde voy a ir", cuenta a EFE Ali Mohamed al Qasem, originario del pueblo de Yahmar al Shaqif, próximo al castillo de Beaufort, que quedó dentro de la denominada "línea amarilla", donde todavía no puede regresar.

Su vivienda, además, quedó destruida. El centro de acogida va a cerrar tras la marcha de sus huéspedes y él desconoce cuál será su siguiente destino.

"Todos me dicen que espere. Nadie me da una solución", explica en la entrada del refugio, mientras los voluntarios siguen gestionando alternativas para su acogida.

Yousef Abu Zahr, de 20 años, ha pasado prácticamente cada día de la guerra como voluntario de la ONG Amalouna y explica que cuando el refugio abrió, apenas tres días después del inicio de la ofensiva el pasado 2 de marzo, recibieron a casi 500 personas para evitar que durmieran en la calle.

Las familias fueron dividiendo las grandes salas con paneles de madera improvisados para crear una ilusión de privacidad: "Lo que más les dolía era no estar en sus casas", explica a EFE. "No es lo mismo ducharte en tu baño que hacerlo aquí. Cambió su vida al 100 %".

Durante meses repartió comida, mediaba en discusiones inevitables entre centenares de personas obligadas a convivir y organizaba juegos para niños que habían dejado de ir a la escuela.

Dice que los pequeños eran quienes más le preocupaban, especialmente cuando muchos lloraban por familiares fallecidos o porque querían volver a una casa que quizá ya no existía como la recordaban.

Ahora observa cómo el edificio se vacía y se emociona cuando algunos de quienes se marchan lo abrazan entre lágrimas después de convivir con ellos durante meses.

Abandonar el refugio tampoco significa recuperar la normalidad. Wisam Barakat regresó a la ciudad meridional de Nabatieh cuando se anunció un alto el fuego anterior, pero solo aguantó cuatro días porque un nuevo bombardeo obligó a toda la familia a huir de madrugada. Desde entonces vive de alquiler, aunque ya no puede seguir pagándolo.

"Las maletas siguen siempre preparadas por si tenemos que salir corriendo otra vez", dice a EFE. En su barrio vivían unas 50 familias; hoy apenas quedan dos o tres. Durante el día algunos vecinos regresan para trabajar, pero al caer la tarde vuelven a marcharse. "Parece una ciudad fantasma", suspira.

Su esposa, Nesrine Badr al Din, resume la contradicción del momento: "Es un alto el fuego y, al mismo tiempo, no lo es". La guerra se ha detenido sobre el papel, pero no en la vida cotidiana.

En otra escuela de Sidón convertida en refugio, donde un salón de actos ha sido dividido en 45 pequeñas habitaciones familiares, las paredes presentan el logotipo de ACNUR.

Muchas estancias ya están vacías, mientras que otras siguen ocupadas por colchones, garrafas de agua y bolsas con las pocas pertenencias que pudieron salvar.

Allí, un hombre de 55 años procedente de Aitaroun observa con escepticismo cualquier anuncio de paz. Lleva cuatro meses viviendo en una tienda de campaña: "No hay casa y no hay alto el fuego", resume a EFE. "Uno no se acostumbra, ni quiere acostumbrarse, a vivir así", añade.

Los refugios de Sidón se vacían poco a poco, pero eso no significa que la guerra haya terminado para quienes aún no tienen un lugar al que regresar, sino que el desplazamiento cambia de espacio provisional y amenaza con convertirse en permanente.

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