Humanismo y covid

¿Cómo saldremos moralmente de esta epidemia? ¿La alfombra será suficientemente grande para intentar esconder nuestra falta de humanismo, si alguna vez verdaderamente lo tuvimos?

El Hospital de Clínicas está vacío, nuestra actividad está relegada quasi totalmente a la propia de la Guardia de Urgencias, que se encuentra abarrotada de pacientes, como siempre… Las cirugías complejas sufren de reprogramaciones constantes por falta de camas en las Unidades de Cuidados Intensivos.

En otras unidades muchos colegas y personal sanitario se encuentran hospitalizados, otros tantos con factores de riesgo se encuentran confinados. En los pasillos del “Hospital de los pobres”, ya no nos cruzaremos con amigos que tuvieron menos suerte…

En la “Carpa de la solidaridad” el calor húmedo es apenas respirable y las madrugadas se llenan de un silencio respetuoso, casi religioso y pesado… en algunos rincones se pueden divisar apenas las sombras de familiares, hijos, padres, etc…. que se alejan, para esconder su dolor, liberándose con algunas lágrimas del enorme peso de la responsabilidad de tener que conseguir medicamentos, responsabilidad que le fue transferida, viviendo en condiciones que no merecen y sin embargo no parece tener fin, golpeados y quebrados por el sistema de salud de nuestro país, pero no se rinden, continúan con una dignidad ejemplar.

En el interior de las unidades de terapia intensiva algunos pacientes están semilúcidos o semidormidos, conectados a máscaras que envían grandes volúmenes de oxígeno a pulmones inundados de líquidos, incapaces de utilizarlos correctamente, conectados a monitores que con ruidos inquietantes alertan y desafían constantemente al personal sanitario. Las enfermeras hacen no solamente su trabajo de por si ya extenuante, además se transforman en familiares de los pacientes, tratando de tranquilizarlos, tomándoles de las manos, acariciando la frente. Para muchos de ellos, que no saldrán, será ese el último rostro que verán.

Otros pacientes, menos afortunados, están sedados y conectados a máquinas con medicamentos de efectos no infalibles. La evolución de ellos es incierta y preocupante.

Las calles de Asunción están vacías, no son las “chatarras” de nuestro sistema de “transporte público” que van a interrumpir dicha calma, hay menos ómnibus, pero ni mencionar que es por “una regulada”, según nuestros empresarios próceres.

A no muchos kilómetros de la “carpa”, en el parking del aeropuerto, otras sombras descienden de lujosos vehículos. En el interior de los mismos no se siente “el mismo calor húmedo” de nuestro país. Se dirigen hacia la zona de embarque y se disponen a abordar aviones, en busca de inmunizaciones en el gran país del norte, lejos de la realidad que oprime a la mayoría de los paraguayos/as-

Tienen derecho dicen, es fruto de su “trabajo”, y tienen razón. La enseñanza de vida que transmitimos a nuestros hijos sin embargo no es tan buena. No enseñamos a protegernos todos juntos como una sociedad solidaria. El mensaje probablemente sea “sálvese quien pueda”.

Todos sin excepción nos sentimos desarmados al acecho de una amenazante plaga, donde el enemigo se mantiene fuera de la vista.

La población en general está esperando, impaciente, ansiosa, con una curiosidad quasi mórbida, un posible colapso general, encadenados, hipnotizados delante de las pantallas de smartphones, tablets y TV, como una manada adormecida, a veces paranoica, como zombies, absorbiendo 24 horas sobre 24 y siete días sobre siete, “informaciones” de canales, de redes sociales, con tuits rápidos y ácidos, nos encontramos como atados a una cama del hospital, recibiendo una hidratación interminable, gota a gota, de opiniones más o menos serias, de conferencias de prensa con reglas sanitarias que cambian diariamente, con científicos de generación espontánea cuál aprendices de hechiceros (como diría uno de mis maestros), con noveles epidemiólogos que nos explican a través de fórmulas mágicas y curvas coloreadas la interpretación de los números, las famosas estadísticas. Boursin, un matemático, tiene la sabiduría de pensar que “la estadística es la forma científica de mentir”. Sin negar su importancia, demos tiempo a las cifras para su análisis y para terminar, como en toda tragedia, se agregan héroes y villanos, con diabolización e indulgencia selectivas, propias de la naturaleza humana.

Delante de esta pandemia viral y de opinión, oponemos nada más que nuestra frágil conciencia ciudadana, tardía y lejos de ser plena y una salud pública deficiente, que nos desnuda como sociedad.

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