Covid: ¿Réquiem del humanismo?

Cada mañana al escuchar las noticias sobre la desigualdad de los pueblos por las ausentes vacunas en diferentes regiones de nuestro golpeado planeta, las preguntas que me vienen sin cese son: ¿qué nos sobra de humanidad? ¿aún podemos indignarnos por lo menos unos minutos delante de tal situación?

Nuestro planeta lo dividimos hace tiempo en pedazos de tierra, con límites impuestos por guerras, muchas veces fratricidas, algunas de ellas verdaderos genocidios. Pedazos habitados por seres humanos con mayor o menor suerte dependiendo de qué lado de la frontera hayan nacido.

En el orden mundial unas pocas naciones dominan muchas otras. En su conjunto, dominantes y dominadas, decidieron,“naïvement”, cerrar sus fronteras, encerrarse a la manera del Príncipe Próspero de Edgar Allan Poe en “La mascara de la muerte roja”, donde el protagonista para protegerse de la peste que azotaba su comarca, se encierra en una abadía, con elevados e impenetrables muros, teniendo como convidados a mil cortesanos privilegiados, librándose a todo tipo de libertinajes, mientras fuera de sus muros, cual fronteras, su pueblo sufría los embates de la mortal peste escarlata. Sin mucha sorpresa la muerte se invita al interior de la Abadía, haciendo desaparecer a los cortesanos uno después del otro, tomando también como víctima al mismísimo Príncipe.

Esta historia puede trasladarse sin mucha imaginación a nuestra actualidad, donde cómo “avatares” del mismo cuento, otros “Príncipes” están rodeados de otro tipo de cortesanos, “egresados” evidentemente de prestigiosas y altísimas casas de estudios en ciencias políticas y ataviados orgullosamente con finas vestimentas, ostentando la mayoría de ellos un mundano sobrepeso, propios de tan alta “jerarquía”, resultado de incontables horas ofrecidas a reuniones cárnicas y epicurianas de “alta política de Estado”, en las cuales, sacrificándose cual mártires, deciden los destinos de los pueblos, el de los impuestos, royalties y cuanto resto de riqueza se encuentre al alcance. Encerrando a la población por la misma ocasión, para “protegerlos”, de una plaga invisible, no escarlata, pero no menos mortífera, con la enorme diferencia que no somos ni cortesanos, mucho menos privilegiados y estamos confinados con nuestra miseria.

¡Qué diablo de idea de encerrarse sin tener los medios para protegerse! ¡Como si nuestra situación y nuestras estadísticas fueran mejores que las del vecino, aquella del otro lado de las fronteras!

La única forma de protegernos es la inmunización, esa misma que sobra en otros países, que tanta falta nos hace y donde cada muerte por su ausencia es una muerte demás.

Nosotros los médicos estamos acostumbrados a tratar y defender cada vida humana, a la persona individuo y no a los fríos e impersonales números y curvas sin rostro, sin familias, sin falta de medicamentos, que aparecen regularmente en las pantallas.

Intentamos ser como en la historia de aquel niño de seis años, que estando en la playa se encuentra regresando difícilmente al mar, con sus inocentes manos, una a una, estrellas de mar encalladas sobre la arena por miles, luego de una tormenta, bajo un sol de calor mortífero; y un anciano viendo la escena, se le acerca y lo increpa, diciéndole con un tono irónico que no sea tonto, que son demasiadas, que no podrá salvarlas a todas, que no hará ninguna diferencia. A lo que el niño sin detener su labor, le responde, con una voz apenas audible, sin mirarlo y tomando una de ellas: " para esta estrella de mar hago una diferencia, (arrojándola al agua), para esta otra también, (recogiendo otra e introduciéndola al mar)....”

El terror a la muerte que nos invadió ante el amenazante virus hizo aparecer en nosotros una forma feroz de individualismo, que nos separa como sociedad, cómo países y desenmascaró el “bluf” del Mercosur, matando de una muerte violenta e implacable a la humanidad que nos acerca. Buscamos sin encontrar en medio de toda esta agitación sanitaria la palabra JUSTICIA, viniendo, todo nuestro mal, como decía Flaubert, probablemente, de haber perdido esta primera noción de la moral, sin darnos cuenta que la única forma de protegernos humana y científicamente es juntos, como sociedad. La población de un país no debería ser el conjunto de habitantes si no el de seres humanos.

De la misma forma que la peste cruzó las murallas impenetrables del Príncipe de Allan Poe, tal vez esa misma plaga, con otro nombre, cruzará las fronteras de las naciones más ricas, más egoistamente encerradas, con dos y tres veces más dosis de las vacunas necesarias, originándose dichas plagas de las naciones menos afortunadas con inaccesibilidad a las inmunizaciones.

Si está situación continua tal vez sea el nacimiento de la DICTADURA mundial de las vacunas.

El camino a seguir es tal vez el de luchar contra la desesperanza, buscando reencontrar un poco de nuestra solidaridad olvidada, abriendo no solo las fronteras de nuestros países, sino también aquellas de la justicia, impulsando activamente la vacunación global, antes que sea irremediablemente el Réquiem para nuestro humanismo.

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