Bolivia en verano: fiestas aymaras, carnavales, mercados y el encanto del lago Titicaca

Carnavel de Oruro, Bolivia.JeremyRichards

Entre montañas andinas, lagos sagrados y ciudades de altura, Bolivia guarda un calendario de celebraciones en el que la herencia indígena marca el pulso del verano. Desde enero hasta marzo, el país se llena de rituales a cielo abierto, ferias ancestrales y danzas coloridas que invitan a viajar para mirar, escuchar y estar.

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Bolivia combina altiplano, valles y selva amazónica en distancias relativamente cortas. Para un viaje de verano enfocado en fiestas y tradiciones indígenas, el mapa se organiza en tres grandes ejes:

  • El altiplano: La Paz, Oruro y el entorno del lago Titicaca, donde se concentran las celebraciones aymaras y quechuas más conocidas.
  • Los valles andinos: ciudades como Cochabamba, con fiestas populares que mezclan tradiciones indígenas y mestizas.
  • Las tierras bajas: Santa Cruz y la Amazonia boliviana, con comunidades que mantienen rituales propios ligados al agua y la selva.

La mayoría de los vuelos internacionales llegan a Santa Cruz de la Sierra o a El Alto, la ciudad pegada a La Paz y una puerta de entrada directa al universo aymara.

La Paz en clave aymara: verano de ferias, miniaturas y miradores

La Paz, enclavada en una hondonada rodeada de montañas, es un excelente punto de partida para un verano cultural en Bolivia. A más de 3.600 metros de altura, la ciudad se extiende entre barrios coloniales, mercados indígenas y miradores que miran de frente al nevado Illimani.

En enero, la capital administrativa del país se transforma con la feria de Alasitas, una de las celebraciones aymaras más esperadas del año.

Feria tradicional indígena de enero en honor al Ekeko, dios de la abundancia: feria de la Alasita, La Paz, Bolivia.

A partir del 24 de enero, miles de personas se acercan a comprar miniaturas de casas, autos, alimentos, títulos y pasajes, que luego son bendecidos por los yatiris, los sabios andinos, para atraer abundancia.

Caminar entre los puestos de Alasitas es entrar en un mundo a escala, donde los colores, los aromas de la comida callejera y el murmullo de las oraciones se cruzan a cada paso.

Más allá de las fechas específicas, el verano en La Paz permite sumergirse en lo cotidiano:

  • Recorrer el Mercado de las Brujas y los alrededores de la calle Sagárnaga, donde se venden hierbas medicinales, ofrendas para la Pachamama y artesanías aymaras y quechuas.
  • Subir al teleférico que une el centro paceño con El Alto y ver cómo el altiplano se abre, lleno de casas de ladrillo, murales y cholets, esas construcciones coloridas que se convirtieron en un sello arquitectónico local.
  • Asistir a alguna peña o espectáculo de danzas típicas donde la morenada, los tinkus y los caporales muestran la fuerza de la fusión entre lo indígena y lo urbano.

En el verano austral, las temperaturas son más suaves durante el día, aunque las noches siguen siendo frescas. Son meses de lluvias intermitentes, que dejan cielos intensos y un contraste especial en las montañas.

Carnaval de Oruro: devoción, máscaras y música en la altura

Cuando se piensa en qué hacer en Bolivia durante febrero o marzo, el Carnaval de Oruro aparece como uno de los grandes motivos de viaje.

Carnaval de Oruro, Bolivia.

Declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, es una de las fiestas más emblemáticas del altiplano boliviano y uno de los grandes encuentros donde las tradiciones indígenas se expresan con potencia.

Oruro está en el altiplano central, a unas 3 horas por ruta desde La Paz.

La ciudad, minera y de clima seco, se transforma durante los días de Carnaval: las comparsas llegan de todas partes, los trajes bordados a mano llenan las calles y las bandas de bronce marcan el ritmo de las entradas folclóricas que avanzan hacia el Santuario del Socavón.

Carnaval de Oruro, Bolivia.

Entre las danzas que se pueden ver desde las tribunas montadas en la avenida principal, la diablada es una de las más impactantes. Máscaras con cuernos, capas, piedras de colores y una coreografía que mezcla lo ceremonial con lo festivo.

También aparecen los tinkus, inspirados en antiguos encuentros rituales de las comunidades quechuas, y los caporales, con botas adornadas y movimientos enérgicos.

El viajero puede pasar un par de días en Oruro, siguiendo el recorrido de las comparsas, probando platos típicos como el charquekan (carne deshidratada con maíz y queso) y observando cómo se preparan los bailarines en los barrios. La experiencia se completa con la visita al Socavón, donde lo religioso se mezcla con tradiciones andinas de larga data.

Lago Titicaca: celebraciones indígenas a orillas del agua sagrada

Entre los lugares imperdibles para visitar en Bolivia durante el verano se encuentra el lago Titicaca, compartido con Perú y considerado sagrado por las culturas andinas. Desde La Paz, son unas 3 a 4 horas por ruta hasta Copacabana, pequeña ciudad a orillas del agua azul intenso.

Barco Totora en el lago Titicaca en Bolivia.

Febrero es un mes especialmente interesante en la región por las celebraciones religiosas y festivas que se viven en Copacabana y en los pueblos de alrededor. La presencia indígena aymara es notable: en las calles, en los mercados de tejidos, en las barcas que conectan las islas y en las ofrendas que se hacen frente al lago.

Isla del Sol, Bolivia.

El viajero puede:

  • Navegar hasta la Isla del Sol, donde se combinan ruinas arqueológicas vinculadas a la tradición incaica con comunidades que mantienen prácticas agrícolas y rituales propios.
  • Caminar por las laderas y terrazas agrícolas que miran al lago, en senderos donde el paisaje de montañas y agua se funde con pequeñas chacras, llamas y burros cargando sacos.
  • Ser testigo de bendiciones de autos y embarcaciones, donde se mezclan flores, música y ch’allas, esas ceremonias de agradecimiento que derraman bebidas sobre los objetos para atraer prosperidad.

En verano, los días son relativamente templados en el Titicaca, con noches frías y cielos cambiantes que pasan rápido de la luz intensa a las nubes bajas.

Cochabamba y los valles: entre tradiciones quechuas y mesas compartidas

A medio camino entre el altiplano y la Amazonía, los valles de Cochabamba ofrecen un clima más benigno y una gastronomía reconocida por su abundancia. La ciudad, rodeada de cerros, es un buen punto para conocer cómo se vive el verano en clave quechua.

Cristo de la Concordia Cochabamba, Bolivia.

Más allá de las grandes fiestas de calendario, en Cochabamba la cultura indígena se percibe en los mercados, las ferias barriales y las celebraciones de barrio donde la música y la comida comparten protagonismo.

Carnavaval de Cochabamba, Bolivia.

Los platos son parte central de la experiencia: pique macho, chicharrón, silpancho y sopas que combinan papas nativas, granos andinos y condimentos locales. En las chicherías, la chicha de maíz fermentado se sirve en jarras de barro y suele acompañarse de música en vivo.

Pique macho, típico plato de Bolivia.

Visitar las comunidades rurales cercanas permite ver de cerca terrazas de cultivo, pequeños festivales patronales y rituales agrícolas que siguen marcando el ritmo del año, especialmente durante la temporada de lluvias.

Amazonia boliviana: rituales de agua y selva en verano

Al pensar por qué visitar Bolivia en verano, la posibilidad de combinar el altiplano con la Amazonia aparece como una de las grandes ventajas. Al norte de La Paz y en el departamento de Beni, ríos y lagunas se abren entre una vegetación exuberante.

Río Beni en la selva boliviana (región de Rurrenabaque).

En pueblos y comunidades ribereñas, los rituales ligados al agua, la pesca y el ciclo de lluvias marcan el calendario. El verano es temporada de caudales altos y tormentas breves pero intensas, que dan paso a tardes de sol húmedo y cantos de aves.

Los viajeros que llegan hasta aquí suelen hacerlo a través de Rurrenabaque, puerta de entrada a la selva boliviana. Desde allí se pueden organizar estadías en alojamientos de selva gestionados por comunidades locales, caminatas guiadas, recorridos nocturnos para escuchar la selva en su punto más intenso y navegaciones por ríos donde conviven delfines de río, aves de colores y una gran diversidad de fauna.

En estos entornos, las prácticas indígenas se manifiestan en la forma de usar las plantas, en las ceremonias de agradecimiento al bosque y en los relatos que acompañan cada paseo.

Datos útiles para organizar el viaje

Para llegar a Bolivia desde países vecinos, la vía aérea suele ser la más práctica, con vuelos frecuentes a La Paz y Santa Cruz de la Sierra. Desde estas ciudades se conectan buses de media y larga distancia hacia Oruro, Cochabamba y los destinos del interior.

El transporte terrestre es parte de la experiencia: rutas que suben y bajan entre montañas, vistas panorámicas del altiplano y poblados que se suceden con sus ferias, iglesias y plazas.

Las distancias no son enormes, pero la geografía de altura puede hacer que los trayectos tomen más tiempo del previsto.

El verano, con sus fiestas y su cielo cambiante, es un momento especialmente propicio para descubrir Bolivia a través de sus culturas indígenas.

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