"Cómo van a ser armas? Si están hechas de dos palos, hilo, papel y nailon. Y ya está, no llevan nada más. Juro que no es un arma, ¿acaso es un arma esto? ", dice a EFE, cometa en mano, Numan Saleh, de 14 años. Habla entre incrédulo e irónico, mientras mueve el juguete y lo deja caer una y otra vez para mostrar que es inofensivo.
Saleh se explica desde una tienda de campaña en el campamento de refugiados de Nuseirat (centro de Gaza), donde vive como desplazado, situación que comparte con la mayoría de la población gazatí. A su alrededor hay una maraña de materiales (plástico, papel, cinta adhesiva...) y cometas, que ha fabricado él mismo junto a amigos y familiares.
Todas las cometas son iguales a las cinco que, en los últimos días, han caído en el kibutz israelí de Nahal Oz (a menos de un kilómetro de la frontera con Gaza): hexágonos de plástico, estructurados con palos y, en algunos casos, con flecos a modo de decoración.
La caída de estos juguetes en Israel desató una respuesta rotunda del Gobierno, que impuso una política de "tolerancia cero" contra el lanzamiento de cometas a territorio israelí, que atribuye al grupo islamista Hamás. La organización sostiene que son juguetes fabricados por niños desplazados.
En total, 12 han caído en las comunidades fronterizas a lo largo de agosto, según la Cadena 12 de la televisión en Israel.
"Un globo y una cometa se tratan como un dron: con o sin materiales explosivos", sentenció el domingo el ministro de Defensa, Israel Katz, al anunciar que había ordenado a las fuerzas armadas actuar con contundencia contra estos lanzamientos.
Ese mismo día, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, avisó en un comunicado de que intensificaría sus ataques a Gaza y evacuaría a más población gazatí si los lanzamientos no cesaban.
El lunes, la Cadena 12 informaba de que el Ejército israelí registró el lanzamiento de nueve cometas hacia Israel a lo largo de junio sin que ello generara respuesta alguna.
Desde Gaza, Sahat Masakín explica que tanto ella, de pequeña, como las generaciones que la precedieron juegan con cometas en Gaza.
"¿Qué tiene que ver una cometa como para que privéis de jugar a nuestros hijos? Da mucha pena, pero, la verdad, a la vez es para reírse", lamenta Masakín sin perder la sonrisa de la cara, mientras sujeta una endeble cometa con los colores de la bandera palestina.
"¿Tú te crees? ¡Nai-lon! El nailon les aterroriza", continua.
La caída de cuatro cometas en Nahal Oz (la quinta se precipitó en la comunidad el lunes) y Kfar Aza llegó a provocar un encuentro el domingo entre el primer ministro, Benjamín Netanyahu; el jefe de las fuerzas armadas, Eyal Zamir; y Katz. Ninguna de ellas llevaba explosivos o armamento.
Consultado por EFE, el Ejército no ha respondido si ha verificado que los juguetes procedan de Hamás.
Las comunidades fronterizas israelíes ven la práctica con temor, al haber utilizado las milicias gazatíes cometas y globos en otras ocasiones para lanzar dispositivos incendiarios a sus cultivos.
El pequeño Ezz Omar se pregunta una y otra vez "por qué" quieren prohibirle volar una cometa.
Explica que un bombardeo de Israel destruyó su casa, viéndose obligado a desplazarse al sur de Gaza. "Dejamos de jugar, dejamos de ir al colegio. Ya no quedan escuelas, no tenemos donde jugar", se lamenta.
En torno al 93 % de las escuelas en Gaza han sido totalmente destruidas o necesitan una importante rehabilitación para funcionar, según datos de la ONU. En general, más del 80 % de las estructuras en la Franja se han visto dañadas por los bombardeos.
Ello, sumado a la presencia del Ejército de Israel en más del 53 % de la Franja y el control que mantiene hasta casi su 70 %, limita a los niños gazatíes a una infancia en un perímetro mínimo del enclave, plagado de escombros y carente de infraestructura para garantizar su derecho al juego, consagrado en la Convención sobre los Derechos del Niño.
"Si no quieres que los mayores tengan armas, no hay problema, pero ¿también quieres impedir que los pequeños tengan cometas?", ironiza Mohamed Al Haj, de 32 años y también desplazado en Nuseirat.
Para él, la polémica no trata de una cuestión de seguridad, sino de restringir los espacios de ocio: "Prohibir tu tranquilidad y tu alegría", describe, "hacerte odiar el país en el que vives y que te vayas de él".