¿Por qué muerde todo mi perro?
Veterinarios y etólogos coinciden en que el mordisqueo en cachorros y perros jóvenes responde, sobre todo, a cuatro grandes motivos:
1. Dentición y molestias en las encías. Entre los 3 y 7 meses, muchos perros cambian los dientes de leche por los definitivos. Morder les alivia la presión y el picor en las encías. Cables, patas de silla o manos en movimiento se convierten en el “objeto de masaje” perfecto… si no tienen alternativas.
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2. Exploración del mundo. Los perros, como los bebés humanos, lo conocen todo con la boca. Un cachorro que muerde una mesa no “odia” la mesa: la está explorando, probando texturas y aprendiendo qué es divertido y qué no.
3. Juego y falta de control de la mordida. Lo que comienza como juego entre hermanos de camada (morder, perseguir, tumbarse) se traslada al hogar. Sin una buena socialización y sin aprender a modular la fuerza de la mordida, es habitual que el perro apriete demasiado al jugar con manos o ropa.
4. Estrés, aburrimiento o falta de ejercicio. Un perro con mucha energía acumulada y poca estimulación mental buscará actividades por su cuenta. Morder muebles puede convertirse en una vía de escape para la ansiedad o el aburrimiento.
Comprender estas causas es clave: en la mayoría de los casos, el problema no se castiga, se redirige y se previene.
El papel del humano: guía, no castigo
Especialistas en comportamiento canino insisten en que el castigo físico (golpes, zarandeos del hocico, gritos) no solo es ineficaz, sino que puede generar miedo, agresividad y, paradójicamente, más conductas problemáticas.
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La educación actual se basa, sobre todo, en el refuerzo positivo: premiar lo que el perro hace bien y gestionar el entorno para que tenga menos oportunidades de equivocarse.
“Ni los muebles ni las manos se negocian: el perro no tiene por qué aprender a morderlos ‘solo un poco’. Lo que sí puede aprender es lo que SÍ puede morder y qué pasa de bueno cuando elige eso”, resumen adiestradores consultados habitualmente en clínicas y escuelas caninas.
Redirigir la mordida: del sofá al juguete
El primer paso es aceptar que morder es una necesidad natural. El objetivo no es que el perro deje de morder, sino que aprenda a hacerlo sobre objetos adecuados.
- Cuando vaya a tu mano: si al jugar se lanza a tus manos, detené inmediatamente el juego, retirá las manos con calma (sin sacudirlas, porque eso lo excita más) y ofrecé un juguete. En cuanto lo muerda, reanudá el juego usando ese objeto. Así, el mensaje es claro: con manos no hay juego; con juguetes, sí.
- Cuando elige el mueble: si lo encontrás mordiendo una pata de silla, no grites ni lo persigas. Acercate, llamá su atención con voz tranquila y presentale un juguete atractivo (uno que haga ruido, tenga textura distinta o puedas mover). Cuando cambie el mueble por el juguete, premialo con caricias, palabras amables o una pequeña golosina.
Este tipo de redirección, repetido con coherencia, enseña al perro qué es “masticable” y qué no.
Juguetes y recursos que sí funcionan
No todos los juguetes son iguales ni sirven para todos los perros. Según profesionales del sector, conviene combinar varios tipos:
- Juguetes resistentes para morder (de goma dura o nylon específicos para perros).
- Mordedores blandos para la fase de dentición, que no dañen las encías.
- Juguetes interactivos rellenos de comida (tipo kong), que el perro debe lamer y trabajar para vaciar, ayudando a relajarse.
- Alfombras olfativas u otros juegos de búsqueda de premios, que cansan mentalmente y reducen la ansiedad.
En cachorros que están cambiando de dientes, algunos veterinarios recomiendan ofrecer mordedores fríos (previamente enfriados en la nevera, no congelados en exceso) para aliviar el dolor de encías.
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La clave está en rotar los juguetes: si siempre están los mismos, pierden atractivo y el perro vuelve a “descubrir” el encanto de una mesa o un zócalo.
Higiene del entorno: menos tentaciones, menos problemas
El control del entorno es casi tan importante como el entrenamiento. Especialistas en comportamiento señalan que, especialmente en los primeros meses, la casa debe adaptarse al cachorro, y no al revés:
- Retirar del alcance cables, zapatos y objetos tentadores.
- Usar barreras físicas (puertas para bebés, vallas) para limitar el acceso a habitaciones con muebles delicados.
- Guardar cojines, mantas y objetos blandos si el perro está en una etapa muy destructiva.
Además, algunos protectores comerciales con sabores amargos pueden ayudar a desanimar al perro de morder ciertas superficies, aunque nunca deben ser la única estrategia.
Enseñar el “no muerdas” sin perder la confianza
Más allá de la gestión diaria, muchos educadores recomiendan enseñar señales claras como “soltá” y “suave”:
- “Soltá”: se enseña intercambiando el objeto que el perro tiene en la boca por una recompensa mejor (un premio de alto valor). Con repeticiones, el perro entiende que abrir la boca ante esa señal trae cosas buenas.
- “Suave” (o similar): se trabaja, por ejemplo, ofreciendo premios en la mano y retirándolos si el perro muerde con demasiada fuerza, volviéndolos a ofrecer cuando toma la comida de forma delicada. Así aprende a modular la presión de la mordida.
Ambas señales resultan muy útiles para la vida diaria y aumentan la seguridad, sobre todo en casas con niños.
Cuándo preocuparse y pedir ayuda profesional
No todo mordisqueo es “normal”. Expertos recomiendan consultar con un veterinario o un etólogo clínico si:
- El perro parece morder de manera compulsiva, incluso cuando tiene ejercicio, juguetes y compañía.
- Rompe objetos de forma intensa especialmente cuando se queda solo (podría ser ansiedad por separación).
- Muestra gruñidos, rigidez corporal o intenta morder en contextos de manipulación (cortar uñas, tocarle las patas, quitarle objetos).
- Las lesiones a personas (aunque sean leves) son frecuentes y el perro no aprende a moderar la mordida.
En ocasiones, detrás de un comportamiento destructivo persistente hay dolor físico (problemas dentales, gastrointestinales, articulares) u otros trastornos que requieren diagnóstico.
Una etapa intensa, pero pasajera
El periodo de “dientes de tiburón” puede ser agotador para las familias: muebles dañados, manos doloridas y la sensación de vivir con un pequeño huracán con colmillos. Sin embargo, con manejo coherente, paciencia y la combinación de ejercicio físico, estimulación mental y redirección adecuada, la mayoría de los perros supera esta fase sin mayores consecuencias.
Más que una guerra contra la mordida, se trata de una negociación bien planificada: el perro mantiene su necesidad natural de masticar, pero la dirige hacia aquello que no destruye la convivencia.
Entre un sofá destrozado y un mordedor bien elegido hay menos distancia de la que parece; en medio solo están las decisiones y hábitos diarios de quienes conviven con ese cachorro de sonrisa afilada.