Se avivaron en estos días las campañas de “limpieza” que empezaron a poblar las redes sociales y generarse en varias ciudades, protagonizadas mayoritariamente por jóvenes y destinadas a retirar de calles, plazas, muros y columnas la inmensa e invasiva cantidad de carteles, pasacalles y afiches de los candidatos para las internas municipales. Fricciones y discusiones sobre la legalidad, relevancia, eficacia u oportunidad de dichas campañas también poblaron las redes y los medios de comunicación.
¿Es permisible “hacer justicia por mano propia” cuando la limpieza del municipio corresponde a la institución municipal? ¿No es acaso el procedimiento correcto reclamar que las autoridades municipales hagan su trabajo? ¿Es atentar contra la libertad de expresión en plena campaña electoral proceder a destruir y/o retirar la propaganda política de las calles? ¿Es retrotraerse a fórmulas autoritarias, amantes del “orden” y el silencio, recurrir a este tipo de campañas? Muchas posturas, muchas opiniones, muchos disensos, muchas discordancias ha habido tanto en el debate ciudadano como en el que protagonizamos con los estudiantes del segundo curso de Ciencias de la Comunicación (UNA).
Personalmente, no creo que sea justo catalogar de “stronistas” –como pretenden algunos- a jóvenes indignados que pretenden significar con estos actos su repudio a la clase política. Mientras hay miles de jóvenes aletargados que se suman como corifeos al ritmo de una política prebendaria, clientelista, corrupta y corrompedora, es digno de valorar que haya jóvenes dispuestos a manifestarse por sus ideales, correr riesgos y enfrentar al “establishment”, así sea que luego venga la guadaña legalista de mano de fiscales o jueces, casualmente, nombrados por la propia clase política a la cual se cuestiona. Pero es de asumir que las posturas respecto a este tema no son unánimes y los intereses están enfrentados tanto en el objetivo, como en las formas.
En el aula, pusimos sobre la mesa pros y contras, beneficios y riesgos, tratando de aterrizar el romanticismo juvenil sin perder de vista la esencia e importancia de la rebeldía juvenil, esa capaz de “armar lío”, pero que tampoco puede simplemente quedar en eso sino ayudar luego a “organizar el lío” como recomendara el Papa Francisco.
“¿Por qué no esperan al día 27, el día después de las elecciones, para retirar la basura ya que que en ese momento habrá perdido relevancia de comunicación política, no estará protegida por la ley electoral y Uds. no se expondrán a ser acusados por algún fiscal “aconsejado” por los políticos?”, pregunté con ánimo provocativo. “Porque lo que queremos es que los políticos se “pichen”, que sientan que les enfrentamos, que no nos gusta lo que hacen”, fue la respuesta que desnudó las reales intenciones de la campaña. Rebeldía juvenil pura y dura. Y sincera.
Pues bien, quizás el único –o al menos el principal- punto de concordancia, tácito o explícito, tanto en este debate como en el que se genera en la sociedad, sea éste: los jóvenes honestos –y por extensión los ciudadanos honestos- están cansados, en realidad, de la “basura” política… no la que ensucia las paredes, calles o plazas, sino la que denigra a la gente, la que ensucia nuestra patria, la que permite y alienta la pobreza como fuente del clientelismo político, la que corrompe nuestras instituciones, la que esquilma al Estado, la que desangra nuestras riquezas o las regala, la que crea una casta política privilegiada servida de la miseria y necesidad de la gente, la que promueve y se financia con el narcotráfico, la que engulle y avasalla las esperanzas de la gente.
Esa es la basura que merece ser retirada y arrojada al fondo del tacho, sin posibilidad alguna de reciclaje. Ésa es la basura que está presente en las calles llenas de baches, en la ineficiencia del Estado, en los gastos inflados y las corrupciones de las licitaciones públicas, en los multimillonarios privilegios de dirigentes políticos y sus familias, en las desigualdades sociales, en la impunidad, en el avance de la mafia y el narcoterrorismo.
Pero, ojo, esa basura no se retira ni se recolecta días antes de las elecciones, sino en el mismo día de las elecciones y después. Con el voto primero, con la participación y militancia ciudadana después.
Si no votamos bien, no podemos botar nada que nos agrede, nos daña o nos molesta. Si no participamos luego, tampoco podremos evitar que la basura política siga inundando nuestras vidas.
La rebeldía juvenil y la indignación ciudadana están bien, son signos alentadores y potentes motores para el cambio. Pero no son suficientes. Armar lío vale para mover las estructuras y mandar un mensaje a los corruptos e ineptos políticos. Organizar el lío luego, participando y controlando, es clave para desecharlos y construir la nueva sociedad, la nueva política que reclamamos y queremos.