Lo que sí resulta sorprendente es que se haya concretado un procedimiento de tal envergadura, y que culminó con la “barrida” de un grupo de ellos. La operación parece un indicio alentador de que este gobierno está jugado a combatir uno de los flagelos más graves que afectan a la nación.
Es de esperar, sin embargo, que la iniciativa no se desmorone cuando se tope con “pesos pesados” de la política, con los “amigos de los amigos” de los entornos de poder político y económico que se sientan amenazados, pues lo que desveló la operación dignidad es apenas la punta de un gigantesco témpano de corrupción que permanece amenazante bajo la superficie.
No existen dudas de que las mafias del contrabando, del narcotráfico, del tráfico de influencias y todos los males que padece nuestra República, creció y se consolidó al amparo de un modelo de hacer política que propicia y se beneficia de ese orden de cosas.
Tenemos parlamentarios narcos, intendentes narcos, políticos contrabandistas, fiscales y jueces instrumentos de los narcos y de los jefes partidarios. En este contexto no debe extrañar que haya policías que protegen a narcos.
El nivel de contaminación que sufren nuestras instituciones no es resultado de la casualidad. Y es un tema que debería interpelarnos a cada uno de los ciudadanos. Qué hicimos, y qué dejamos de hacer para que esto evolucione a tan alarmante estado de podredumbre.
Cómo y a quiénes elegimos para que conduzcan la nave. Nos indignamos y actuamos en consecuencia ante hechos de corrupción, o nos conformamos con lloriqueos por las redes sociales. Creo que por ahí para el “apytu’u” del asunto. El quid de la cuestión.