¿Y entonces qué? Si algo positivo ha dejado la pandemia ha sido poner en evidencia que el país tal como está organizado actualmente política, institucional, económica y socialmente es insostenible. El Paraguay llevaba tiempo caminando despreocupadamente por el borde de un precipicio, el coronavirus no ha hecho más que empujarnos a la profundidad de la caída, que se iba a producir más tarde o más temprano, con toda su cruel dureza.
La epidemia no ha hecho más que evidenciar y acelerar la profundidad de la crisis con la que ya convivía el país. El virus no ha creado la penuria sanitaria, ni los escandalosos índices de pobreza y desempleo. El virus no ha vuelto ineficientes y corruptas las instituciones. El virus no ha creado una casta social parasitaria de planilleros y acomodados.
El virus no ha colocado a la cabeza de instituciones, gobernaciones y municipios ladrones compulsivos, que no pueden dejar de robar ni siquiera cuando saben que su robo significa hambre y muerte para otros ciudadanos. El virus no ha destruido el pacto social de convivencia.
Todo eso y mucho más estaba ya aquí y se agravaba paulatinamente desde hace largo tiempo. Todo eso y mucho más nos ha explotado en la cara, a causa del agravamiento que las medidas sanitarias de prevención han acelerado y llevado al límite. Todo eso y mucho más hay que enfrentarlo ya y habrá que seguir enfrentándolo cuando pase la pandemia.
Un médico no puede ganar menos que un chofer o que un ascensorista ni con ni sin crisis sanitaria. Al menos yo no estoy escandalizado solamente por el excesivo pago y privilegios que reciben demasiados funcionarios del sector público, también lo estoy por el miserable pago y las pésimas condiciones de trabajo de algunos otros.
Así pues, por doloroso que sea reconocerlo, cuando pase esta tempestad no vendrá la calma. Lo que se ve en el futuro no es una sociedad sana y bien organizada volviendo a la normalidad. Lo que se ve en el futuro es una auténtica batalla campal entre quienes hayan aprendido la lección que nos ha dado el maldito virus y los que prefieran no verlo porque dependen de la corrupción, de los privilegios y de la injusticia social para sostener su forma de vida, a costa del resto de los paraguayos.
Tal parece (y ojalá sea así) que al menos una parte significativa de la clase política y de los distintos sectores con influencia en el manejo del país ha tomado consciencia de la gravedad de la realidad paraguaya. Aún si a muchos de ellos no les importan nada las demás personas, al menos son lo bastante listos para saber que ya no son suficientes las promesas y tienen que hacer cambios reales y tangibles para no sucumbir a la creciente ira de los ciudadanos.
La otra cara de la moneda es que existen demasiados intereses creados y amplios sectores que no conocen ni otra manera de actuar ni otra forma de vida que la que está llevando al país hacia un estallido social de proporciones incalculables. Esos sectores no van a aceptar ni el más mínimo cambio, ni la más nimia disminución de sus privilegios.
Ahí tienen, por poner un ejemplo insultante, a nuestra impresentable, insensible y desubicada Corte Suprema de Justicia llamando, en medio de la crisis sanitaria y social que vive el país, a una multimillonaria licitación para hacer que los ciudadanos (esos mismos que están tratando de cobrar un magro subsidio, comiendo en ollas populares o pasando hambre) paguen un seguro médico de lujo que no quieren pagar de su propio dinero.
Los ministros de la Corte están en la cima de la pirámide, pero de ahí para abajo podrían multiplicarse los ejemplos, intendentes que compran vaca’i a precio de caviar ruso, funcionarios que adquieren tapabocas que, por su costo, han debido venir de las pasarelas de alta costura, acomodados de las hidroeléctricas que primero amenazaron y ahora intentan jubilarse en masa.
Cuando pase la pandemia no habrá paz. Esos dos sectores, los que quieren unos pocos cambios para sobrevivir y los que no quieren ningún cambio, se enfrentarán; pero a la larga llegarían a un acuerdo de “cambiar todo para que nada cambie”, si la ciudadanía no estuviera tan furiosa. Intentarán sin duda llegar al olvido y al oparei con algunos cambios cosméticos, del estilo “ya no tenemos gerente de fotocopias, ahora es director general de facsimilares”.
¿Olvido? ¿Oparei? No va a ser fácil: la gente lleva mucha furia adentro, está pasando mucho miedo, sabiendo que no hay condiciones sanitarias para salvar más que unas pocas vidas, la gente está haciendo ollas populares y pasando hambre y no durante un día ni dos, sino muchos, muchísimos, interminables días de aislamiento y penurias.
Me temo que si no hay cambios significativos por las buenas, terminará por haber cambios por las malas. Una ola incontenible de enfurecida indignación, de justa ira está alimentándose y creciendo en esta cuarentena sanitaria.