“Metástasis de la corrupción”

Metástasis: reproducción o extensión de un foco canceroso a un órgano distinto de aquel en que se inició.

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El calificativo del título fue enunciado por el multifacético intelectual mexicano Jorge Zepeda Patterson, para definir un fenómeno que caracteriza hoy a muchas sociedades latinoamericanas: en las que individuos y hasta comunidades enteras deciden “... que si la ley no es respetada por los de arriba no hay razón para que los de abajo tengan que hacerlo”. Que si los del Gobierno toman la “cosa pública” como propia, colectivos y grupos asumen que también “puede ser de ellos” apoderándose por la fuerza de lo que –creen– les corresponde. Mientras otros más piensan que si las autoridades “ ...se embolsan fortunas absurdas ¿qué impide a un ghetto marginal saquear el almacén de un rico?”. Esta metástasis, mal de “arriba” que infesta todo lo de “abajo”, ha manifestado sus síntomas también en nuestro país, y amenaza con profundizarse hasta límites incontrolables si no se implementan medidas legales y operativas que erradiquen un cáncer ya demasiado evidente para ignorarlo: la corrupción en los más altos niveles de la vida pública.

Para ilustrar con mayor claridad el fenómeno, puede tomarse un ejemplo del cine. En 1972, se estrenó el film “El Padrino” (“The Godfather”, Francis Ford Coppola) que desnudó un profundo cambio de los paradigmas sociales. Antes, solo habíamos visto películas en las que los buenos eran buenos y siempre salían victoriosos sobre los malos; mientras estos morían o eran debidamente castigados al final de la película. Pero cuando conocimos la historia del clan Corleone, empezamos a ver a los malos como héroes, tanto como regocijarnos con su perversa eficacia para hacer “lo que había que hacer” cuando se trataba de obtener algún beneficio o ejercer un castigo. Era como si notáramos en ellos, en su determinación, en su poderío, en la brutal capacidad operativa con la que resolvían “sus problemas”, algo que hubiésemos querido ver en nuestros gobiernos. Es decir, los “buenos”. Para que los nuevos roles sociales quedaran todavía más claros, el clan tenía también a policías corruptos como enemigos. De manera que si la Policía hacía de mala... ¿cómo no admirar a los malos que hacían de buenos? Complicada la cosa. Y más si estos papeles fueron asignados a Marlon Brando y Al Pacino, ya de por si admirados por el público cinéfilo.

Pero la popularizada gesta de Don Corleone y su familia, es hoy un modelo peligroso, pues como se ha visto, corresponde a lo que se define como el “liderazgo invertido” (Ver “El poder invertido“, ABC, 2016): por un lado, tenemos una democracia desnaturalizada con autoridades electas defraudando reiteradamente la confianza de sus votantes. Por el otro, bandas mafiosas operando con total libertad cuando no directamente en complicidad con algunos agentes oficiales; con recursos que superan –de lejos– a los magros que opone un Estado que ni siquiera exhibe algún sentido de responsabilidad frente a la audacia y determinación de los Corleones locales.

Debemos admitir que quienes se encuentran excluidos del sistema, sin trabajo estable ni viviendas, sin coberturas médicas y sin educación, ya no tienen muy claro lo que separa lo bueno de lo malo; lo legal de lo ilegal. Mucho menos si de sobrevivir se trata. Porque gracias a una sobredosis de tecnología y redes de información, se percatan que ahí cerca, fuera de sus covachas de hule y cartón, existe una sociedad que se solaza en la abundancia y el dispendio. Como también saben de las escasas posibilidades de que cambien las cosas con cualquiera en el Gobierno. Es cuando llegan a la triste conclusión de que no hay diferencias entre quienes tienen cargos y obligaciones, pero defraudan, y quienes defraudan sin mentiras ni promesas pero a quienes ven más cerca de sus necesidades y son, tan marginales como ellos. En medio de este dilema, la delgada línea que separa a buenos y malos se vuelve invisible. Y lo es más, cuando el liderazgo partidario tiene en cuenta “a los de abajo” solo cuando los necesita en sus campañas partidarias; o cuando el Gobierno les “concede” la posibilidad de “ir tirando” con la venta de un producto de contrabando en plena calle, al amparo de la indiferencia general, de los organismos contralores y hasta de la misma Policía.

El peor síntoma de esta “metástasis” es que todos comenzamos a mirar con desconfianza a la misma democracia, a sus procedimientos, a sus instituciones y hasta a cualquiera que emerja de los rituales electorales, aunque fuera potencialmente decente y bueno. Es el círculo vicioso que toda mafia diseña para realimentarse.

jorgerubiani@gmail.com

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