Gabriela Narváez, entre el tatami y la maternidad

La deportista mamá Gabriela Alejandra Narváez junto a su hija Margot en el especial de ABC por el Día de la Madre.

La judoca paraguaya Gabriela Alejandra Narváez (31 años) encontró en su hija Margot una nueva razón para seguir desafiando límites. Entre viajes, entrenamientos y madrugadas sin dormir, la olímpica guaraní abre las puertas de su vida familiar en una historia de amor, sacrificio y resiliencia.

Hay batallas que no se ganan con una llave perfecta ni con un ippon espectacular. Existen luchas silenciosas, cotidianas, invisibles para el público, que exigen más fortaleza que cualquier combate olímpico. Gabriela Narváez conoce muy bien esa sensación.

Durante años, la judoca paraguaya de raíces argentinas construyó su nombre entre entrenamientos agotadores, competencias internacionales y sacrificios personales que la llevaron a convertirse en una de las atletas más importantes del país.

Para Gabi la familia se convirtió en el sostén fundamental de esta nueva etapa. Su madre, su esposo y todo su entorno asumieron un rol clave para que pudiera seguir persiguiendo sus sueños deportivos sin descuidar la crianza de Margot.

El diploma olímpico conseguido en Juegos Olímpicos de París 2024 confirmó su lugar entre la élite mundial. Pero hace diez meses apareció un desafío completamente distinto: la maternidad.

La llegada de Margot Malaika González Narváez cambió cada rincón de su vida. Los horarios dejaron de pertenecerle solamente a ella. Las horas de descanso se hicieron escasas. Las prioridades se reorganizaron. Y, sin embargo, lejos de alejarla del deporte, su hija terminó convirtiéndose en el impulso más poderoso de su carrera.

“Mi primer entrenamiento haciendo judo fue una mezcla de emociones enormes. Sinceramente tenía más miedo que otra cosa, pero también una alegría inmensa por estar de vuelta. No sé si mi mentalidad había cambiado, eran tantas las ganas de subirme arriba de un tatami, que solo quería estar ahí de nuevo”, recuerda Gabriela.

La llegada de Margot Malaika González Narváez cambió cada rincón de su vida. Los horarios dejaron de pertenecerle solamente a ella. Las horas de descanso se hicieron escasas. Las prioridades se reorganizaron.

Habla con serenidad, pero detrás de sus palabras aparece el retrato real de una madre deportista de alto rendimiento: jornadas eternas, cansancio acumulado y una rutina donde cada minuto cuenta.

“No es fácil”, admite sin rodeos. “Gracias a mi mamá gran parte de mi rutina está resuelta, ya que ella está con mi bebé en horarios de entrenamiento, me ayuda con las cosas de la casa y hace que todo sea mucho más fácil”.

La familia se convirtió en el sostén fundamental de esta nueva etapa

Su madre, su esposo y todo su entorno asumieron un rol clave para que Gabriela pudiera seguir persiguiendo sus sueños deportivos sin descuidar la crianza de Margot.

Y aunque las medallas, los viajes y las competencias ocupan gran parte de su calendario, hay algo que permanece intacto: el vínculo emocional que la conecta con su hija incluso en la distancia.

“Es extremadamente difícil”, confiesa al hablar de los viajes internacionales. “Siempre antes de irme trato de comprender que es mi trabajo y le hablo. Mi marido siempre está al pendiente de que yo no me sienta mal y entienda que es parte de la carrera. Gracias a Dios están mi mamá y mi marido cada vez que me toca viajar. Sé que Margot está feliz de estar con ellos”.

En el alto rendimiento, el aspecto mental suele ser determinante

Gabriela relata cómo se trata con el alto rendimiento y ser madre.

Gabriela aprendió a convivir con la presión desde muy joven, pero ahora encontró una motivación diferente, mucho más profunda. “Yo manejo mucho el autodiálogo. Lo primero que hago el día de la competencia es rezar y cuando termino, me digo a mí misma: ‘hacelo por ella’”.

Esa frase resume gran parte de la nueva versión de Narváez. Ya no pelea únicamente por ella misma, sino también por convertirse en el ejemplo que algún día quiere dejarle a su hija.

Cuando se le pregunta qué valor desea transmitirle a Margot, responde con una sola palabra: “Resiliencia”. Y probablemente no exista otra definición más adecuada para describir su historia.

Gabriela Narváez: “Yo manejo mucho el autodiálogo. Lo primero que hago el día de la competencia es rezar y cuando termino, me digo a mí misma: ‘hacelo por ella’”.

Porque detrás de la atleta olímpica hay una mujer que reconoce frustraciones, miedos y momentos difíciles. Incluso el diploma conseguido en París 2024 dejó sentimientos encontrados.

“Sinceramente nada”, dice entre risas al recordar qué sintió en ese instante. “Mi objetivo era una medalla olímpica, se lo había prometido a mi entrenador y a mi familia. Fue muy frustrante para mí no lograr la medalla”.

Pero con el paso del tiempo también entendió la dimensión de lo conseguido. “Luego de ver la respuesta de la gente dentro del estadio y todo el cariño que tenían hacia mí, me puso contenta”.

La maternidad, además, le permitió mirar el deporte desde otro lugar

En un ambiente donde todavía existen prejuicios sobre las atletas que deciden formar una familia, Gabriela levanta la voz con un mensaje claro para otras mujeres.

Gabriela Narváez: “Mi objetivo era una medalla olímpica, se lo había prometido a mi entrenador y a mi familia. Fue muy frustrante para mí no lograr la medalla”.

“Siempre va a haber personas que quieran limitarnos y es nuestra responsabilidad no escucharlos. Porque los récords se rompen, los fuertes caen y los sueños se cumplen”.

La frase nace desde la experiencia. Desde alguien que construyó su carrera “desde abajo”, como ella misma dice, con el apoyo incondicional de sus padres y enormes sacrificios personales. Hoy, entre entrenamientos y estudios universitarios, intenta encontrar pequeños espacios para disfrutar de lo más simple: compartir tiempo con su hija.

“Intento dejar el teléfono y concentrarme en pasar tiempo de calidad con mi bebé. También la facultad me lleva tiempo y eso hace que trate de tener un balance”.

En esos momentos cotidianos, lejos del tatami y de la exigencia competitiva, aparece una Gabriela distinta. Más relajada. Más familiar. Más mamá.

Le brillan los ojos cuando imagina el futuro. Y especialmente cuando piensa en Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.

“Siempre antes de irme trato de comprender que es mi trabajo y le hablo. Mi marido siempre está al pendiente de que yo no me sienta mal y entienda que es parte de la carrera. Gracias a Dios están mi mamá y mi marido cada vez que me toca viajar. Sé que Margot está feliz de estar con ellos”.

“Sí me imagino, lo visualizo y sé que lo voy a concretar”, asegura sobre la posibilidad de competir allí con Margot alentándola desde las tribunas.

La noticia del embarazo también significó una revolución emocional dentro de su familia. Sus padres, cuenta entre risas, esperaban con ansiedad convertirse en abuelos.

“Mis papás estaban demasiado felices, querían ser abuelos y no les tomó por sorpresa. Mi hermana menor estaba feliz y un poco celosa”, recuerda divertida.

En medio de tantas responsabilidades, Gabriela todavía conserva pequeños rituales personales. En su bolso de entrenamiento nunca falta su “tape”, indispensable para proteger el cuerpo en cada práctica.

Y cuando le preguntan qué es más difícil, si un combate olímpico o una noche sin dormir, no duda ni un segundo. “Una noche sin dormir”. Quizás porque en esos desvelos también se construyen campeonas.

“Gracias a mi mamá gran parte de mi rutina está resuelta, ya que ella está con mi bebé en horarios de entrenamiento, me ayuda con las cosas de la casa y hace que todo sea mucho más fácil”

Y aunque el mundo la conozca por sus medallas, sus combates o sus logros internacionales, hoy la pelea más importante de Gabriela Narváez ocurre lejos de los reflectores: en el equilibrio diario entre ser atleta de élite y madre.

Una lucha silenciosa que encara con la misma determinación con la que alguna vez soñó representar al Paraguay ante el mundo.

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