Starmer, en una comparecencia ante la Cámara de los Comunes, reconoció que el presidente estadounidense pidió expresamente al Reino Unido sumarse junto con Israel a la guerra contra Irán -aunque no pronunció la palabra 'guerra'- lanzada el sábado, a lo que él se negó, lo que suscitó el "desacuerdo" de Trump, dijo.
Al día siguiente, el jefe de la Casa Blanca hizo otra petición al Reino Unido: utilizar sus bases militares para su aviación, y en esta ocasión la respuesta fue afirmativa, aunque Starmer dijo entonces que sería solo para darle un uso "defensivo".
Trump fue menos diplomático al explicar su versión de los hechos: en conversación con el diario 'The Telegraph' dijo que estaba "muy decepcionado" con Starmer por negarle en un primer momento el uso de una base británico-estadounidense en el archipiélago de Chagos, en el océano Índico, y que cuando finalmente le dio su permiso "eso le tomó demasiado tiempo. Demasiado tiempo", reiteró.
"Esto probablemente nunca había pasado entre nuestros dos países con anterioridad", dijo Trump al rotativo.
La justificación que Starmer dio para cambiar de opinión fue que se ajustaba a la legalidad internacional y, concretamente, al artículo 51 de la Carta Fundacional de la ONU.
Ese artículo reconoce "el derecho inherente a la defensa individual o colectiva ante un ataque armado contra un miembro de Naciones Unidas, hasta que el Consejo de Seguridad tome las medidas necesarias para mantener la paz y seguridad internacionales".
La sesión parlamentaria sirvió para demostrar que la postura de Starmer no convence prácticamente a nadie en el arco político británico y que no ha hecho más que ahondar la soledad del primer ministro, criticado incluso dentro de su propio partido.
Desde la oposición, la líder del Partido Conservador, Kemi Badenoch, reprochó a Starmer haber perdido la ocasión de reforzar la histórica alianza del Reino Unido con Estados Unidos, y le recordó que otros aliados tradicionales de este 'eje occidental', como Canadá y Australia, no tardaron sino unas horas en manifestar su apoyo a los ataques de Estados Unidos.
Por el contrario -continuó Badenoch- Starmer ni siquiera ha dicho explícitamente si apoya los bombardeos y el cambio de régimen en Irán.
Le respondió Starmer afirmando que él no cree "en los cambios de régimen desde el aire" -lo que sonó a otra crítica velada a EE.UU.-, aunque no ahorrase ninguna crítica con el Gobierno iraní actual por sus ataques a casi todos sus vecinos árabes del golfo Pérsico y por el tratamiento dado a sus propios ciudadanos.
"Está claro que el atroz régimen iraní se ha convertido en una amenaza contra nuestro pueblo, nuestros intereses y nuestros aliados que no puede ser ignorado", añadió el primer ministro, refiriéndose a los 300.000 británicos que se encuentran en países del Golfo (principalmente Emiratos) y que han sufrido "ataques en sus hoteles y sus aeropuertos".
Desde las bancadas de los liberal-demócratas y los verdes, Starmer recibió otro tipo de críticas: embarcar con su ambigüedad a su país en una aventura de final incierto que se parece demasiado a la de Irak, en referencia a la invasión de Irak en 2003 protagonizada entonces por el EE.UU. de George Bush y el Reino Unido de Tony Blair.
De momento, el giro dado en la víspera por Starmer no le ha salido gratis: apenas dos horas después de hacer explícito su permiso para el uso de bases británicas por parte de la aviación estadounidense, la base de Akrotiri de la fuerza aérea británica (RAF), en Limassol, fue atacada por drones iraníes, aunque sin víctimas.