El 6 de junio de 2023, unas explosiones destruyeron la presa controlada por Rusia en lo que las autoridades ucranianas consideran un intento de Moscú por sabotear la contraofensiva veraniega que Ucrania estaba iniciando. Miles de millones de metros cúbicos de agua inundaron la zona río abajo, anegando decenas de localidades, cobrándose más de 90 vidas y alterando radicalmente el ecosistema regional.
En lugar de convertirse en un páramo desolado, el lecho del antiguo embalse, de 2.155 kilómetros cuadrados, está ahora cubierto por un bosque de rápido crecimiento dominado por sauces y álamos.
Algunos árboles ya alcanzan los siete metros de altura, transformando una zona que había permanecido bajo el agua durante casi seis décadas desde la construcción de la presa.
La zona sigue siendo un campo de batalla activo, con drones sobrevolando la zona en medio de los combates a lo largo del río Dniéper. Sin embargo, ecologistas ucranianos afirman haber presenciado un "milagro ecológico" en medio del desastre.
"Tenemos la suerte de que la naturaleza tenga una capacidad increíble para recuperarse de un evento tan catastrófico", declaró a EFE Oleksi Vasiliuk, director del Grupo Ucraniano para la Conservación de la Naturaleza.
Vasiliuk describe esa inundación como el mayor desastre ecológico en la historia moderna de Ucrania, argumentando que su impacto en la vida silvestre superó los efectos del accidente de la central nuclear de Chernóbil (1986).
Millones de animales y plantas en las reservas situadas aguas abajo murieron a causa de olas que alcanzaron entre 6 y 12 metros de altura. Las aguas de la inundación también dispersaron suelo contaminado con metales pesados proveniente de sitios industriales cercanos.
Sin embargo, las semillas de sauces y álamos que crecieron a lo largo de las antiguas riberas han colonizado rápidamente vastas áreas, creando un nuevo ecosistema dinámico.
"Nunca habíamos visto árboles crecer tan rápido como aquí. La densidad es tal que apenas se puede caminar entre ellos", dijo Vasiliuk.
Ya se han registrado cientos de especies de plantas, lo que convierte la zona en un refugio para insectos y aves. A medida que algunos árboles mueren y se descomponen, contribuyen a la formación de nuevo suelo fértil, lo que favorece aún más la biodiversidad.
Muchos científicos consideran que estos cambios representan un retorno parcial a las condiciones naturales de la llanura aluvial que existían antes del embalse soviético, que fue construido a un alto costo ambiental.
"Ver toda esta vegetación que se extiende hasta el horizonte es algo sin precedentes en Europa”, señaló Vasiliuk.
El territorio también posee un importante valor histórico, al ser el corazón de la 'Gran Pradera', la cuna de la autonomía cosaca de Zaporiyia y de la identidad nacional de Ucrania. Vasiliuk considera que la combinación de una rápida recuperación natural y un rico patrimonio cultural constituye un argumento sólido para su designación como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Sin embargo, para los agricultores y residentes que dependieron del embalse durante décadas, la pérdida de la presa ha generado graves dificultades.
Según los testimonios recogidos por Mikola Homaniuk, de la Universidad Estatal de Jersón, la agricultura en el sur de Ucrania se enfrenta a una grave escasez de agua, agravada por un clima cada vez más seco.
Actualmente, muchos hogares dependen de pozos profundos, donde el agua suele ser demasiado salina. Los intentos de construir nuevos canales de riego solo han dado resultados limitados.
En la central nuclear de Zaporiyia (la mayor de Europa, con seis reactores), la desaparición del embalse ha alterado fundamentalmente la disponibilidad de agua de refrigeración.
La experta nuclear Olga Kosharna declaró a EFE que las aguas subterráneas y las fuentes alternativas actuales siguen siendo suficientes mientras la central no genere energía. Sin embargo, advirtió de que cualquier intento futuro de reactivar los reactores podría conllevar riesgos significativos si no hay un suministro de agua fiable.
Estas perspectivas contrapuestas alimentan el debate actual sobre el futuro a largo plazo del embalse.
Según Vasiliuk, la mayoría de los científicos se oponen a la reconstrucción de la presa y, en cambio, abogan por una transición hacia prácticas agrícolas y económicas más sostenibles.
Por el momento, estas discusiones siguen siendo en gran medida teóricas. Los combates activos y los extensos campos minados continúan restringiendo el acceso, mientras que para muchos habitantes de localidades cercanas, el paso del tiempo no ha logrado mitigar el trauma.
"Cada vez que recuerdo ese día, siento un dolor profundo en el alma", dice Larysa Polska, una residente de Jersón de 75 años que perdió su casa en las inundaciones.
"La ira y el odio me invaden", reconoce.