El líder progresista empezará la carrera por la reelección en su cuna política, en São Bernardo do Campo, a las afueras de São Paulo, desde donde encabezó un combativo movimiento obrero en plena dictadura militar (1964-1985).
El hijo mayor del exmandatario ultraderechista Jair Bolsonaro dará su primer mitin en la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, bastión político de su familia.
Como ya ocurrió en 2018 y 2022, el pleito se perfila como un pulso entre el progresismo que abandera Lula, única opción viable de la izquierda a sus 80 años, y la extrema derecha que encarna el bolsonarismo, comandado por Flávio, ungido por su padre como su sucesor.
No obstante, la ausencia de Jair Bolsonaro, inhabilitado, condenado y preso por golpismo, ha fragmentado el campo conservador con la aparición de nuevos candidatos que intentan erigirse en el principal adversario de Lula con miras a los comicios de octubre.
Estos son: el agitador ultra Renan Santos, el exgobernador de Goiás Ronaldo Caiado, ligado al sector agropecuario, y el empresario Romeu Zema, exgobernador de Minas Gerais.
Con todo, ninguno llega al 5 % de las intenciones de voto, según la encuesta publicada el viernes por la firma Quaest, que prevé una segunda vuelta entre Lula y Flávio Bolsonaro.
En ese hipotético balotaje, Lula aparece con 43 % y Flávio, con 40 %, es decir, ambos están empatados técnicamente dentro del margen de error, que es de dos puntos. Un 4 % se mantiene indeciso, lo que puede ser crucial para definir la contienda.
Según el politólogo Claudio Couto, profesor de la Fundación Getulio Vargas (FGV), ese grupo de indecisos suele estar compuesto por mujeres, electores de clase media y aquellos que se declaran independientes.
Lula dará inicio a su campaña en el Estadio Primero de Mayo, en São Bernardo do Campo, el mismo lugar donde se forjó como líder sindical y plantó la semilla del Partido de los Trabajadores (PT), que fundó en 1980.
El PT ha organizado caravanas de militantes en varios puntos del país y espera que "cerca de 20.000 personas" arropen al antiguo tornero mecánico.
El jefe de Estado, en busca de su cuarto mandato no consecutivo, pretende destacar los datos económicos de su actual gestión, con un crecimiento medio del 2 %, desempleo en mínimos históricos y aumento de la renta per cápita, y exaltar la soberanía nacional en medio de las interferencias externas de Estados Unidos y Argentina.
El Gobierno de Lula interpreta como intentos de injerencia los últimos aranceles de la Administración de Donald Trump; las prisas para que Brasil conceda su beneplácito al nuevo embajador estadounidense en el país; y el intento de enviar dos funcionarios para estudiar el sistema electrónico de votación brasileño.
En respuesta, el Ejecutivo de Lula inició el proceso para responder con reciprocidad a los aranceles, aplazó la evaluación del nuevo embajador estadounidense hasta después de las elecciones y vetó el ingreso al país de esos dos funcionarios.
"Estoy intentando contactar con Trump para decirle que no se meta en los negocios de Brasil, especialmente en las elecciones", afirmó el mandatario en una entrevista a los pódcast 'Não Inviabilize' y 'As Cunhãs'.
A ello se suma la crisis abierta con Argentina después de que el presidente Javier Milei llamara a Lula "presidiario" y "ladrón" en la proclamación de Flávio Bolsonaro como candidato del Partido Liberal (PL), en un acto celebrado en São Paulo el 25 de julio.
Para la politóloga de la FGV Carolina Moehlecke, las interferencias externas en el proceso electoral brasileño son "bien evidentes" y continuarán a lo largo de la campaña.
Flávio Bolsonaro ofrecerá su primer mitin en Copacabana, donde su padre acostumbraba a movilizar a sus acólitos. El senador de 45 años ha llamado a sus seguidores a participar en el acto con los colores de la bandera brasileña.
"Están viendo que todo el mundo está contra mí porque el sistema sabe que soy el único que puede cambiar las cosas de verdad (...) Estoy arriesgando mi propia vida para sacar a Brasil del rojo", dijo este sábado en sus redes sociales.
Flávio considera que Lula representa un modelo "agotado" y apuesta por repetir la receta de su padre: menos Estado, alineación con EE.UU. y mano dura contra el crimen organizado.