Los gatos no son perros… pero tampoco son indomables. Aunque su fama de independientes suele imponerse, la evidencia y la experiencia de educadores felinos coinciden: con refuerzo positivo, sesiones breves y objetivos claros, los gatos pueden aprender conductas útiles y hasta divertidas.
Desde sentarse a demanda hasta entrar al transportador sin dramas, el adiestramiento felino dejó de ser rareza para convertirse en una herramienta de bienestar.
El mito de “no se puede” y qué dice la ciencia
La idea de que los gatos no aprenden o “no obedecen” se cae al mirar cómo funcionan su motivación y su memoria.
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Organizaciones de referencia como la ASPCA y la International Association of Animal Behavior Consultants recomiendan el entrenamiento con recompensas por ser seguro y efectivo: el animal repite aquello que le trae consecuencias positivas.
En gatos, eso suele ser comida de alto valor (premios blandos, un poco de atún), juego con su juguete favorito o caricias si ya están relajados.
La clave es el contexto: sesiones de uno a tres minutos, en momentos en que el gato esté receptivo (antes de la comida funciona muy bien), sin castigos ni presiones.
Un “clicker” o una palabra corta (“sí”) marcan con precisión el instante correcto y aceleran el aprendizaje.
Cuatro trucos que podés enseñar hoy
Sentarse, venir al llamado, dar la pata y entrar al transportador son objetivos alcanzables para principiantes. Requieren un par de sesiones cortas por día y consistencia durante una semana.
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Algunos gatos lo logran en horas; otros, en varios días. El ritmo lo marca el felino.
- Sentarse. Sostené un premio frente a la nariz del gato y movelo suavemente hacia arriba y atrás, guiando su cabeza. Cuando el lomo baje y las patas traseras toquen el suelo, marcá el momento con el “click” o el “sí” y entregá el premio. Repetí tres o cuatro veces y sumá la palabra “sentate” justo antes del movimiento. Si el gato se aleja, cortá y retomá más tarde: la pausa también enseña.
- Venir al llamado. Elegí una señal constante (su nombre + “vení” o un tintineo de cucharita en el pote). Empezá a poca distancia: emití la señal, el gato te mira o da un paso, marcá y premiá en tu posición. Aumentá la distancia de a poco y premiá siempre que llegue. Para generalizar, practicá en distintos ambientes de la casa. Evitá llamar para cosas desagradables (corte de uñas, medicación), así no “quemás” la señal.
- Dar la pata o “high-five”. Con el gato sentado, cerrá un premio en tu puño y acercalo al suelo, frente a una pata. La mayoría intentará tocar con la pata para explorar: marcá ese toque y premiá. Tras varias repeticiones, abrí la mano y elevá la palma para modelar el “high-five”. Recién entonces agregá la palabra (“pata” o “choca”). Sesiones cortas: es un truco físico y mentalmente demandante.
- Entrar al transportador sin estrés. Convertí la caja en un lugar predecible y seguro, dejándola abierta y disponible a diario con una manta familiar. Empezá premiando cualquier acercamiento: oler, mirar, poner una pata. Marcá y recompensá. Luego, premiá dentro de la entrada; más tarde, adentro del todo. Cuando entre con fluidez, cerrá la puerta por uno o dos segundos, premiá y abrí. Subí el tiempo gradualmente. Evitá “embolsarlo” a último momento: eso refuerza el miedo.
Consejos para que funcione
El entrenamiento felino no se trata de “mandar”, sino de construir cooperación. Elegí recompensas que a tu gato realmente le importen; lo que vale para uno puede no motivar a otro.
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Mantené las sesiones antes de la comida principal y en ambientes sin distracciones. Tres a cinco repeticiones correctas son suficientes: es mejor terminar con éxito que “gastar” el interés.
Si el gato bosteza, se sacude, se acicala con insistencia o mueve la cola con irritación, está diciendo “basta por hoy”.
La consistencia de la familia suma. Usar las mismas palabras y gestos evita confusiones.
También ayuda dividir los objetivos en pasos pequeños: si “venir” desde el dormitorio es demasiado, arrancá desde un metro en la sala.
Por qué vale la pena
Más allá del show, entrenar mejora la convivencia y reduce el estrés.
Sentarse antes de la comida ordena rutinas. Venir al llamado aumenta la seguridad en balcones y patios. Dar la pata fortalece el vínculo a través del juego.
Y entrar al transportador sin pánico facilita visitas al veterinario y mudanzas. Para gatos tímidos, el aprendizaje controlado enriquece su ambiente y les da herramientas para enfrentar novedades con menos temor.
Si surgen conductas problemáticas —agresiones, miedos intensos, eliminación fuera de la bandeja— conviene consultar a un veterinario o a un profesional en comportamiento felino.
El entrenamiento es un complemento, no un reemplazo del cuidado médico ni del bienestar ambiental (rascadores, escondites, juego diario).
La conclusión es sencilla: sí, los gatos se entrenan. Y con cuatro trucos simples, podés empezar hoy mismo a hablar un idioma común con tu felino, uno hecho de respeto, paciencia y pequeñas victorias compartidas.