La eminente antropóloga norteamericana Helen Fisher responde a la pregunta diciendo que amamos porque venimos al mundo equipados biológica y neurológicamente para amar. Efectivamente los biólogos hablan del “gen del amor” y de la oxitocina, como hormona del amor; y por su parte los neurólogos han identificado a la dopamina como neurotransmisor, presente en diversas áreas del cerebro, especialmente activo en las vivencias del amor.
La psicología, al investigar la estructura psicológica de la persona, destaca el ámbito afectivo con sus componentes y los componentes de la psicología dinámica y el poder de su energía sobre todo en ciertas modalidades del amor.
También la sociología indaga al amor por su natural potencial asociativo y cohesivo que dinamiza y consolida la integración de las sociedades en unión de sus miembros hacia la unidad.
Con mayor razón la neumatología, ciencia de la espiritualidad, investiga el amor y su extraordinaria capacidad de trascendencia.
En resumen, para hacerlo breve, todas las ciencias que investigan al ser humano y las ciencias de la naturaleza, como la química del amor, la física (podemos recordar la famosa carta de Albert Einstein a su hija), las matemáticas del amor de Hannah Fry y las relacionadas con la conducta humana, incluso fuera de las “ciencias del hombre”, en el campo de la zoología se investiga el amor sobre todo en mamíferos, como los perros, los gatos, etc.
Pero las ciencias no dan respuesta a nuestra pregunta “¿Por qué amamos?”. Las ciencias nos dicen “cómo” amamos, es decir, qué pasa en nosotros, en nuestro cuerpo, en nuestra interioridad e intimidad, pero no nos explican el por qué pasa lo que pasa. La respuesta de Helen Fisher y de los científicos, cuando nos dicen que “venimos al mundo equipados para amar”, nos empuja a preguntarles: ¿Y por qué venimos al mundo equipados para amar?
La pregunta del por qué le toca responderla a quienes estudian e investigan las dimensiones y potencialidades trascendentes del ser humano: a los filósofos y a quienes investigan las ciencias de las distintas manifestaciones de la fe, los teólogos.
Los filósofos nos dicen que la persona humana es un ser “contingente”, un ser necesitado, que no se basta a sí mismo para existir, vivir y reproducirse. Necesita otras personas y otros elementos para ser y realizarse. Y esa necesidad radical le mueve a desear y amar y consecuentemente motivar la búsqueda de los objetos y sujetos que satisfacen sus deseos y amores. Es útil aquí recordar la lúcida teoría de Abraham Maslow con su pirámide de las necesidades humanas, porque ayuda a comprender la amplitud de deseos y la diversidad de amores de cada persona, según su sexo, cultura, edad, personalidad y circunstancias. La pirámide de Maslow tiene en la base las necesidades biológicas, encima las necesidades de seguridad, después las necesidades sociales, en cuarto nivel necesidades de reconocimiento y finalmente de autorrealización.
Y en cada forma de amor hay niveles de intensidad y calidad, pero en cualquier caso el amor más maduro y generoso es el que tiene como necesidad mayor la felicidad de la amada o el amado, tanto que le ama más que a sí mismo/a y está decidido a dar la vida en vida o con muerte por la persona amada.
Pero la experiencia demuestra que para satisfacer la demanda de las necesidades basta la energía de los deseos, ¿por qué sentimos la necesidad de amar y ser amados?
Los creyentes tenemos la respuesta definitiva en Jesucristo y la palabra de Dios revelada: Los humanos “hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios” (Gen 1,27) , somos sus hijos y Dios es Espíritu y es Amor (1 Jn 4,16) y nosotros hemos nacido de Dios (Jn 1,12-13). Jesús nos enseñó a llamarle Padre (Mt 6,7-15) y vino a darnos la buena noticia de que Dios nos ama.
La raíz de nuestra existencia, la plenitud de nuestra vida y nuestro destino final es el AMOR.