Hace 4.000 años, los babilonios vieron en esta repetición de las estaciones un motivo digno de celebrarse, e instauraron un ciclo festivo que dejaría corta a la juerga más movida de nuestra época: eran 11 días de celebración, que comenzaban cuando la primavera exponía sus primeros trazos en los jardines colgantes de Babilonia. Los Babilonios iniciaron el uso del calendario lunar, y descubrieron en 432 a. C. el ciclo metónico de 19 años, que busca coincidencias entre el año solar y el lunar.
Los egipcios también recibían con gran farra las señales que anunciaban el nuevo año. El ambiente se tornaba festivo cuando llegaba el ansiado momento en el cual el río Nilo empezaba crecer, y el caudal se hacía propicio para la siembra. Entonces, la tierra se labraba con confianza en los tiempos venideros. Desde siempre, el año nuevo significó festejar un triunfo futuro, una victoria que se desea pero aún no ha ocurrido. Es un elogio a la esperanza que se renueva cada 365 días. Los egipcios optaron por el calendario solar dividido en 12 meses de 30 días cada uno. Al final del último mes de cada año se añadían los cinco días epagómenos. Y son los precursores directos del calendario moderno que ahora usamos.
En el norte de Europa, las tribus celtas, se regían por un calendario lunar. Donde la unidad de medida no era el día como en todos los demás, sino la noche. En América, la cosmografía estaba muy avanzada antes de la conquista española. Los mayas se regían por un calendario lunar de excepcional exactitud. También los judíos siguen empleando el calendario lunar. El calendario litúrgico de la iglesia Católica tiene elementos lunares y solares.
Muchos maestros se refieren a las posibles incomodidades que podría depararnos el año 2023. Algunos se refieren a cambios muy impactantes, que emergerán cualidades que no conocíamos, que habrá un despertar colectivo y que se darán rebeliones y epifanías. Que este Salmo 23 acompañe nuestros días en este año: El Señor es mi pastor nada me faltará. En verdes praderas me hace descansar; junto a aguas mansas me conduce. Él sana mi alma y me guía por senderos de justicia por amor de su nombre. Aunque pase por el valle de sombra de la muerte no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me infunden aliento. Tú preparas mi mesa frente a mis adversarios. Ungiste mi cabeza con óleo y mi copa está rebosante.
El bien y la misericordia me acompañarán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días.