Entre el Coliseo y la plaza Venecia, en pleno centro de Roma, se abre un valle que durante siglos fue el corazón de una ciudad que gobernó medio mundo antiguo. Allí, en el Foro Romano, las columnas fragmentadas y los mármoles rotos siguen marcando el trazado de avenidas, templos y plazas.
Más allá de los grandes iconos, el lugar esconde rincones silenciosos que permiten caminar, casi en soledad, sobre las huellas de los Césares.
Un valle antiguo en el corazón de Roma
El Foro Romano se encuentra en la depresión natural entre el Palatino y el Capitolio, a pocos pasos del Coliseo y de la Via dei Fori Imperiali. Desde arriba, es un rectángulo irregular de ruinas que se despliega como una maqueta a cielo abierto; a nivel del suelo, se convierte en una red de senderos de piedra y tierra que conectan templos, arcos y restos de plazas.
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Hoy forma parte del Parque Arqueológico del Coliseo y suele visitarse junto con el Coliseo y el monte Palatino, en un mismo recorrido.
Entrar por el acceso cercano al Coliseo y avanzar por la Vía Sacra, la calle principal de la antigua Roma, es una manera natural de empezar a orientarse entre las ruinas y de imaginar cómo era este paisaje cuando aún resonaban carros y procesiones triunfales.
Cómo empezar a recorrer el Foro Romano hoy
Caminar por el Foro Romano es, en apariencia, sencillo: hay senderos señalizados, carteles explicativos y varios puntos de entrada y salida. Sin embargo, la experiencia cambia según el ritmo y el orden del recorrido.
Al ingresar, la Vía Sacra funciona como columna vertebral. Hacia un lado, se recortan los arcos monumentales, las plataformas de los antiguos discursos (las Rostra), las columnas del templo de Saturno.
Hacia el otro, pequeñas escalinatas y pasillos laterales se abren hacia sectores menos transitados, donde la vegetación y las piedras dialogan en voz baja.
En lugar de avanzar en línea recta hacia los grandes templos, desviarse temprano hacia los flancos permite descubrir espacios donde el Foro se vuelve más íntimo: restos de casas, pórticos semienterrados, muros de ladrillo donde aún se adivinan inscripciones.
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Entre templos y basílicas: los rincones menos fotografiados
Para quien se pregunte qué hacer en el Foro Romano más allá de las postales clásicas, la respuesta está en aprender a mirar en los márgenes.
Uno de esos rincones discretos es la Basílica Emilia, cuyos restos se levantan cerca de la entrada. Hoy solo quedan bases de columnas y fragmentos de suelo, pero fue uno de los edificios civiles más importantes de la ciudad. Caminar entre sus cimientos permite imaginar el eco de las voces, el ir y venir de comerciantes y magistrados.
No muy lejos aparece el templo de Antonino y Faustina, con su fachada de columnas corintias y un frontón sobre el que se apoyó, en la Edad Media, la iglesia de San Lorenzo in Miranda. Es un buen ejemplo de cómo Roma fue superponiendo épocas: al asomarse con atención, se distinguen tanto las huellas romanas como las huellas cristianas, conviviendo en un mismo edificio.
Más adelante, casi escondido junto a la Vía Sacra, el llamado “templo de Rómulo” llama la atención por su planta circular y su puerta de bronce verdoso. Su interior no siempre está abierto, pero detenerse frente a sus muros de ladrillo y observar los detalles del pórtico ya es una forma de descubrir un Foro menos evidente.
La Curia Julia, la antigua sede del Senado, ofrece otra sorpresa. Desde fuera parece un bloque sobrio de ladrillo; por dentro, cuando está accesible al público, conserva parte del pavimento de mármol y la estructura de la sala donde se reunían los senadores. Es uno de los pocos espacios cerrados del Foro en el que aún se percibe la escala real de la arquitectura romana.
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La vida cotidiana de la Antigua Roma, a escala humana
Si los templos hablan de dioses y poder, hay otros sectores del Foro que acercan al visitante a la vida cotidiana de la ciudad antigua. Entre ellos destaca la Casa de las Vestales, un conjunto de patios y estancias que se abre detrás del pequeño templo circular de Vesta.
El acceso conduce a un amplio peristilo rodeado de columnas, donde se alinean bases de estatuas con inscripciones. En el centro, un jardín y pequeños estanques reflejan el cielo de Roma. Es un espacio recogido, ideal para sentarse un momento y observar cómo la arquitectura dibuja la intimidad de una casa en medio del bullicio cívico.
En los laterales del Foro, restos de tiendas y tabernas se asoman a antiguos pavimentos. Son, en apariencia, muros discretos, pero al seguir su traza se puede imaginar la línea de mostradores, los accesos a los pisos superiores, las ventanas que daban a calles hoy desaparecidas.
También en estos bordes se encuentran pequeños altares y bloques de piedra con inscripciones truncas, testigos de rituales, dedicaciones y actividades que no siempre figuran en los grandes relatos históricos, pero que completan el cuadro de cómo se vivía realmente en este valle.
Miradores sobre la historia: del Foro al Palatino
Una de las maneras más sugerentes de descubrir qué lugares visitar en el Foro Romano es combinar el paseo con las alturas del Palatino. Desde varios puntos del recorrido parten senderos y rampas que ascienden hacia la colina donde se instalaron, según la tradición, las primeras casas de los emperadores.
Subir no es solo cambiar de nivel: es ganar perspectiva. Desde las terrazas ajardinadas de la zona conocida como los huertos Farnese, el Foro se despliega como una alfombra de ruinas.
Las columnas del templo de Saturno, las tres columnas aisladas del templo de Cástor y Pólux, la curva de la Vía Sacra y los arcos monumentales se leen, a vista de pájaro, como un mapa tridimensional de la antigüedad.
En el extremo opuesto, hacia el Capitolio, otros miradores permiten ver el Foro con la cúpula de las iglesias barrocas como telón de fondo. Este juego de puntos de vista —a ras de suelo, entre piedras; desde arriba, con el valle a los pies— multiplica la experiencia de la visita y ayuda a imaginar cómo cambiaba la percepción del lugar según se lo mirara desde la plaza o desde las terrazas imperiales.
Cuándo ir, cómo llegar y otros datos útiles
Para decidir cuándo viajar al Foro Romano conviene tener en cuenta el clima de Roma. La primavera (abril a junio) y el otoño (septiembre y octubre) ofrecen temperaturas suaves, cielos claros y una luz que resalta los tonos ocres de la piedra.
En verano el calor puede ser intenso a mediodía, por lo que muchos visitantes prefieren las primeras horas de la mañana o el final de la tarde. El invierno, más fresco y con días cortos, regala a cambio una atmósfera tranquila y menos afluencia.
El acceso principal se ubica junto al Coliseo, con controles de entrada similares a los de un museo al aire libre. Suele existir un billete combinado que incluye Coliseo, Foro Romano y Palatino, con franjas horarias específicas, por lo que es recomendable revisar la página oficial del Parco Archeologico del Colosseo antes de organizar el día.
Llegar es sencillo: la estación de metro Colosseo (línea B) se encuentra a pocos metros, y varias líneas de autobús conectan la zona con otros puntos de la ciudad.
Muchos viajeros eligen también acercarse caminando desde barrios cercanos como Monti, el Ghetto o Campo de’ Fiori, aprovechando el trayecto para cruzar puentes, plazas y calles adoquinadas.
En ciertas épocas del año se organizan eventos y aperturas especiales, como recorridos nocturnos o actividades vinculadas a la celebración del natalicio de Roma, en abril.
Estos programas añaden capas al relato histórico del Foro, con luces, recreaciones y visitas temáticas que permiten redescubrir espacios ya conocidos bajo otra atmósfera.