“Quiero pedirle a Dios (…) que este Paraguay se tiña de rojo”. Tierna solicitud del señor Horacio Cartes. Informan que en el yvága Ñandejára esbozó una sonrisa pícara y comentó con San Pedro: “Me molesta por esta vyrésa: borre el pedido”. San Pedro giró para irse y Ñandejára le ordenó: “Bórrelo en mi presencia”. Quizá sospechaba que San Pedro estuviese ya también vendido al Quincho.
El presidente Santiago Peña pidió que buscáramos las coincidencias y no las diferencias, para construir “ese país que nos merecemos”. Puso como modelo de unión a la Albirroja, a la que —a su vez— comparó con la Constitución de 1992 “en el sentido de mostrarnos las grandes cosas que podemos conquistar los paraguayos cuando trabajamos juntos”. Una analogía algo elástica.
Aquí la corrupción se perpetúa con los de arriba y se normaliza por los de abajo. Pareciera que la gente ya no se inmuta por la corrupción, pese a que ésta mata, destruye familias, fomenta la pobreza e impide el desarrollo. Si se hubiesen dado a conocer hace tiempo los robos en IPS, por ejemplo, quizá hoy hubiera habido ya alguna reparación a los daños y alguna gente presa.
El señor Santiago Peña acaba de concebir un neologismo: “llorerío”. Desde la morfosintaxis, el término es perfectamente factible. Significaría “lugar del llanto”. Y, según se lo use, puede que alguna vez llegue al Diccionario desde el “valle de lágrimas” que es esta tierra para muchos que no logran “estar mejor”.
Tras 16 años, la selección paraguaya volverá a la fase final de un Mundial de fútbol. Y la ciudadanía entró en un estado de fervor que recuerda estados similares en mundiales con presencia paraguaya. Como en circunstancias semejantes, la gente está unida por una camiseta. De los pocos símbolos que nos unen por encima de diferencias y de broncas.
Cuando designaron a Justo Zacarías Irún director general paraguayo de Itaipú se intuía lo que vendría. La Binacional sería la usina monetaria para los leales al Quincho. Justo cumple con los correlí preferentemente. Pero no tiene al país como prioridad. Itaipú no es para el Paraguay factor de desarrollo, como lo es para Brasil. Al poder esto no le interesa.
Verlo en la cárcel a Erico Galeano y saber que la Contraloría logró datos condenatorios en su investigación a Hernán Rivas son dos asuntos impensables poco tiempo atrás y que hoy están instalados en la realidad. Significan el fin de la infame impunidad de dos individuos que se escudaron en la política para enriquecerse impúdicamente. Hay que ir por más.
La Justicia es el último refugio de la democracia. Cuando los demás poderes institucionales claudican, la Justicia suele alzarse para salvar a la República. Si ella también cede, el país queda a merced de la crápula que pervierte la ley para intimidar a los justos. El Consejo de la Magistratura nos entregó —días atrás— un mensaje que raya en lo repugnante.
