En nuestro país el patriotismo pareciera aflorar solo en momentos de euforia descontrolada, como cuando juega la Albirroja. O cuando nos sacude la declaración de un extranjero intencionado. Pero cuando debemos tomar decisiones que atañen al futuro colectivo, nos olvidamos de la patria y asumimos conductas que la traicionan, en aras de un egoísmo infame.
De pronto, pandió el cúnico en la vecindad de HC. Un Camilo Pérez angustiado apareció en radios, canales, redes y demás afirmando que el Jefe no dijo lo que dijo, que la gente es incapaz de interpretar su sabiduría. Que jamás ordenó que se cobrara peaje para entrar a Asunción. Peaje. Esta palabra alborotó la granja.
“El coloradismo, como partido de poder, es en gran parte responsable del malestar nacional”. Esto lo dijo un prohombre colorado, el doctor Juan Manuel Frutos (no confundirlo con el pillo de Papacito) en una carta publicada en 1949. Casi 80 años después esta sentencia suena familiarmente vigente.
“Quiero pedirle a Dios (…) que este Paraguay se tiña de rojo”. Tierna solicitud del señor Horacio Cartes. Informan que en el yvága Ñandejára esbozó una sonrisa pícara y comentó con San Pedro: “Me molesta por esta vyrésa: borre el pedido”. San Pedro giró para irse y Ñandejára le ordenó: “Bórrelo en mi presencia”. Quizá sospechaba que San Pedro estuviese ya también vendido al Quincho.
El presidente Santiago Peña pidió que buscáramos las coincidencias y no las diferencias, para construir “ese país que nos merecemos”. Puso como modelo de unión a la Albirroja, a la que —a su vez— comparó con la Constitución de 1992 “en el sentido de mostrarnos las grandes cosas que podemos conquistar los paraguayos cuando trabajamos juntos”. Una analogía algo elástica.
Aquí la corrupción se perpetúa con los de arriba y se normaliza por los de abajo. Pareciera que la gente ya no se inmuta por la corrupción, pese a que ésta mata, destruye familias, fomenta la pobreza e impide el desarrollo. Si se hubiesen dado a conocer hace tiempo los robos en IPS, por ejemplo, quizá hoy hubiera habido ya alguna reparación a los daños y alguna gente presa.
El señor Santiago Peña acaba de concebir un neologismo: “llorerío”. Desde la morfosintaxis, el término es perfectamente factible. Significaría “lugar del llanto”. Y, según se lo use, puede que alguna vez llegue al Diccionario desde el “valle de lágrimas” que es esta tierra para muchos que no logran “estar mejor”.
