El zoo-i-lógico o la injusta decisión de volver a cazar al cazado

Había una vez una ciudad enclavada en la selva, donde vivían animales de manera libre pero desordenada, no había posibilidad de que se pudiera salvar su hábitat sino a través de un mínimo orden por lo que las autoridades de la ciudad convocaron a los animales del bosque para organizarse y aportar a los gastos de mantenimiento.

El jefe de la comunidad propuso hacer un zoológico invitando a los libres animales del bosque a ingresar a un cómodo lugar de exposición con todas las comodidades, servicio de profesionales veterinarios y biólogos que atenderían sus necesidades, a cambio de que el trabajo de ellos se limite a ofrecer un espectáculo para los visitantes, de quienes se obtendrían los fondos necesarios para mantener las condiciones de vida de los animales del Zoo.

El acuerdo parecía bueno: hacer lo que cada animal haría en la libertad de la selva dentro de un predio limitado como espectáculo pero con el compromiso de recibir a cambio alimentos, asistencia veterinaria, sanitación y mantener un espacio suficiente, era de buenas a primeras una buena negociación.

Transcurrieron los primeros años y la gente se sumó a la iniciativa, concurría al zoológico y los animales desde sus jaulas hacían lo mejor de su trabajo para que los visitantes se sumaran y de esa manera entrara más dinero a la administración, mientras esperaban que sus pares aún salvajes, abandonasen los bosques y se acercaran a vivir en iguales condiciones de manera a hacer más justa la convivencia.

Sin embargo, la administración del Zoo no se esforzó por mejorar las jaulas, la alimentación de los animales atrapados, o mejorar el acceso a las fuentes de agua y los servicios de sanitación. Asombrosamente, habían cuadruplicado en diez años los trabajadores del Zoológico. Éstos no tenían mucho conocimiento sobre como tratar a los animales y como los espacios para control quedaban chicos por el trajín de los mismos, empezaron a achicar las jaulas, hacer comedores más grandes para funcionarios, gastar más en alimentos para el staff que para los animales del Zoológico y espaciar más los servicios de limpieza de las jaulas.

Los animales protestaron, alegando principalmente que si no tenían el espacio suficiente, no podrían hacer sus tareas cotidianas que atraían la atención de los concurrentes, y añorando la libertad del bosque, propusieron que la administración haga más esfuerzos para traer a sus pares salvajes a la vida en cautiverio, invirtiendo los ingresos del Zoo en mejorar los espacios de esparcimiento para que entren más animales y así generar más atracciones y mejores ingresos a la administración.

Sin embargo, los administradores tomaron todas las medidas contrarias. Exigieron a los animales a realizar las mismas actividades en espacios más reducidos, racionaron su alimentación, prolongaron el tiempo agotador de exposición mientras prometían a la gente que pronto tendrían nuevas especies para deleite de los visitantes. Sin embargo, en el bosque, los animales pensaban “jamás perdería mi libertad por entrar a un zoológico que cada vez tiene más exigencias y menos servicios”.

Pronto, los animales dejaron de tener empeño, sacrificio y salud. Decayó el espectáculo. Los servicios para animales y visitantes eran pésimos ya que todo iba para sostener el staff del Zoo que juraba haber mejorado la atención pero que no podían explicar como había al menos 3 personas haciendo el mismo trabajo.

El final era predecible. El Zoológico se fundió. Los animales murieron. Algunos de pena[
jajajaajajajajajajajjaajjajja], otros de hambre, otros de sed. La gente ya no acudía al mismo y ante la confusión total de la multitud de funcionarios, muchos volvieron a la inseguridad del bosque, donde la presa no era segura, pero al menos no estarían condenados a ser cada vez más molestados por los administradores del Zoológico. La selva —y sus animales libres— seguían allí.

Es responsabilidad de nuestras autoridades exigir a quienes no viven en la formalidad del zoológico, constreñir a las obligaciones a las que todos estamos sometidos.

Quienes vivimos en el zoológico estamos cansados de pagar los platos rotos de una administración caprichosa, prepotente y arbitraria.

La selva es siempre un recurso: para escapar hacia ella o atraer a quienes allí aún viven. Pero para atraerlos no sirve de nada aumentar las exigencias de quienes vivimos adentro sin antes captar a los que viven afuera… Es un sinsentido y una injusticia… Y espero que tomen nota de esto.

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