El movimiento que se nota en Encarnación es un buen augurio para otras ciudades, entre ellas la capital, que tienen que ofrecer lugares limpios con acceso a comidas y también entretenimientos y deportes. Es el momento de vender y cuidar la calidad de nuestros productos, con mandos medios que sepan cocinar, adornar y proteger sus comidas, con ingredientes buenos, sin gérmenes ni mal aspecto.
La demanda de comida “al paso” debe estar a la altura de los requerimientos del turista acostumbrado a buenos cafés y bares, con la singular proeza de pasar por nuestra realidad aterrizamos en el caos del tránsito y esa informalidad estilo mercado, un aditivo amargo con el que convivimos. Otro detalle es la poco inteligente manera en que tratamos a los huéspedes, a los comensales, a los clientes. No siempre la hospitalidad es una característica sobre todo de adormilados y enojados personajes hiper jóvenes que están en las tiendas, chicos a los que pareciera que su trabajo les causa una gran pena, y en vez de vender con las palabras y una sonrisa, te inspiran lástima.
Nunca olvido una consulta que hicimos a un guardia de un shopping en el extranjero, quien sin titubear nos dirigió al plano del local y como un google maps nos condujo con sus explicaciones al lugar exacto. Hice la prueba después en mi ciudad, mi amada Asunción, y me encontré con el: “¿heeee?”, junto a la cara más perdida que te puedas imaginar.
El movimiento comercial está cambiando en nuestro país, y es necesario desperezarse, afinando las intenciones hacia un eficiente modo de atender a la gente, y que el servicio nos distinga. En muchos lugares del mundo que ya han caminado por los senderos del turismo aprendieron que si no se ponen la camiseta del país y defienden su puchero en todas las instancias posibles, el turista no vuelve y no invita a otros. Y en esa bolsa entra todo, desde la coima y la corrupción de la policía, el trámite de la aduana, la limpieza del hotel, el café caliente, el pan fresco. El chofer del taxi, la artesanía de impecable presentación; todo vale para capturar la atención del visitante, una oportunidad para sacudir a nuestros oxidados comerciantes que necesitan ingresos mayores, al igual que todos los trabajadores que dependen de este movimiento.
Si conquistamos a los turistas con la comida por su sabor rico, la higiene y el profesionalismo, nos van a recordar, así como quien fue a Buenos Aires dificilmente puede olvidar sus cafés y medialunas. ¡Arriba Paraguay! A vender que todo está servido.