Mientras permanecen frente a su computadora o teléfono pueden dejar de comer, desisten de actividades sociales y ponen en riesgo sus relaciones de pareja y amigos. Nada es tan satisfactorio para ellos como ese momento en que ganan un juego en red, con desconocidos participantes de su país o de otros, de los que se puede oír, de vez en cuando, alguna palabra o frase de victoria o rabia.
Se jugan por supuesto en los plasmas gigantes, en grupo y con habilidades manuales a los que los adolescentes y hasta adultos celebran estar conectados durante horas. Días tras días, entusiasmados en un mundo virtual que los consume. Sentados y abstraidos de la realidad dejan de hacer deportes, no les importa renunciar a cualquier tipo de actividad con tal de jugar.
Para terminar de cerrar el círculo algunos ni estudian, ni trabajan y no parecen preocupados por tener amigos o una novia, aunque las chicas no escapan de este frenético impulso de jugar. En su soledad, en una habitación de la casa se sumergen en un estado de desconexión de la realidad sin pausa, ni final.
“En nuestra época”, decía una mamá, “teníamos a la televisión a la que nos podían dejar también horas y si no se apagaba por mandato o disciplina, los padres que trabajaban nos dejaban a nuestras anchas por las tardes. Menos mal que el horario nocturno tenía corte hasta la mañana siguiente”.
Pero los video juegos, de guerra y acción, los que suman puntos o monedas, a los que adolescentes y adultos se sujetan con fuerza no tienen límites.
¿En qué invertimos nuestro tiempo hoy? La industria del entretenimiento apuesta duro por los vídeo juegos popularizados desde los 80 y 90 en que con furor y en motinores en blanco y negro causaban emoción. Hoy esas aburridas imágenes son reemplazadas por personajes y escenarios en 3D, con una imponente tecnología.
Las personas castigadas por la inseguridad, el miedo y la soledad se refugian en los llamados “jueguitos”, que no tienen conexión con el mundo real, y entorpecen hasta el lenguaje de los chicos y su relacionamiento en la familia.
En vez de hacer deportes, trabajar, estudiar o compartir se vuelcan por entero a esta insensata acumulación de puntos, ¡matar y ganar! Lejos de desaparecer esta locura tiende a crecer, las industrias del entretenimiento invierten millones en esta loca carrera por tentar a más mentes que podrían hacer algo útil y no solo perder valioso tiempo de vida. No estoy en contra del avance de la tecnología, sino preocupada por la creciente desventaja en que se quedan varados estos jóvenes que dejan de vivir por una adicción que los sume en un estado de agresividad y ansiedad. Una droga de la que se sabe poco y crece a la vista de todos.