Zonas del silencio en la Tierra: de Mapimí al Triángulo de las Bermudas

Triángulo de las Bermudas.istock

De un desierto en el norte de México a una franja del Atlántico cargada de mitos, las “zonas del silencio” intrigan por sus supuestas anomalías. La geofísica ofrece otra historia: menos paranormal, pero igual de extraordinaria para entender cómo viajan las señales.

Qué es, en rigor, una “zona del silencio”

En el vocabulario popular, “zona del silencio” designa regiones donde las comunicaciones —radio, GPS, a veces incluso telefonía móvil— fallan de forma inesperada. En términos científicos, no existe una categoría oficial con ese nombre.

Lo que sí existe son:

  • áreas con propagación anómala de ondas de radio;
  • zonas de cobertura deficiente por relieve, infraestructura o interferencias;
  • regiones con condiciones ionosféricas o geomagnéticas extremas;
  • “radio quiet zones” legales, creadas para proteger observatorios.

La cuestión central no es si “la tecnología deja de funcionar mágicamente”, sino cómo interactúan la radiación electromagnética, la atmósfera, el campo magnético terrestre y el paisaje.

La Zona del Silencio de Mapimí, México: entre magnetitas y mitos

En el Desierto de Mapimí, entre Durango, Chihuahua y Coahuila, se encuentra la famosa Zona del Silencio. Desde los años setenta se repite la idea de que ahí “no entran las ondas de radio” y que las brújulas se vuelven locas.

Las investigaciones independientes y de instituciones mexicanas coinciden en varios puntos:

  • Las radios sí funcionan. La comunicación VHF y HF es posible, pero puede verse afectada por la baja potencia de los equipos, la falta de repetidores y el relieve ondulado del desierto.
  • No hay una anomalía magnética extrema. Se han detectado variaciones locales del campo magnético asociadas a minerales ferromagnéticos en el subsuelo, pero dentro del rango de otras muchas regiones del planeta.
  • La explicación es básica: infraestructura y propagación. Aislamiento geográfico, poca cobertura de antenas, condiciones atmosféricas áridas y, en ocasiones, inversión térmica que altera la refracción de las ondas.

Para la geofísica, Mapimí ilustra un principio clave: pequeñas variaciones en el magnetismo o en la composición del suelo pueden influir modestamente en la propagación, pero no “apagan” la tecnología. El mito ha crecido más rápido que las ondas de radio.

Triángulo de las Bermudas: entre narrativa y navegación

El Triángulo de las Bermudas, delimitado de forma laxa entre Miami, Puerto Rico y las islas Bermudas, es el otro gran icono de las “zonas del silencio”. Durante décadas se han atribuido a esta región desapariciones de barcos y aviones, fallas inexplicables de radares y brújulas.

Los estudios sistemáticos de registros de aseguradoras, guardacostas y autoridades aeronáuticas apuntan a una realidad menos misteriosa:

  • El tráfico marítimo y aéreo es enorme; más tránsito implica más incidentes absolutos, sin que el porcentaje sea anómalo.
  • Las supuestas “brújulas enloquecidas” se explican por el ajuste entre norte magnético y norte geográfico, algo conocido por la navegación desde hace siglos.
  • Las comunicaciones pueden verse interrumpidas por tormentas, descargas eléctricas, nubes de gran desarrollo vertical y fuerte atenuación de señales, fenómenos comunes en el Atlántico occidental.

Un factor clave es el campo magnético terrestre. El planeta tiene líneas de fuerza que no son perfectamente regulares; la declinación magnética (el ángulo entre norte geográfico y magnético) varía según la posición. Cualquier piloto entrenado lo sabe y corrige sus instrumentos.

Más que una “zona del silencio”, el Triángulo de las Bermudas es un cruce de rutas en un océano meteorológicamente complejo, convertido en mito por un relato atractivo y fácil de popularizar.

Zonas de silencio diseñadas: cuando la ciencia apaga las ondas

Existe un tipo de “zona del silencio” que sí figura en los mapas oficiales: las áreas donde, por ley, se limita la emisión de radiofrecuencias para proteger la investigación.

Green Bank Radio Telescope, West Virginia Estados Unidos.

El ejemplo más citado es la National Radio Quiet Zone en Estados Unidos, que cubre unos 34.000 km² en Virginia Occidental, Virginia y parte de Maryland.

Ahí operan radiotelescopios como el Green Bank Telescope, capaces de detectar señales extremadamente débiles provenientes del espacio profundo.

En estas regiones:

  • se restringen torres celulares, transmisores de alta potencia y microondas industriales;
  • se controlan interferencias de dispositivos cotidianos (desde routers hasta hornos de microondas mal aislados);
  • la “falla” en las comunicaciones no es un misterio: es una decisión regulatoria para que otros oídos, los de la astronomía, puedan escuchar mejor.

También existen normas similares alrededor de observatorios en Europa, Sudáfrica, Australia o América Latina. Son, paradójicamente, “zonas de silencio” creadas para oír más lejos.

Ionosfera, tormentas solares y anomalías geomagnéticas

Las verdaderas protagonistas de muchas fallas de comunicación globales no son regiones puntuales en la superficie, sino capas altas de la atmósfera y el campo magnético.

  • Ionosfera: entre unos 60 y 1.000 kilómetros de altitud, una capa cargada eléctricamente que refleja o refracta ondas de radio de alta frecuencia. Cambia con el ciclo día‑noche, las estaciones y la actividad solar. Esto puede abrir y cerrar “ventanas” de propagación para ciertas bandas.
  • Tormentas solares: eyecciones de masa coronal y ráfagas de viento solar que distorsionan el campo magnético terrestre. Pueden degradar o bloquear señales GPS, comunicaciones por satélite y enlaces de radio de alta frecuencia, especialmente en latitudes altas.
  • Anomalías geomagnéticas: como la Anomalía del Atlántico Sur, sobre Brasil y el Atlántico sur, donde el cinturón de radiación se acerca más a la Tierra. Los satélites que la atraviesan reportan más fallos de instrumentación y necesitan protocolos especiales.

Desde el punto de vista de la geofísica, las “zonas del silencio” más críticas para la tecnología moderna se mueven en el tiempo y el espacio, guiadas por la dinámica del Sol y del campo magnético terrestre, más que por puntos fijos en un mapa.

Topografía, urbanismo y espectro saturado: los silencios cotidianos

A escala local, los usuarios experimentan sus propias “zonas del silencio” todos los días:

Jaula de Faraday.
  • valles cerrados donde se pierde la señal móvil;
  • túneles y edificios con estructuras metálicas que actúan como jaulas de Faraday;
  • barrios saturados de redes Wi‑Fi y dispositivos que se interfieren mutuamente.

La explicación, de nuevo, es física básica: las ondas electromagnéticas se propagan en línea recta, se reflejan, refractan, absorben y difractan según los materiales y las frecuencias.

A diferencia de los casos míticos, estas zonas suelen desaparecer con una antena adicional, otro estándar de banda o un diseño urbano distinto.

Por qué persisten los mitos y qué aporta la geofísica

Las historias de lugares donde “la tecnología se apaga” condensan varios rasgos poderosos: paisajes remotos, fallos reales de comunicación, coincidencias desafortunadas y una fuerte carga simbólica sobre la vulnerabilidad humana frente a la naturaleza.

La geofísica no elimina el misterio del mundo, pero lo traslada de lo paranormal a lo medible. Muestra que:

  • no hay pruebas sólidas de regiones donde las leyes electromagnéticas se suspendan;
  • sí existen entornos donde pequeñas variaciones magnéticas, mineralógicas o atmosféricas complican la propagación;
  • el Sol y el campo magnético terrestre crean zonas y periodos de mayor fragilidad para satélites, GPS y radio.

En un planeta cada vez más dependiente de redes inalámbricas y constelaciones de satélites, entender estas “zonas del silencio” —las reales y las imaginadas— es más que un ejercicio de desmitificación: es una guía para diseñar infraestructuras resilientes en un entorno geofísico que nunca es totalmente silencioso.

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