Los detalles del estudio, liderado por el Laboratorio de Ciencias del Clima y el Medio Ambiente (Francia) y hecho en colaboración con centros de China y Suecia, se han publicado este viernes en la revista Science Advances.
El trabajo ha analizado la evolución el deshielo del permafrost teniendo en cuenta el papel de los depósitos de Yedoma y de las turberas, inmensas reservas de carbono enterradas a mucha profundidad en las regiones boreales y árticas y que son vulnerables al aumento de temperaturas causado por el cambio climático.
Los autores explican que hasta ahora los modelos climáticos solo han estudiado el comportamiento del permafrost, la capa de suelo de hasta tres metros que permanece congelado durante años y que contiene materia orgánica de alta labilidad (que se descompone fácilmente liberando el CO2 que almacena).
Así, modelos como el CMIP6, que recoge las proyecciones climáticas más actualizadas del mundo y permite hacer los informes de evaluación del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), no han tenido en cuenta el papel del permafrost profundo, como los depósitos de Yedoma del norte de Siberia y Alaska (formados en el Pleistoceno), y las turberas (más recientes), ampliamente distribuidas por el hemisferio norte (Europa y América).
Al incorporar datos de estos depósitos profundos, el estudio advierte de que el impacto del Ártico sobre el cambio climático podría ser "mucho más inmediato y severo de lo proyectado anteriormente bajo escenarios de altas emisiones".
El estudio adelanta que, a medida que las temperaturas aumenten impulsadas por el cambio climático, la capa activa del suelo (la que se descongela estacionalmente) será cada vez más profunda, lo que expondrá a temperaturas más altas a las enormes reservas de carbono que permanecen congeladas a diez metros en el caso de las turberas y a veinte en los depósitos de Yedoma.
Según sus cálculos, en escenarios climáticos de altas emisiones, estos depósitos, que tienen además una proporción muy alta de carbono orgánico lábil (se descompone muy rápidamente con el calor), no solo perderán capacidad de almacenar CO2 sino que se convertirán en una fuente de emisiones que liberará unos 32 pentagramos de carbono a la atmósfera en 2055, una década antes de lo que predecían los modelos convencionales.
Las turberas, por su parte, que son más resistentes al calor, comenzarán a experimentar pérdidas netas de carbono a partir de la década de 2060, más hacia final de siglo.
El estudio concluye que el deshielo profundo impactará en el balance global de carbono al "anticipar y acelerar" el punto de inflexión en el que el Ártico dejará de absorber carbono y pasará a liberarlo, aportando grandes volúmenes adicionales de gases de efecto invernadero a la atmósfera y amplificando potencialmente el calentamiento global.
Además, avanza que las cifras podrían empeorar si en el futuro se incorporan perturbaciones como el deshielo abrupto (el derretimiento del hielo subterráneo que daría lugar a la formación de lagos termokarst, lo que aceleraría aún más la descomposición y liberación del CO2 profundo) o un aumento de los incendios forestales en las zonas árticas y boreales y de las emisiones de metano.
Para los autores, estos hallazgos subrayan la necesidad urgente de mejorar las herramientas de predicción para reflejar con precisión la calidad y cantidad del carbono congelado y poder evaluar adecuadamente la retroalimentación entre el calentamiento global y el permafrost.