Dejando afuera la religión, cómo no tener en cuenta las graves falencias en la convivencia de la civilización humana. No importa el nombre que demos a ciertas situaciones, lo que no debemos olvidar es que grandes sectores de la población están marginados de los beneficios del proceso civilizatorio de la humanidad.
Cuando en el planeta sobran alimentos y algunos rubros se pudren o se tiran al mar, existen millones de personas que literalmente se mueren de hambre o sufren una desnutrición crónica. Los niños raquíticos y famélicos constituyen un insulto a nuestra condición humana.
La discriminación también se erige como un mal social de terribles consecuencias. Millones de personas son rechazadas, lanzadas al borde del camino, alejadas de los centros del bienestar socioeconómico, porque son afrodescendientes, tienen los ojos estirados, su piel es amarilla o pertenecen a pueblos indígenas. Cualquiera sea la causa, la discriminación es un delito contra el elemental principio de la igualdad de todos los seres humanos.
La justicia es una gran conquista de la civilización; en principio, debe garantizar el respeto de todos los derechos de las personas. Sin embargo, en la cruda realidad, la justicia tiende a ser complaciente y hasta obsecuente con los ricos y poderosos, en tanto actúa con dureza e inmisericordia con los débiles y pobres.
Existen, además, muchas situaciones que denotan con claridad las graves falencias de nuestra sociedad: miles de familias que carecen de casa propia, millares de agricultores que no poseen un pedazo de tierra, hombres y mujeres capaces que no tienen un trabajo digno, gente enferma que no accede a cobertura médica, niños y adolescentes desprovistos de educación formal, ancianos sin jubilación ni protección estatal, etc.
En los últimos años, se han levantado nuevas barreras entre las naciones ricas y los pueblos pobres. Ciertas políticas de migración endurecen las medidas contra los inmigrantes ilegales y algunos líderes poderosos proponen construir altos muros para no ver ni sentir el clamor de la gente marginada.
Aunque no sean conscientes de ello, muchos dirigentes políticos también atentan contra derechos importantes de otras personas. Por ejemplo, varios intendentes y gobernadores locales roban sin pudor los fondos del Fonacide y, por ello, miles de estudiantes se quedan sin desayuno ni almuerzo así como también los locales escolares se caen a pedazos por falta de reparación y mantenimiento.
Creyentes y no creyentes, todos deberíamos ser conscientes de que existen pecados sociales que demandan una respuesta reparadora. No importa si crees o no en Dios, lo que sí interesa es que no permanezcas indiferente ante tanto dolor y necesidades de millones de seres humanos, en especial, aquellos que sobreviven en las villas de emergencia de tu propia comunidad.