El activismo estudiantil chileno nos tenía acostumbrados a movilizaciones frecuentes, pero en un sector clave de la sociedad. Sin embargo, el estallido social que se produjo hace más de ocho días mostró el hartazgo de una mayoría silenciosa que padecía injusticias como consecuencia de las desigualdades en la distribución de la riqueza, esas que les impedían alcanzar un bienestar acorde con la política enfocada en la macroeconomía de su país.
Próspera y admirable. Chile parecía la excepción de la región. Y qué ironía, ahora está bajo toque de queda y en emergencia, luego de que el presidente chileno, Sebastián Piñera, lo calificara de “oasis”.
La suba del costo del boleto del metro (un sistema de transporte público que funciona en la capital, Santiago) encendió la mecha.
En el marco de las protestas murieron unas 20 personas. Hubo desmanes, incendiaron edificios. Toda violencia es injustificable. Pero esas llamaradas callajeras sirvieron para verle el rostro a una sociedad descontenta que pedía mejores salarios, jubilaciones dignas y precios justos por los servicios básicos.
La primera reacción de Piñera a las protestas no hizo más que caldear los ánimos. Dijo que estaban en “guerra”, habló de “enemigos implacables”, para luego -sin más remedio y ante la indignación popular -pedir perdón por su falta de “visión” sobre lo que el pueblo estaba padeciendo.
La respuesta social no tardó: más de un millón de chilenos demostraron en forma pacífica cuán equivocado estaba. Y otra vez Piñera, con el afán de contener la crisis, habló de que ha “escuchado el mensaje”, casi emulando el discurso del argentino Mauricio Macri, que acusó un buen golpe en las pasadas primarias con el voto castigo.
Escuchar el mensaje. Una prédica que los gobiernos de la región vienen repitiendo como salvataje a las crisis, salvo el del Perú de Martín Vizcarra.
Si bien la crisis del país andino estuvo más centrada en hechos de corrupción, la diferencia con Vizcarra es destacable porque supo leer con claridad lo que el pueblo peruano clamaba a sus autoridades; una lectura oportuna de que no se trata de izquierda o de derecha sino reenfocar su gestión oyendo a las masas.
Por tanto, lo que nos deja toda esta crisis regional a los paraguayos es que es posible lograr cambios escuchando a la gente de pie, gobernando en alianza con el poder popular y no con la contaminada clase política.