Pan y carne

Estamos en la cuarta parte de la prédica sobre el Pan de Vida y se repite este versículo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Esta afirmación actúa como una bisagra entre el discurso sobre el Pan de vida y el discurso Eucarístico, y presenta el pan como carne.

Esta declaración de Cristo espanta a los judíos, pues la interpretan como un tipo de canibalismo, que no es evidentemente la intención del Señor. Sin embargo, Él no la suaviza y la refuerza: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes”.

“Carne y sangre”, normalmente, quieren significar la persona en su totalidad, y esta expresión significa que uno debe alimentarse del Hijo del hombre entero, sin divisiones. Por ello, entendemos mejor cuando Él garantiza que su carne es verdadera comida y Su sangre verdadera bebida.

Sabemos que todo lo que comemos y bebemos se transforma en nuestra propia carne, sangre y energía, y esto quiere decir que comer la carne de Cristo y beber Su sangre no es sencillamente un acto de piedad, sino una especie de Encarnación de Cristo en nuestra vida.

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Participar de la santa Misa en estado de gracia, y comulgar, es el hecho más sublime y sanador que podemos hacer, pues la hostia consagrada, aunque químicamente sea un pedacito de pan sin fermento, es realmente el cuerpo del Señor, su carne y su sangre, ya resucitados.

Esto ocurre no por algún mérito humano, sino porque el mismo Señor quiso que fuera así, como lo expresa claramente las palabras de la Consagración.

Recibir el pan consagrado, comulgar la carne y la sangre de Cristo, a la par que nos asegura la vida eterna, también nos obliga a cambiar de actitudes.

De modo hermoso, la carta a los Efesios, que estamos escuchando por siete domingos, hoy pone elementos claves para tener en cuenta. Empieza indicando que no debemos proceder como necios, situación, infelizmente, frecuente en la sociedad, cuando uno está dispuesto a acuchillar al semejante para robarle un miserable teléfono celular.

Asimismo, no sean irresponsables en el trabajo, sin aportar casi nada, solo esperando la hora de salida. No sean irresponsables en el estudio, contentándose con la ley del menor esfuerzo, en un catastrófico péicha péichante...

Que recibir el cuerpo de Cristo nos haga personas más sensatas y fraternas.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com

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