Confieso que llegué con una idea de quién era ella. Y me fui con esa idea un poco más desordenada. No necesariamente porque haya cambiado de opinión, sino porque entendí que reducir a una persona a una sola etiqueta casi siempre es un error.
Es difícil permanecer indiferente frente a Kattya. En un país donde el poder ha tenido durante décadas un mismo color político, ella eligió ocupar un lugar incómodo: el de confrontar, denunciar y cuestionar. Y lo hace con una convicción que se percibe en cada respuesta. No mide demasiado las palabras. No busca agradar. Habla con la seguridad de quien está convencida de que tiene razón.
En tiempos donde abundan los discursos calculados y políticamente correctos, ese coraje tiene un valor. Incluso para quienes no comparten sus ideas.
Pero, al mismo tiempo, mientras la escuchaba, también pensaba en otra cosa.
Quienes construyen su liderazgo sobre la promesa de hacer una política distinta aceptan, inevitablemente, una carga extra: la de ser observados con un nivel de exigencia mucho mayor. Porque cuando alguien se presenta como una alternativa al sistema, ya no alcanza con señalar los errores de los demás. La sociedad espera coherencia, transparencia y respuestas claras sobre su propio recorrido.
Y mientras la escuchaba, apareció otra reflexión que va más allá de Kattya González. No pude evitar preguntarme cuánto de ese nivel de exigencia también tiene que ver con el hecho de ser mujer. La política paraguaya sigue siendo, en gran medida, un espacio dominado por hombres. Tengo la sensación de que las mujeres que llegan a esos lugares caminan con una vara distinta: se les exige demostrar más, explicar más y resistir más. Cada error parece amplificarse y cada acierto necesita validarse una y otra vez. No significa que deban estar exentas de críticas —todo lo contrario—, pero sí vale la pena preguntarnos si las medimos con el mismo criterio con el que medimos a los hombres que ocupan esos mismos espacios de poder.
Hubo un momento de la entrevista que, para mí, resumió esa tensión. Mientras recordaba el día en que fue expulsada del Senado, Kattya se quebró. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Ella misma reconoció que no le gusta mostrarse vulnerable, que le cuesta llorar en público porque siente que la fortaleza forma parte de lo que se espera de ella. Y, sin embargo, ahí estaba: sin discursos preparados, sin consignas políticas, simplemente reviviendo uno de los momentos más duros de su carrera.
No interpreté esas lágrimas como una respuesta ni como una prueba de nada. Las vi como el recordatorio de que detrás de los discursos, de las disputas y de las etiquetas, también hay personas que cargan con el peso de las decisiones, de las críticas y de la exposición permanente. Y quizás, en el caso de las mujeres que ocupan espacios históricamente reservados para hombres, ese peso se siente todavía un poco más.
Y quizás ahí aparece la mayor complejidad de figuras como Kattya González. Es fácil admirar su fortaleza. También es legítimo hacerse preguntas. Una cosa no invalida la otra.
De hecho, creo que eso fue algo que me dejó esta conversación: entender que la política no siempre se divide entre héroes y villanos. A veces está habitada por personas capaces de inspirar confianza en algunos aspectos y de despertar dudas en otros. Y probablemente esa incomodidad sea mucho más cercana a la realidad que las certezas absolutas.
Vivimos en una época en la que pareciera que estamos obligados a elegir un bando. Si admirás a alguien, tenés que justificar todo lo que hace. Si lo criticás, pareciera que ya no podés reconocerle ningún mérito. Pero la realidad rara vez funciona así.
Al terminar la entrevista no me fui con más certezas sobre Kattya González. Me fui con más preguntas. Y, probablemente, esa sea una de las funciones más valiosas del periodismo: no confirmar nuestras simpatías o antipatías, sino obligarnos a pensar más allá de ellas.