Putin no realiza declaraciones públicas desde que se dirigiera a la nación el 31 de diciembre en su tradicional discurso de fin de año. Reapareció una semana después en la Misa del Gallo en la región de Moscú, pero la prensa no tuvo la oportunidad de hacerle ninguna pregunta.
Desde el hundimiento del submarino atómico Kursk en sus primeros meses de mandato (2000), Putin mantiene la misma actitud: no habla cuando es consciente de que la situación es insalvable. Ese es el caso con este funesto inicio de año para la diplomacia rusa.
El Kremlin dijo que Trump condenó categóricamente dicho ataque, pero días después, tras recibir un informe de la inteligencia norteamericana, puso en duda que dicha operación ucraniana incluso hubiera tenido lugar.
Trump metió aún más el dedo en la llaga al aprobar esta semana la captura de un petrolero con bandera rusa y asegurar que tan pronto como aparecieron los militares estadounidenses, el barco de guerra y el submarino ruso que lo escoltaban abandonaron rápidamente la zona.
Por motivos de seguridad, según la prensa independiente, Putin se encuentra en la base secreta de las Fuerzas Aeroespaciales en la localidad de Solnechnogorsk, no lejos de Moscú. Ese es el mismo lugar donde se recluyó cuando el jefe del Grupo Wagner, Yevgueni Prigozhin, protagonizó una sublevación militar en junio de 2023.
A diferencia de otros años, el Kremlin no hizo público en esta ocasión el templo en el que Putin asistió a la misa de Navidad, lo que denota la profunda inquietud sobre la seguridad del jefe del Estado.
La captura de Maduro ha sido un duro golpe para Putin, que recibió al líder venezolano en Moscú en mayo de 2025. Igual que lo fue el inesperado derrocamiento hace un año del sirio Bachar al Asad, asilado en Moscú. Otros amigos de Moscú, como Cuba y Nicaragua, están en la recámara.
No sólo se trata de su principal aliado en América Latina, sino que Moscú cuenta con importantes intereses en el país desde tiempos de Hugo Chávez, que abrió las puertas a las petroleras rusas, especialmente Rosneft, a cambio del suministro de armamento.
Según medios internacionales, Caracas le debe a Moscú en torno a los 17.000 millones de dólares, lo que incluye la deuda soberana. Desde hace años todos los proyectos ruso-venezolanos son gestionados por una corporación creada en 2020 para eludir las sanciones estadounidenses: Zarubezhneft.
El oligarca ruso Oleg Deripaska denunció que el objetivo de Trump en Venezuela es quedarse con la mitad del petróleo mundial, expulsando a rusos, iraníes y chinos, y que el precio del barril ruso caiga por debajo de los 50 dólares.
Con todo, Putin no puede perder los nervios con EE.UU., ya que Trump sigue siendo la única posibilidad de que Rusia logre una salida negociada al conflicto en Ucrania que le permita salvar la cara con anexiones territoriales reconocidas internacionalmente por la Casa Blanca.
Con todo, según muchos analistas, Rusia no sólo ha perdido un aliado, sino la autoridad para presentarse como una alternativa al orden mundial occidental. La culpa la tienen entre otras cosas la corrupción entre sus militares, la negligencia de sus servicios de inteligencia y el rezago tecnológico.
Militares y espías no sólo no pudieron prever la caída del régimen bolivariano sino que tampoco pudieron garantizar la fiabilidad del armamento ruso, como ya ocurriera hace varios meses cuando Irán fue atacada por Israel.
Lo dijo con meridiana claridad el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, cuando insinuó que la defensa antiaérea rusa no se había mostrado muy eficiente. Y es que las baterías S-300 y los sistemas Buk rusas en poder de Caracas y capaces de derribar misiles de crucero, aviones y helicópteros, fueron inutilizados por los modernos sistemas de lucha radioelectrónica.
Según el investigador Christo Grozev, el Kremlin ha demostrado su incapacidad como exportador de seguridad -armamento y mercenarios- a los regímenes autoritarios en todo el mundo. Putin no puede garantizar que los dictadores asiáticos, africanos o latinoamericanos no serán derrocados como Maduro o Asad.
La conclusión para muchos analistas y opositores al Kremlin es que, independientemente de los delirios de grandeza de Putin, Rusia es una potencia regional incapaz de desestabilizar a sus adversarios occidentales con tácticas de guerra híbrida y que, por tanto, debe renunciar a sus ambiciones imperialistas, ya que a lo máximo a lo que puede aspirar es a influir en el espacio postsoviético.