La fuente no ofreció más información sobre el alcance de los daños, que se producen en un aeropuerto que es frecuente objetivo de los misiles de Irán y alrededor del cual se han producido impactos de pequeñas bombas de proyectiles de racimo a lo largo de los casi 20 días de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.
La primera semana, el espacio aéreo israelí estuvo cerrado y Ben Gurión reabrió el 8 de marzo de forma parcial para algunos vuelos comerciales, después de tres días en los que ya se abrió para vuelos de repatriación de israelíes.
Tras el ataque al aeropuerto este miércoles, el Canal 12 israelí informó de que el Ministerio de Transporte está considerando reducir el número de pasajeros en cada vuelo saliente.
El pasado 9 de marzo, dos obreros de la construcción murieron en la localidad de Yehud, muy cercana al aeropuerto, tras sufrir un impacto de una bomba dispersada por un misil de racimo iraní.
El día 13, un edificio residencial situado a cuatro kilómetros del recinto de Ben Gurión resultó impactado por otro misil iraní de racimo, sin que se produjeran heridos.
Según datos del Ejército israelí, alrededor de la mitad de los misiles iraníes disparados a Israel desde el 28 de febrero llevan ojivas de racimo, diseñadas para dispersar varias decenas de submuniciones sobre un radio que puede llegar a alcanzar 10 kilómetros al ser detonadas.
Cada submunición está hecha de acero y lleva una carga explosiva de entre 3 y 20 kilos. Algunos misiles de mayor tamaño, como el iraní Khorramshahr, pueden llegar a dispersar alrededor de 80 de estas bombas.
La dispersión de las submuniciones implica que son más difíciles de interceptar y que los daños no se concentran en un solo punto. Además, algunas de estas pequeñas bombas no explotan al impactar, lo que genera un riesgo adicional.