Zepeda ha sido ya condenado a 28 años de cárcel en dos procesos anteriores por el asesinato de Kurosaki, desaparecida en 2016.
La jornada decisiva de este miércoles estuvo marcada por la intensidad emocional y los últimos intentos de las partes por convencer al jurado.
Zepeda protagonizó por la mañana un momento de gran tensión al romper a llorar durante su interrogatorio final: "¡Yo no la maté!", exclamó entre sollozos, insistiendo en su inocencia. Visiblemente agotado, aseguró que lleva años viviendo "un infierno" y que nunca ha entendido qué ocurrió realmente a principios de diciembre de 2016.
El interrogatorio, realizado por el presidente del tribunal y la abogada de la familia de la víctima, trató de desmontar su versión. Se le confrontó con múltiples elementos, en particular su presencia en la habitación 106 de la residencia universitaria donde presuntamente tuvo lugar el crimen. Zepeda ofreció explicaciones vagas o inciertas, lo que alimentó el escepticismo del tribunal.
La abogada de la familia japonesa, Sylvie Galley, intentó arrancar una confesión hasta el último momento. "Usted tiene la verdad", le dijo, pero Zepeda se mantuvo firme: "Les he dado mi verdad. La amé profundamente y soy incapaz de hacerle daño".
El contraste entre ambas posiciones, dos relatos irreconciliables, resume la complejidad de un caso sin cuerpo ni confesión.
En paralelo, el fiscal general, Vincent Auger, sostuvo la acusación y pidió 30 años de reclusión criminal para el chileno.
Para ello argumentó que Zepeda encajaría en los patrones de los crímenes pasionales: la ruptura, la nueva vida de la víctima y el rechazo, a lo que añadió el "espionaje informático".
Según la acusación, el acusado habría planeado deshacerse del cuerpo mediante incineración, aunque considera más probable que fuera arrojado a un río en la región del Jura dentro de una maleta. También defendió que la ausencia de restos no impide concluir que hubo homicidio.
Frente a esta acusación, los abogados de la defensa, Robin Binsard y Sylvain Cormier, trataron de sembrar la duda.
"Yo no tengo la prueba de que Zepeda es inocente, pero ustedes tampoco tienen la certeza de que es culpable", afirmó Binsard. "Aunque haya un 0,01 % de duda, no podrán condenarlo. ¡Lo único que sé es que no tenemos la certeza de que se trate de Nicolás Zepeda!", agregó.
Binsard insistió en la ausencia de pruebas materiales: "Zepeda no es David Copperfield, no puede hacer desaparecer a alguien así", argumentó, recordando que las búsquedas no hallaron ningún rastro, ni cuerpo ni maleta ni objetos vinculados a la desaparición.
Cormier, por su parte, cuestionó la premeditación al subrayar que todos los movimientos de Zepeda están documentados, algo difícilmente compatible con un crimen planificado, e insistió en la falta de pruebas físicas, ya que, en su opinión, "la habitación 106 no puede ser la escena del crimen, porque está intacta".
Añadió que los expertos descartaron un perfil violento del acusado, al que definió como "alguien normal", y denunció un "efecto túnel" en la investigación. "Si no se encuentra nada, es porque la pista no es la buena. No es él. Habríamos encontrado algo", concluyó.
Este es el tercer juicio por la muerte de Narumi Kurosaki al que se enfrenta Nicolás Zepeda, tras su extradición desde Chile. En los dos anteriores fue condenado a 28 años de prisión, pero el Tribunal Supremo francés anuló en 2025 la sentencia por un defecto de forma.
Con ambas partes firmes en sus posiciones, el tribunal se enfrenta ahora a una decisión compleja: determinar la culpabilidad más allá de toda duda razonable en un caso marcado por la ausencia de pruebas concluyentes.
El veredicto pondrá fin, al menos judicialmente, a casi una década de incertidumbre, dolor y preguntas sin respuestas.