Hasta finales del siglo XX, la familia marroquí era numerosa y rural, con varias generaciones conviviendo bajo un mismo techo y mujeres con escasa participación laboral fuera de casa. Hoy, este caso representa apenas el 20 % de los hogares.
El modelo nuclear, centrado en padres e hijos -uno o dos-, ya constituye el 73 %.
Son cifras de la última Encuesta Nacional de Población, que muestran la imparable transformación social del país en las tres últimas décadas.
La estructura familiar de Marruecos se "europeiza". Menos matrimonios, y más tardíos, más divorcios, más solteros, caída de la natalidad, envejecimiento de la población y éxodo rural a las ciudades.
Una radiografía que, según analistas, refleja la necesidad de avanzar con una "asignatura pendiente": la segunda reforma del Código de Familia -la Moudawana-.
La mujer es la gran protagonista de esta "revolución". Su acceso a la educación superior y su incorporación al mercado laboral han modificado decisiones clave: cuándo casarse, cuántos hijos tener y cómo organizar la vida familiar.
La edad media del primer matrimonio se sitúa en 27 años para mujeres y 33 para hombres, algo impensable para generaciones anteriores.
Este retraso tiene un impacto directo: caída de la tasa de natalidad -a 1,9 hijos-, familias más pequeñas y aumento de las parejas sin hijos, que ya suman el 10 %.
Pese a la progresiva incorporación de la mujer al mercado del trabajo en Marruecos, la igualdad todavía está lejos. Su tasa de participación laboral ronda el 27 % en conjunto, aunque sube en zonas urbanas y sectores como servicios, educación y salud.
En promedio, la mujer gana un 30 % menos que sus compañeros por trabajos similares y su índice de desempleo duplica al de los hombres.
En palabras de la socióloga Soumaya Naamane Guessous, las mujeres marroquíes "han entrado en la modernidad" pero "el entorno y las infraestructuras básicas no las acompañan".
El informe refleja que más del 51 % de los adultos solteros no desean casarse, con diferencias de género: el 53,6 % de las mujeres aún valoran el matrimonio frente al 31,5% de los hombres.
Los matrimonios entre parientes han caído en 10 puntos, pero todavía representan el 21 % de las uniones, y el principio de homogamia social se mantiene: el 83 % de las mujeres se casan con parejas del mismo origen social y el 62 % con personas de la misma zona geográfica.
Aunque el matrimonio en Marruecos es ya una decisión personal y no una alianza entre familias, la mediación familiar sigue presente en el 58 % de los casos, especialmente en áreas rurales.
Con las cifras en la mano, Rachid Tahtou, experto en demografía, explica a EFE que Marruecos registra un "modelo híbrido", en el que convive el modelo tradicional con la familia moderna, resultado del incremento del poder adquisitivo, mayor nivel educativo y aspiraciones personales: menos hijos, más autonomía y búsqueda del desarrollo individual para hombres y mujeres.
No es una tendencia a la "europeización", dice, sino "un modelo demográfico de transición" que acompaña a la evolución de las sociedades en desarrollo.
El cambio ha sido posible, en buena parte, debido a la reforma parcial de la Moudawana, el código de familia que data de mediados del siglo pasado.
Una reforma de 2004 elevó a los 18 años la edad mínima para contraer matrimonio -aunque la sharía (ley islámica) permite los matrimonios de menores y un juez puede llegar a autorizarlos-; mejoró los derechos de divorcio y custodia para las mujeres e introdujo más control judicial en temas familiares.
Sin embargo, para el movimiento feminista, la reforma se queda corta y es necesario prohibir los matrimonios forzados, la poligamia, igualar derechos o acabar con leyes que penalizan el concubinato -la convivencia sin matrimonio- o permiten a los alojamientos exigir el certificado de familia solo a parejas marroquíes.
Si sus demandas prosperan, pronto desaparecerá el tradicional aviso "Solo parejas casadas" que exhiben muchos hoteles del país.