Los impuestos y la represión ahogan la vida nocturna y la música electrónica en Rusia

Moscú, 14 ago (EFE).- La noche en Moscú es joven. Más en verano, cuando ya empieza a amanecer a las 04:00 de la madrugada. Durante este corto periodo de buen tiempo triunfan los espacios abiertos, pero cada vez hay menos. Uno a uno cierran los locales de electrónica favoritos de los moscovitas.

Unos reconvierten su espacio para un público más selecto, apostando a que ahí siempre habrá demanda en una megapolis de 13 millones de habitantes caracterizada por la desigualdad social. Otros bajan la persiana ahogados por las deudas.

La música electrónica en directo ha sido uno de los ocios nocturnos más golpeados por el aumento de la represión en Rusia y a la guerra con Ucrania, que se ha llevado por delante la economía nacional tras cuatro años y medio de conflicto armado.

También han cambiado las preferencias de los clientes. Los nuevos públicos, aquellos más jóvenes, duran menos de fiesta, beben menos y buscan otras cosas más allá de la oferta tradicional.

Ante los desafíos, a los que se suma la represión en Rusia, cuya vuelta al conservadurismo ideológico tampoco tolera la liberalidad de la juventud, los empresarios del sector del ocio tienen que renovarse o dejar morir su negocio.

En lo que va de año cerraron en Moscú los clubes de música electrónica Gazgolder, Powerhouse Shizich, Blanc (también cerró su local en San Petersburgo), M2, Zheltiy Dom y Melodiya. Algunas de las medidas se atribuyen a las subidas de impuestos, como al IVA o al alcohol; los incrementos del alquiler y la inflación. El deterioro general de la economía también ha golpeado al bolsillo de los rusos, que ahora consumen menos.

Algunos sufren consecuencias directas de la guerra, como el festival de electrónica Outline que tiene lugar en la región de Moscú a finales de julio y acoge a unas 15.000 personas. Sin embargo, la administración local canceló el evento el mismo día que debía dar comienzo por amenaza de drones.

Otro aspecto que espanta al público son las continuas redadas policiales. Las fuerzas del orden han llevado a cabo este tipo de actos en las calles del centro de Moscú y, por otro lado, contra establecimientos que acogen colectivos LGTBI.

Sin embargo, las primeras redadas a bares tuvieron lugar todavía en 2023 en el centro de San Petersburgo, una de las ciudades tradicionalmente más liberales de Rusia.

Cuando los locales empezaron a recuperarse tras la pandemia del Covid, vino la guerra, y con ella los problemas para artistas internacionales para pisar suelo ruso ante el alto coste reputacional que eso conlleva.

Desde entonces los productores musicales se vieron obligados a rellenar sus carteles con artistas locales, lo que ha encarecido considerablemente la cuota del músico nacional. A pesar de haber impulsado muchos perfiles como el de la emergente DJ Sofía Ródina, los mismos artistas protagonizan la mayoría de eventos.

Algunos artistas extranjeros siguen viniendo, aunque lo hacen sin mucho ruido. Por ejemplo, el reputadísimo y veterano DJ británico, Paul Oakenfold, volverá a Moscú en septiembre de este año, pero es una excepción en el panorama musical habitual.

Una de las mayores pérdidas para el negocio del ocio musical fue el patrocinio de las marcas internacionales, sobre todo de bebidas alcohólicas, una de las principales fuentes de financiación que, precisamente, permitían pagar por tener un buen cartel.

El italiano Gianni di Bernardo y el húngaro Bandee son los únicos DJs extranjeros de los 23 que conformaron el último cartel de la rave organizada por Monasterio, al estilo de las organizadas en Berlín, es una de las fiestas de música techno más emblemáticas de Rusia.

El evento, que los últimos años transcurre en Moscú en una antigua fábrica soviética reacondicionada con varias salas y pisos, cuenta con una tienda, un salón de tatuaje, zona de descanso con hamacas al aire libre, hogueras y una decoración específica para cada edición.

Y es que debido a los problemas de cartel, los organizadores deben suplir las carencias con otros aspectos, como el visual o el de la experiencia. Por ello se acentúa la decoración, las novedades, la creatividad, actividades alternativas y la creación de comunidad e identidad.

Al mismo tiempo, como los clientes se guían cada vez menos por los nombres de los artistas, confían más en los equipos promocionales, en su nombre y reputación.

Debido a los inevitables cambios en la oferta, pero también en la demanda por parte de los clientes, los organizadores prefieren no arriesgarse y optar en general por los festivales grandes y atraer con personajes fuera de lo musical, como blogueros, actores o música más comercial.

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