Diez años después de la revuelta del Hirak, el Rif mantiene la herida abierta

Alhucemas (Marruecos), 27 oct (EFE).- Diez años después del estallido del Hirak del Rif, la herida sigue abierta. La muerte del pescadero Mohcine Fikri, el 28 de octubre de 2016, desencadenó una ola de protestas en una región marcada por décadas de abandono, que reclamaba derechos. La represión posterior dejó cientos de detenidos, condenas de hasta 20 años, activistas exiliados y familias rotas.

Fikri murió aplastado por un camión de basura cuando intentaba recuperar su pescado confiscado por las autoridades. Su muerte, en pleno centro de Alhucemas (norte de Marruecos) conmocionó al país y encendió las protestas.

La respuesta de Rabat fue contundente: más de 400 detenciones, según organizaciones civiles, y largas condenas para los líderes del movimiento.

Entre ellos, Nasser Zefzafi, la voz más conocida del Hirak (Movimiento), condenado a 20 años y encarcelado en Tánger. En 2024, un grupo de trabajo de la ONU calificó su detención como arbitraria y pidió su liberación.

Otros activistas, como Naoual Benaissa, que encarnó el rostro femenino de la revuelta, se exiliaron. Una década después, sostiene que las reivindicaciones del Hirak siguen pendientes y que el proceso no se cerrará mientras haya presos y exiliados.

Amnistía Internacional cuestionó la imparcialidad de los juicios y denunció alegaciones de tortura y malos tratos durante los interrogatorios.

Entre 2018 y 2021, unos 280 condenados fueron excarcelados mediante indultos del rey Mohamed VI. Un total de seis, entre ellos Zafzafi y su 'número dos' Nabil Ahamjik -también condenado a 20 años-, siguen en prisión.

Una década después del estallido del Hirak, Alhucemas se ha transformado. La calle donde murió Fikris es una de las más transitadas, custodiada por una comisaría de policía; las principales avenidas han sido remodeladas y se multiplican las construcciones en las afueras.

En el puerto, sin embargo, los reclamos de los vendedores de pescado son los mismos del Hirak: empleo, sanidad, educación... Pocos hablan públicamente de las protestas, pero en privado no ocultan una sensación de injusticia.

La mayoría ha intentado emigrar de forma irregular o piensa en hacerlo. La emigración, especialmente de los jóvenes, lastra el futuro de Marruecos y la costa de Alhucemas es uno de los principales puntos de salidas clandestinas.

Las familias de los presos en Alhucemas miden el tiempo en los desplazamientos para las visitas a la cárcel y las ausencias.

"Estoy agotada de los viajes de ida y vuelta a la prisión", lamentaba recientemente la madre de Zefzafi, Zulija, un símbolo de la resistencia de las madres del Rif. Como "Jalti Alia" (la tía Alia), madre de Ahamjik vencida "por los años y la espera".

Para la familia de Mohamed Haki, condenado a 15 años, el tiempo pasa muy lentamente. "Apenas había empezado su vida cuando fue destrozado", lamenta su hermano Fouad, en una entrevista con EFE en su pequeña tienda de Alhucemas.

Cuando estalló el Hirak, Mohamed tenía 31 años, regentaba un café y se iba a casar. Desde la cárcel ha vivido la muerte de sus padres y el exilio de personas muy cercanas.

Fouad Haki no pierde la esperanza de un indulto pero no es optimista. "Es un expediente político y no entiendo por qué sigue bloqueado después de diez años. Las penas no guardan proporción con lo que ocurrió, que fue una protesta social, no se cruzaron líneas rojas", dice. "Siempre está la esperanza, pero la pelota está en su tejado (del Estado)".

Chakir el Majrut y Achraf el Yajlufi tenían condenas menores y fueron indultados. Decidieron quedarse en Marruecos, mantienen su compromiso social, aunque con cautela, y trabajan en una iniciativa para impulsar mejoras en la región. Reconocen avances en infraestructuras y servicios, pero admiten que las demandas que originaron el Hirak siguen pendientes.

Entienden que los jóvenes emigren, aunque su apuesta es otra. "Irse es una derrota", dice El Majrut. "Deben quedarse para seguir luchando aquí, si todos se van, seguirán los mismos problemas", completa Achraf.

Tras la represión, "el miedo ha aumentado", afirma Mohamed el Majjaoui, condenado a cinco años y responsable de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos de Alhucemas (AMDH).

El Majjaoui observa hoy una sociedad civil debilitada y una profunda desconfianza hacia los partidos y las organizaciones. Aunque Alhucemas cuenta con nuevas instalaciones culturales, deportivas y sanitarias, persisten las quejas por la vigilancia policial y la falta de oportunidades, lamenta.

"El poder central quiso dar una lección. Fue un laboratorio para dar un mensaje a todo el país. Si reivindicas salud, enseñanza, te pueden caer hasta 20 años, así que cállate o 20 años", continúa en una entrevista con EFE.

Para Naoual Benaissa, el Rif es aún "una región agraviada" y los programas de desarrollo "son tinta sobre papel, una burla". El Hirak no se ha cerrado porque "unos siguen en la cárcel, muchos se fueron y los jóvenes de Marruecos, en general, sueñan con abandonar el país y buscar su futuro en Europa".

"El Hirak es una herida abierta porque todavía tenemos detenidos en las cárceles y muchas reivindicaciones pendientes", afirma por su parte El Majrut. "Perdimos mucho. Nosotros hablamos en nombre de todos y pagamos la factura".

Fouad Haki hace un balance doloroso: "No merecía la pena. No hay un precio más alto que puedan pagar que estos años que están cumpliendo de cárcel".

Diez años después, "la distancia entre el Rif y el Estado es más grande. La herida sangra y no se ha cerrado", concluye.

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