Escombros de una sociedad

Puede decirse que la sociedad, como conjunto de individuos que comprende, constituye una nucleación que guarda en sí misma una inmensidad de posiciones particulares, tan diversas como lo son sus propios miembros, asociándose estos entre sí en virtud a un principio ciertamente natural. De tales asociaciones surgen, entre tantos, algunos de los proyectos más notables tendientes a imponer o consagrar los ideales comunes de esos particulares asociados, teniendo esto diversas finalidades, algunas de ellas pueden ser la de encausar una lucha dirigida a mitigar las vivencias negativas sufridas por sujetos similares al grupo que emprende tal lucha, o bien también la finalidad de obtener el poder sobre la generalidad de la sociedad para imponer las políticas e ideales del grupo mismo, todo lo cual resulta a priori válido, fundado en el principio de libertad. Ahora bien, en orden a obtener un cierto estado de “equilibrio” dentro de la colectividad misma, sus miembros consagran una serie de “reglas”, las cuales guardan en sí mismas ciertos “valores” que por finalidad principal tienen lograr un cierto estado de orden, garantía fundamental para el progreso general.

Ahora bien, en una sociedad en donde inicialmente se consagran valores tales como “la justicia”, “la igualdad”, “la equidad” o “la unidad”, ¿cómo y cuándo comienzan a practicarse por parte de sus miembros “la corrupción”, “la segregación”, “la apatía” y “la polarización” en desmedro de esa base axiológica inicialmente consagrada? Pues esto es sin duda un mal que se va desarrollando progresivamente y va adquiriendo cierta “aceptación fáctica” a partir de su práctica uniforme y reiterada sin sanción social alguna, o en su caso, deficiente.

A mi entender, la práctica de estos males surge a partir de un quiebre en la estructura ética de los individuos, tal ruptura, si bien en muchos casos se ve influenciada por marcados factores económicos, se da fundamentalmente por producto de una deficiente educación moral, limitando el alcance de este último término a los parámetros que la sociedad misma consagre como correctos en su mayoría. Tales fracasos fomentan el surgimiento de aquellas prácticas nocivas antes mencionadas, las que amenazan a su vez con alterar sustancialmente el orden inicialmente establecido, lo cual redunda en perjuicio para toda la colectividad. Cuando no hay orden, no hay progreso, y sin éste, la sociedad se encamina en un largo, pero seguro, proceso de decadencia, perdiéndose los valores iniciales, dándose paso consecuentemente a fenómenos como “la desigualdad” y “la polarización” misma, producidos en gran medida por prácticas con acentuado carácter “individualista”, carentes de toda “cohesión social.”

Ahora bien, ante tal realidad cabe preguntarse ¿Cuál es el rol que debemos desempeñar los jóvenes para motivar un cambio sustancial en la sociedad? ¿Cuáles deben ser las posturas a ser adoptadas frente a lo tradicionalmente consagrado?

Pues, con toda seguridad puedo afirmar que el principal aporte que cada individuo puede otorgar a la sociedad parte de su sentido de responsabilidad social y de pertenencia al conjunto, estos deben ser clave para guiar todo emprendimiento, el cual de ésta forma redundará en beneficio de la generalidad, sea de forma directa o indirecta. Toda sociedad moralmente fracasada como síntoma tiene la fragmentación de sus componentes en diversos grupos con posturas ciertamente antagónicas, los cuales se contraponen y buscan lograr triunfar por sobre el otro, culpando a este último de todos los males padecidos. A mi entender, tal guerra ideológica, al menos en nuestro contexto actual, no redunda en beneficio de la mayoría, es más, contribuye nada más a la confusión y a la polarización ideológica, afirmándose grupos intransigentes que no están dispuestos a negociar con la oposición ni aunque las circunstancias mismas lo aconsejaren en favor del progreso.

Considero igualmente importante reconocer los males sociales y sus focos, debiéndose admitir cuándo estos se encuentran dispersos en la generalidad, y no limitarse a atribuir el grueso de responsabilidad a una sola nucleación por todos los fracasos acontecidos, tales manifestaciones no construyen positivamente, pues constituyen una pérdida de tiempo. También considero que la falta de aceptación respecto a la realidad social es presupuesto para el fracaso de cualquier emprendimiento, en el escenario político esto pudo apreciarse a lo largo de la última era democrática con sucesivas autoridades de la oposición que ni siquiera han podido culminar sus mandatos, demostrando una preocupante falta de oficio, siendo esto doblemente perjudicial para aquel elector que los ha votado para tales cargos.

Todo lo expuesto constituye nada más un comentario parcial, como se hubiera dicho, siendo las afecciones sociales de naturaleza compleja, más bien, esto no debe ser motivo de entorpecimiento de ninguna labor crítica, la cual debe exponerse libremente, considero. Todo el plexo axiológico de una sociedad se construye progresivamente, fruto de un proceso en el cual la educación ostenta un rol fundamental, en contrapartida, la destrucción y la decadencia también se hacen palpables por medio de un proceso, proceso que inicia silenciosa e imperceptiblemente a partir de sus bases, logrando corroer los fundamentos de la misma. Es así que de a poco, a través de los años, se va desmoronando el edificio inicialmente construido y consagrado, dejando como consecuencia el desorden de sus escombros caídos, que resquebrajados yacen en el suelo, constituyéndose en nada más que un conjunto de materia desorganizada y subsistente. Son escombros mudos en el espacio, son escombros dispersos en el suelo, son escombros de una sociedad. ¿Podremos reconstruir una nueva sociedad a partir de los escombros?

Jorge A. Lima