En muchos hogares con más de un animal, la armonía puede romperse en segundos por una pelota, un cuenco de comida o incluso la cercanía del cuidador.
Lo que para las personas es “solo un juguete” puede convertirse, para perros y gatos, en un recurso valioso por el que merece la pena discutir. Comprender cómo perciben y protegen esos recursos es el primer paso para prevenir conflictos y mantener la convivencia en calma.
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El origen del problema: “guardia de recursos”
La llamada “guardia de recursos” es una conducta natural: un animal protege aquello que considera importante para su supervivencia o bienestar, ya sea alimento, descanso, juguetes o el acceso a una persona.
En perros suele manifestarse con rigidez corporal, mirada fija, inmovilización sobre el objeto, gruñidos o exhibición de dientes.
En gatos, además de bufidos o zarpazos, es frecuente ver bloqueos sutiles de paso, miradas intensas o ocupación estratégica de zonas altas.
Los especialistas en comportamiento subrayan que no se trata de “dominancia” sino de emociones: miedo a perder algo valioso, frustración o ansiedad. Castigar estos avisos puede eliminar señales de advertencia sin resolver la causa, aumentando el riesgo de que un día la reacción sea directa y más peligrosa.
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Prevención que funciona: duplicar, dispersar y estructurar
- Duplicar y distribuir recursos: proporcioná al menos un recurso por animal, más uno extra. Eso significa tantos comederos y bebederos como individuos, dispuestos en puntos separados y sin competencia visual. Con camas, rascadores y juguetes, la regla se repite: variedad y distancia reducen fricciones. En gatos, los rascadores y refugios en altura son especialmente útiles.
- Zonas seguras y rutas de escape: la arquitectura del hogar influye. Pasillos estrechos, esquinas ciegas y puertas son “embudos” que facilitan bloqueos. Creá rutas alternativas y, si es posible, usá barreras físicas (vallas para bebés, puertas con microchip para gatos) para permitir descansos separados.
- Rutinas predecibles: horarios regulares de alimentación y juego reducen la incertidumbre y bajan la tensión. En perros, los paseos y el ejercicio cognitivo previo a momentos potencialmente conflictivos (como repartir premios) disminuyen la excitación. En gatos, sesiones cortas de juego de caza con cañas antes de la comida imitan su secuencia natural de comportamiento.
Comida y premios: reglas claras desde el primer día
La mayor parte de los conflictos aparecen durante la alimentación. Servir en espacios separados y retirar cuencos cuando terminan es más seguro que dejar comida libre si hay tensión.
En hogares mixtos, recordá que los gatos necesitan comer en altura o zonas a las que el perro no acceda. Para premios de alto valor, entregá a cada animal su porción de forma individual y con distancia física. Evitá lanzar comida al aire cuando hay varios animales para evitar fomenta carreras, choques y disputas.
Los comederos interactivos y alfombrillas olfativas ayudan a “extender” la experiencia de comer, reducen la velocidad de ingesta y ofrecen enriquecimiento. La clave es que cada animal tenga el suyo y que no puedan alcanzarse entre sí mientras lo usan.
Juguetes y juego social: supervisión y turnos
No todos los juguetes son para compartir. Objetos muy valiosos (cuerdas favoritas, pelotas específicas, juguetes con comida) deben aparecer solo en sesiones estructuradas y supervisadas.
Practicar intercambios voluntarios (“dejá” y “tomá”) con refuerzo positivo enseña que perder un objeto no implica perder valor; se gana algo igual o mejor.
En gatos, los juegos con cañas o punteros deben terminar con “presa” tangible (un premio o un juguete que puedan morder) para evitar frustración.
Si en el juego emergen señales tempranas de tensión —miradas duras, cuerpo rígido, congelamientos, emboscadas repetidas— interrumpí con calma, separe y ofrecé alternativas individuales.
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Atención del humano: el recurso invisible
Los animales también pueden competir por la proximidad al cuidador. Para prevenirlo:
- Ofrecé atención por turnos y reforzá conductas calmadas de espera.
- Evitá acariciar a uno si el otro está mostrando rigidez, empujones o bloqueos.
- Creá rituales previsibles: por ejemplo, sesiones de mimos breves y alternadas en zonas diferentes.
En perros, las habilidades de autocontrol (quedarse en una colchoneta, ir a una “estación”) permiten que cada uno tenga su momento. En gatos, respetá las invitaciones: imponer caricias cuando hay otro gato cerca puede escalar tensiones.
Señales que conviene conocer
Aprender a leer el lenguaje corporal previene conflictos. Señales de alerta incluyen:
- Perros: ceño fruncido, comisuras tensas, orejas hacia adelante o pegadas, cuerpo inmóvil sobre el recurso, colocarse de lado bloqueando, gruñidos leves.
- Gatos: cola látigo, orejas hacia los lados, pupilas dilatadas, bloqueos de paso, mirada fija, ocupación del lugar deseado por el otro.
Ante estas señales, no retires el recurso a la fuerza. Aumentá la distancia, redirigí con un premio lanzado lejos, y reorganizá el entorno para evitar la competencia que las generó.
Lo que no ayuda: castigos y “que se arreglen”
Dejar que “lo resuelvan entre ellos” puede sensibilizar y agravar el problema. Los castigos físicos o verbales inhiben señales de aviso y empeoran la asociación con el recurso o con el otro animal.
La intervención eficaz es proactiva: gestión del ambiente, entrenamiento con refuerzo positivo y prevención.
Cuándo pedir ayuda profesional
Si hay heridas, amenazas persistentes, escalada rápida o si uno de los animales queda sistemáticamente excluido de recursos clave, conviene consultar con un veterinario con formación en comportamiento o un etólogo/educador certificado.
En ocasiones hay dolor, estrés crónico o condiciones médicas subyacentes (artrosis, hipertiroidismo en gatos, problemas digestivos) que incrementan la guardia de recursos.
Un plan individualizado puede incluir desensibilización, contracondicionamiento y ajustes ambientales.
Hogares con niños: reglas sencillas, seguridad primero
Los niños suelen convertirse en “recursos” de alta competencia. Enseñales a:
- No acercarse a animales cuando comen o están con un objeto favorito.
- Llamar y alejar al animal con una invitación en lugar de acercarse a tocarlo.
- Avisar a un adulto si ven gruñidos, bufidos o rigidez.
La supervisión activa, no solo “estar en la misma habitación”, es indispensable en momentos de comida y juego.
Convivencia posible y sostenible
Prevenir peleas por juguetes, comida y atención no es cuestión de suerte, sino de diseño: espacios pensados, recursos suficientes, rutinas claras y habilidades sociales entrenadas con amabilidad.
La buena noticia es que, con manejo y práctica, la mayoría de los hogares multiespecie pueden transformar los momentos críticos en oportunidades de cooperación y calma. Al final, se trata de hacer que cada peludo sienta que, en casa, lo valioso nunca es escaso.